Milei muy lejos de la centroderecha de Piñera

Milei alteró lo que era, de hecho, una política de Estado: la neutralidad en toda temática que deba ser resuelta en una mesa de negociación entre israelíes y palestinos.

Javier Milei visitó el Muro de los Lamentos, rezó y se emocionó hasta las lágrimas.
Javier Milei visitó el Muro de los Lamentos, rezó y se emocionó hasta las lágrimas.

“Salten ustedes primero” fueron las últimas palabras de Sebastián Piñera antes de morir, mientras que las primeras palabras que se supieron de Javier Milei tras la muerte de su Ley Ómnibus, fueron los nombres y apellidos de quienes puso en una lista de negra bajo el rótulo de “traidores”.

El ex presidente chileno perdía la vida el mismo día que el presidente argentino perdía su primera pulseada en el Congreso. Gracias a que Piñera los hizo saltar primero del helicóptero, los tres acompañantes salvaron sus vidas.

Porque ese acto final no se contradecía con su vida política, es que la dirigencia chilena, incluido Gabriel Boric, lo resaltaron como alguien que aportó a la democracia. Piñera no era un ultraconservador ideologizado, sino un moderado, un centroderechista que, durante su liderazgo, moderó a la dura derecha chilena.

Con las primeras palabras post mortem de su Ley, Milei se mostraba en las antípodas del líder fallecido en Chile.

La reacción de Milei tras su derrota en el Congreso es inquietante, porque vuelve a exhibir una furia contraria al espíritu democrático.

Sus legisladores habían mostrado una impericia pavorosa maniobrando una ley desmesurada, con menos artículos razonables, positivos y necesarios que artículos controversiales. Pero en lugar de autocritica y corrección, lo que hizo desde un viaje al exterior inoportuno e innecesario, fue publicar en las redes una lista negra de “traidores”, reacción acorde a las metrallas de insultos que disparaba sobre sus ocasionales contertulios en la televisión.

También fue inquietante que avalara las propuestas de echar de sus cargos a los funcionarios cordobeses que identificó, quizá erróneamente, con el actual gobernador.

En la Cuba de Fidel Castro, a quienes salían al exterior por sus profesiones se les hacía saber que en la isla quedaban sus familiares, quienes sufrirían consecuencias si desertaban o hablaban contra régimen. Salvando obvias diferencias, a esa abyección totalitaria se pareció la insinuación avalada por el presidente de que se debería expulsar, por ejemplo, al titular del ANSES, por el voto su esposa en el Congreso.

A renglón seguido de la lista negra y el “aval” a la “ejecución” administrativa de funcionarios-rehenes, Milei dio otro paso inquietante: le comunicó al primer ministro israelí su decisión de llevar la embajada argentina de Tel Aviv a Jerusalén. Una posición personal a contramano del consenso mundial en favor de “solución de dos estados”, que rechazan tanto Benjamín Netanyahu como la organización terrorista Hamas.

De ese modo, Milei alteró lo que era, de hecho, una política de Estado: la neutralidad en toda temática que deba ser resuelta en una mesa de negociación entre israelíes y palestinos.

En este momento, más que un gesto hacia Israel, es un regalo a Netanyahu, ergo un acto contrario a la “solución de dos estados” que el mundo respalda como salida al conflicto palestino-israelí.

En la discusión sobre Jerusalén hay puntos relevantes, como la Declaración Balfour, de 1917, por la que Londres hizo el primer pronunciamiento a favor de la existencia de un Estado judío en Palestina. Instancias cruciales, como la Resolución de Naciones Unidas de 1947, estableciendo la división del territorio para que coexistan dos estados y el estatus internacional de Jerusalén. Y problemas posteriores, como el rechazo árabe de esa resolución, impidiendo el nacimiento del Estado palestino; la Guerra de los Seis Días con la ocupación de la parte oriental de Jerusalén; la anexión que aplicó en 1980 Menajem Beguin, entre otros.

Pero la decisión de Milei no debe ser analizada desde la significación histórica, sino desde la significación actual de ese debate. Y hoy, trasladar la embajada implica un respaldo a Netanyahu en su intento de hundir la “solución de los dos Estados”.

Tanto Hamas como el gobierno fundamentalista que formó Netanyahu, rechazan la solución de dos estados porque niegan a la otra parte el derecho a existir.

Esa es la cuestión central. La neutralidad que Argentina mantuvo a través de distintos gobiernos, estuvo dentro del consenso mundial sobre ese tema. Muy pocos países movieron sus capitales a Jerusalén.

Por eso Milei pareció lejos del centroderechista al que Chile despide con el respeto que generó su aporte a la democracia. En 1988, cuando Pinochet plebiscitó su régimen, no fueron muchos los grandes empresarios que se pronunciaron contra la dictadura. Los pocos que no lo apoyaban, temían que desafiarlo fuese peligroso para sus empresas. Pero Piñera se pronunció públicamente contra el régimen y por la democratización.

Aunque derrapó mal al estallar las protestas del 2019 por razones que entonces no supo entender, fue un demócrata. Un opositor que no obstruyó a los gobiernos centroizquierdistas y un presidente que no radicalizó su gestión. O sea, pavimentó el camino de una centroderecha que luego dinamitaría José Antonio Kast y por el que no parece dispuesto a transitar Milei.

* El autor es politólogo y periodista.

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