El Perito Moreno y los dueños del arte argentino

La ciencia natural estimula la creatividad y llevó a la creación de obras maestras que capturan la belleza y la complejidad del mundo natural.

Perito Francisco Moreno
Perito Francisco Moreno

Quiero recordar a Francisco P. Moreno con esta historia escuchada en mi familia. Que tiene de especial saber cuándo nació la costumbre de los porteños de maridar bellas artes y ciencias naturales; el testimonio familiar coincide en que Moreno, siendo muy joven, visitó, muy cerca de la Plaza San Martín, la mansión de Rufino Varela, que tenía cierto aire extranjerizante, de aristocracia, donde no faltaba ningún lujo ni refinamiento, adornada con muebles importantes, bronces, lozas, platería y cuadros valiosos, un hogar de las ideas y las obras de arte que se intercambia entre Europa y Buenos Aires. Y, en donde con frecuencia una generación de coleccionistas, artistas, críticos, escritores, científicos se reunían desde 1853 para conversar sobre un tema apasionante: las artes plásticas y esculturas francesas e inglesas.

En esa ocasión, el punto de partida fue el libro “Viaje a la Patagonia Austral”, obra que ya estaba en boca de todos. Allí Moreno se define a sí mismo como la expresión viva de una cadena de relevos, un eslabón de una tradición que entreteje ciencia y arte. Su ideal, era crear un espacio abierto a las artes en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata en cuya fundación está empeñado para hacer saltar correspondencias, para evocar analogías con la naturaleza patagónica.

Se trataba de murales, pinturas y esculturas relacionados con la Patagonia. Con esta visión integral, pretendía que esa sala de arte, sirviera de magnífica introducción a la temática que el Museo presentaba en sus otras salas arqueológicas y antropológicas, y contribuir a despertar en niños y jóvenes (que es el público mayoritario del Museo), una temprana concepción del estilo y del sentido de lo bello asociado a la naturaleza.

He sabido que, en ese comienzo, se habló mucho sobre cómo la ciencia natural había estimulado la creatividad, y había llevado a la creación de obras maestras que capturan la belleza y la complejidad del mundo natural. Algunos dijeron la conveniencia fundamental de fomentar una colaboración más estrecha entre estos dos campos, ya que juntos podían ayudar a apreciar la belleza y la complejidad de la naturaleza patagónica de una manera única. Ahí se encontraban todos, Benito Sosa, Adriano Rossi, Aristóbulo del Valle, Miguel Cané, y otros representantes del coleccionismo artísticos, Juan Cruz Varela, Teodoro de Bary, hasta Juan G. Peña. Que dijeron que sí, que lo harían, a través de donaciones.

Uno de los más pintorescos personajes asistentes para hacerse conocer era María Ana Varela, que había adquirido las costumbres del hogar de su padre Rufino. Y que, en esa ocasión, además de haber dejado que Moreno, que ya le había echado el ojo, la sedujese con la mirada durante la tertulia, sin que nadie sospechase cómo se cernían sobre ellos campanadas que anunciaban boda, coqueteó como una avezada conocedora de la historia del arte, a pesar de no tener más de 16 o 17 años. Y se comprometió, como aquellos, en entusiasta colaboradora de la sala de artes proyectada. Desde entonces ciencias naturales y arte con sus cualidades locales conviven en el Museo de Ciencias Naturales de ciudad de La Plata.

* El autor es abogado.

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