La Argentina, adelante del espejo

Miles hicieron cola y hasta acamparon para ver al grupo Coldplay. Miles la hicieron para inscribirse para acceder al nuevo bono de $45.000 destinado a quienes no tienen ningún ingreso ni asistencia estatal. Las dos caras de un país que muestra una grieta de profundidad lacerante.

La Argentina, adelante del espejo

“Quién sabe Alicia este país/no estuvo hecho porque si”

Canción de Alicia en el país. Charly García

Hay un número que impacta: 600 mil personas (o algo más) verán los diez shows que Coldplay dará en el estadio de River Plate. Asi, esta banda británica estará a un paso del récord de presentaciones para un grupo de rock internacional en nuestro país: Coldplay suma once (hubo otro anterior en 2010), apenas una menos que los Rolling Stones, que tienen doce en cuatro giras (1995, 1998, 2006 y 2016).

Miles de jóvenes, que pagaron hasta 23 mil pesos por una entrada, hicieron cola desde días antes en los alrededores del Más Monumental, acampando, turnándose para no perder lugar en la fila, casi en un ritual devocional que incluyó testimonios de fanatismo hacia la banda más popular del momento. Una cara de la Argentina.

Casi simultáneamente impacta aún más otro número: hasta el martes, en sólo dos días, más de 514 mil personas se inscribieron para recibir el denominado bono de refuerzo alimentario. Esta vez, las colas en las puertas de las sedes de Anses tenían varias cuadras, pero el panorama era muy distinto. Alli estaba parte de esa porción de la sociedad que carece de ingresos formales, es decir, quienes no tienen trabajo seguro. Personas en “condiciones de extrema vulnerabilidad” lo traduce el políticamente correcto discurso oficial. Otra cara de la Argentina.

El también denominado IFE 5 busca ser un salvavidas en medio del naufragio de una inflación que promete cerrar este año en tres dígitos. Está diseñado para quienes no tienen ningún tipo de ingreso, ni bienes a su nombre y tampoco cuentan con alguna asignación social o cobertura de salud. Según cálculos preliminares se trataría de un ejército de unas 2 millones de personas.

Se trata de la diferencia más extrema. A ellos ni siquiera los alcanza una diferencia que también se amplía entre los asalariados: la brecha entre quienes más ganan y quienes menos. En el caso de Mendoza, la última Encuesta de Condiciones de Vida elaborada por la DEIE muestra que en un año (entre 2020 y 2021) esa brecha creció. Los números son reveladores: en 2020, el ingreso promedio individual era de $ 2.348 para el decil más bajo de la población empleada y de $ 64.577 para el más alto, lo que implicaba una diferencia de 2.650%. En 2021, en tanto, el ingreso promedio más bajo fue $ 3.204, mientras que para el más alto llegó a $ 101.704. Así, la diferencia trepó a 3.074%.

Con estos números, el coeficiente Gini -que se utiliza para medir la desigualdad de ingresos- pasó de 0,44 a 0,47, en una escala que, mientras más cerca de 1 se encuentra, mayor es la desigualdad. Una nota publicada también esta semana por Los Andes expuso en profundidad esta situación.

Una grosera simplificación indicaría que una de las “fotos” muestra esa suerte de clima de época que, acentuado por la pandemia, convoca a vivir el presente, a darse los gustos, a un estilo de vida más relajado. Se trata de un cambio cultural que alcanza, sobre todo, a los jóvenes, pero que se extiende a quienes tienen trabajo formal y gozan de la protección de la legislación laboral. También, a quienes pertenecen a familias de clases media y media alta que acceden a estudios superiores y ven su futuro sin límites de fronteras.

En la otra “foto” aparecerían quienes quedaron al margen de la cultura del trabajo, que viven al día por obligación o son parte de esa mitad de la economía argentina que, según cálculos no oficiales, ya ocupa la actividad “en negro”. A ellos los alcanza otro clima de época, ese que considera con naturalidad que la asistencia estatal vía planes y subsidios, es un derecho y una forma de vida.

La grieta entre la Argentina Coldplay y la Argentina del bono es de una profundidad lacerante. Ahí está la respuesta más inquietante a cualquier pregunta sobre la eficiencia de las gestiones de gobierno. El resultado de ideas que nos llevaron a esas dos filas que, esta semana, reflejaron con perspectiva casi sociológica la realidad de nuestro país. Como en un espejo.

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