Milei sinceró quiénes realmente somos

Milei, nos está mostrando la diferencia entre “decir lo políticamente correcto”, otro eufemismo cultural, y decir la verdad.

Javier Milei en Río Gallegos
Javier Milei en Río Gallegos

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”

Javier Milei, un simple ciudadano que se dispuso a tratar de hacer realidad su sueño, ya está, desde mi perspectiva, definitivamente en los libros de nuestra historia.

No porque a lo mejor logre los resultados que se ha propuesto obtener, lo que percibo bastante difícil, sino porque nos está enseñado el camino para poder convivir con la verdad.

Lo que significa:

• alcanzar cierta madurez psicológica culturalmente hablando

• lograr tener una alta tolerancia a la adversidad

• capacidad crítica para poder verla tal cual es y

• lograr neutralizar nuestra “negación”: esa actividad de la mente que consiste en negar lo que realmente nos sucede, porque lo justificamos, lo teñimos con aquello que nos resulta de nuestra conformidad y así nos quedamos al final con todos nuestros problemas, pero patéticamente tranquilos.

Todas estas cualidades son propias de nuestras profundas y consolidadas “taras culturales”, sostenidas algunas de ellas, desde los inicios de nuestra sociedad y otras consolidadas a lo largo de los últimos setenta o cien años.

Poco importan sus infinitas manifestaciones, en tanto expresiones que giran dentro de nuestra argenta mente y que se expresan de mil maneras, en cada actividad que desempeñamos a lo largo de nuestras vidas.

Ya sea haciendo política, ejerciendo nuestra profesión, dirigiendo una organización, sea del tipo que sea, construyendo una familia, produciendo, practicando nuestras creencias religiosas, etc. etc.

Están ancladas en nuestras mentes desde el momento que nacemos aquí, en este lugar llamado Argentina o venimos de afuera y terminamos conviviendo, queramos o no, con ellas.

Es posible incluso que aparezcan en su mente incluso, mientras siga leyendo estas reflexiones.

Así retumbará: “en todos lados pasa lo mismo”, “qué dice este tipo si siempre ha sido así”,” yo nunca pensé esto”, “yo soy distinto”,” yo siempre he hecho las cosas bien”, “siempre he cumplido con mis deberes”, “siempre he sido honesto”, “yo no fui”, “a mí no me lo digan porque yo no soy así”, etc. etc.

Es parte de nuestra burbuja cultural la negación en la que vivimos inmersos desde que nacemos.

Javier Milei, ese ciudadano de a pie, además nos está enseñando a practicar la política de otra manera, como nunca se ha ejercido en nuestra sociedad por lo menos desde hace cien años: con la verdad en la mano, desapegado de todos sus privilegios, prebendas y sin el triste eufemismo cultural “… y si les decía la verdad no me iban a votar” - Menen dixit.

Aunque, con honestidad, ni él mismo sabía realmente lo que iba a hacer.

Un ejemplo “exitoso”, de nuestra nunca bien ponderada subcultura política.

Y si se quiere, una más de nuestras pintorescas “picardías” que en nuestro Martín Fierro están expresaba tan cabalmente.

Milei, nos está mostrando la diferencia entre “decir lo políticamente correcto”, otro eufemismo cultural, y decir la verdad.

Así es que Milei, para mí, pasa ya a la historia porque nos está enseñado a convivir y empezar a aceptar y tolerar la verdad.

Cosa que nos es muy dificultosa porque nos desespera, nos destruye o nos vuelve relativamente incapaces de lograr lo que queremos.

Por último, estas reflexiones no son desde una visión sociológica que implicaría desmenuzar la ideología de Milei, su republicanismo, su populismo y todos los “ismos” con los que se puede llegar a analizar y a lo que somos tan afectos…

Es desde la perspectiva cultural que trata de mostrar que tenemos serias dificultades para aceptar y poder ver la verdad, porque somos un producto cultural argento.

Y cómo, condicionados por nuestra cultura política, hemos actuado en la política, ya sea votando y/o ejerciendo un cargo o aspirando a uno, ocultado, distorsionando o disfrazando nuestra realidad

Por último, complementando el pensamiento del comienzo que versa “No hay peor ciego que el que no quiere ver” y luego de estas reflexiones se me ocurre expresarlo del siguiente modo:

“No hay peor ciego que el que culturalmente hablando, no puede ver”.

* El autor es sociólogo, especialista en cambio organizacional.

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