París al rojo vivo

Una crónica en primera persona de las múltiples marchas que la capital francesa celebra cada sábado en plena campaña electoral, con Ucrania y la pandemia como contexto.

París al rojo vivo
Gentileza Nancy Giampaolo

París siempre fue un escenario top de manifestaciones callejeras que, durante los confinamientos sanitarios, se redujeron al mínimo. Sin embargo, con el conflicto entre Rusia y la OTAN como nuevo contexto, sumado a restricciones sanitarias rechazadas por una parte de la población y a la campaña electoral de cara a las elecciones de abril, sus calles se encuentran nuevamente en ebullición.

Un sábado, día predilecto por los franceses para salir a reclamar lo que creen justo, puede deparar al visitante una experiencia diferente en materia de ritos urbanos. Mi periplo comenzó caminando por los alrededores de la Puerta de Orleans, uno de los límites entre la capital y las periferias. En una esquina, frente a un despliegue policial desproporcionado, un reducido grupo de chalecos amarillos se estaba congregando para visibilizar con improvisados carteles de cartón sus múltiples reclamos.

Aunque empezaron en 2018 protestando por el precio del combustible, fueron añadiendo causas vinculadas a lo laboral, lo sanitario y, ahora, a lo geopolítico. Me acerco a dos de ellos, Pierre de 55 años y Alice de 60. Pese a la menguada cantidad de manifestantes, Pierre se pronuncia como si fueran muchos y tuvieran la victoria asegurada. Le pregunto por las razones que lo llevan a movilizarse y habla en primer lugar de la arbitrariedad del pase sanitario. Dice que es para restringir la libertad y que en rigor termina por promover el contagio ya que “un enfermo asintomático puede entrar a cualquier lado sin ser testeado y diseminar la enfermedad”.

Agrega que su suspensión a partir del 14 de este mes a fin de fomentar el voto que el oficialismo necesita entre quienes están en contra, es otra prueba de su uso caprichoso. Aclarando que se dio todas las vacunas menos las del Covid19 arremete con que “la vacunación experimental en niños es parte de negocios para farmacéuticas y gobiernos” y Alice llama a Macron “marioneta de bancos y corporaciones”. Ambos enfatizan que el actual conflicto con Ucrania es el nuevo caballito de batalla con el que ganará las elecciones. “Primero fue la guerra contra un enemigo invisible, el virus, y ahora contra Rusia. Es un presidente que requiere del conflicto eterno para seguir en el poder” rematan casi al unísono.

Sigo viaje y, cerca de la célebre estación de Montparnasse, me cruzo con una marcha mucho más numerosa y organizada, en definitiva, con una marcha de verdad, y no algo similar a una reunión de vecinos. Es la del candidato de izquierda Florian Philippot. Cientos de banderas francesas portadas por manifestantes que gritan “Viva la libertad” y “Viva la resistencia” flamean frente a un despliegue policial que parece destinado a frenar a un batallón y que contrasta cómicamente con el pop en francés que sale de unos altoparlantes. También hay quejas por el pase sanitario que piden se derogue para siempre en vez de ser suspendido “para que la gente vaya a votar” y arengas contra las ideas de Macron de cara al conflicto ucraniano: “Desde que empezó, el gas duplicó el precio” se quejan.

Sigo viaje y llego a la Bastilla donde encuentro a un número de personas aun mayor expresando su solidaridad con Ucrania. Lejos del estilo de Pierre y Alice, hermosas chicas pasan envueltas en banderas amarillas y azules, llevando globos con forma de corazón y predicando el consabido “sí al amor, no a la guerra”. Menos glamorosos y pacifistas, otros manifestantes llevan estandartes con la cara de Vladimir Putin vestido de nazi y todos, al igual que en las manifestaciones de los chalecos amarillos y la izquierda, repiten la palabra “Libertad” a cada momento. Me pongo a pesar que, pese a las diferencias políticas de cada grupo, la libertad es la preocupación que todos franceses parecen compartir.

Agotada de tanto caminar –o marchar porque después de todo, lo hice- me siento en la mesa de un bar en la calle frente a una banda de folclore ucraniano que aprovecha el filón para amenizar el convite. Mientras me sirve una bebida, el mozo, cómplice, aclara: “Estos de la musiquita son todos rusos disfrazados, ucraniano, no hay ni uno”.

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