Para Mariano Quiroz.
En el tango “Confesión” de Discépolo, hay una línea que dice “Sol de mi vida, fui un fracasao/ Y en mi caída tuve que dejarte a un lao”. Es la historia de un tipo que se hace odiar por la mujer, porque según él, no la merece. Desde siempre me impactó la noción de que el protagonista se derrumbara, que no era que se iba, sino que rodaba hacia abajo, como desmoronándose.
Para Mariano Quiroz.
Se fracasa por exceso o por defecto, Alan Pauls.
Como si fuera el deforme consejero de Vikingos, auguro que todo va hacia el lugar de los desechos. Un mundo más o menos como este, con algunos sueños adentro, como los nuestros, ya descienden o descenderán pronto al fondo del pozo. Ingresarán por esos caños deslizantes que al principio parecen de un parque acuático, para acabar hundidos en el agua para siempre. Es un proceso irreversible.
Siempre tuve la creencia de que todo iba a esfumarse, de que todo terminaría, de que todos al fin, morirían. Primero los juguetes, mi abuela, la perra. Ya presentía que todo daba vueltas perdiendo partes, que todo se desgranaba en última instancia. Hay remontadas, claro que sí, engañosos anuncios. Me asombran los humanos que desconocen lo irremediable, o se hacen los tontos, o hacen como que. En todo aspecto. Aquellos soldados desconocidos a los que le brillan los ojos, sin nada detrás, y que no parecen notarlo. Son tontos, o felices.
La literatura desconocida es un gran ejemplo de búsqueda permanente, en vano. Sería más genuina si fuera un ejercicio apenas, una gimnasia de la fantasía, de la técnica, del oficio, y no el intento de un centro de recuadro. Qué tontería. Hay que ser honrado, y fatal. No sirve. Nada resulta relevante. Cuando todo es novedad ya nada es novedad. Y no me siento mejor. Al contrario, este tiempo, las lecturas, las demoras, conocer humanos, fingir, agradar, nos enseñan mil cosas, entre ellas, que casi todo se autodestruye, y que no hay necesariamente que permanecer estoico, lleno de polvo, pegando un afiche en la esquina. También se es real siendo parte de la demolición.
La imposibilidad de perder, de fracasar, de entristecer, nos viene opacando la vida hace años. El propio hecho humano es ya una complicación de transitar. La charla Ted que aspira a levantarnos de la cama, los tips para reconocer un elefante en la habitación, la exigencia de vivir la vida veinticuatro siete como pelotudo, nos pasó el scanner, nos convirtió en transparencias con ropa, flotando en maquetas de arquitectos que hacen copy paste. Estamos más cerca de tener un server propio en Roblox, que a llorar en un velorio.
Somos, mal que nos pese, buscadores, curioseamos en todos lados, en hojas principalmente, en textos, en internet, de refilón, en videos que explican cosas del espacio, en autoras mujeres porque leímos cientos de hombres, en músicas extrañas hechas en lugares remotos, en cuadros, en estéticas diversas, intentamos captar, aprender, pero casi siempre terminamos por corroborar lo que se transforma en una moda, lo que se repite como cliché. Es muy fuerte la caída de las referencias, quizá sea (como suele decir un amigo) que nosotros deberíamos serlo, y no lo somos.
Pasa con lo que se sabe, que siempre es poco, o que nunca alcanza (más que es poco). Cómo es la ignorancia, a veces lo idiota te quita la tristeza, se la lleva y nos las deja en la puerta a nosotros. El desaliento, la autocrítica, el silencio, parece ser sólo un perro nuestro, nunca de los que no destapan el frasco.
En el tango “Confesión” de Discépolo, hay una línea que dice “Sol de mi vida, fui un fracasao/ Y en mi caída tuve que dejarte a un lao”. Es la historia de un tipo que se hace odiar por la mujer, porque según él, no la merece. Hay muchísimas versiones, la menos tanguera es la de Enrique Bunbury, en “Pequeño cabaret ambulante”. Desde siempre me impactó la noción de que el protagonista se derrumbara, que no era que se iba, sino que rodaba hacia abajo, como desmoronándose. Yo era joven para entenderlo. Ahora soy grande e intuyo que es extensible a mil aspectos de nuestra época. La caída. El salto al vacío. La nueva bomba atómica en la mano, con carga, y con 5G.
Hay caídas gloriosas, por supuesto. Hay ángeles infernales. El noveno piso sin ir más lejos. Aunque de las casi caídas, me quedo con la de Diego, cuando el movimiento del belga lo obliga a salir trastabillando para celebrar. Son relámpagos donde el cielo se raja un instante para que brille la moneda, y luego se nubla. Parecen cosas humanas que duran mucho, pero con el tiempo ni eso alcanza.
Todo ocurre a distancia, como decía Baudrillard sobre la guerra del golfo. Los aviones efe dieciséis nuestro enclenque Tom Cruise, la sensación de que pensar dejó de ser relevante para los nuevos planes de Educación, por ejemplo, la parábola nacional de que casi todo es estafa. La máquina cultural en red construye mejor que Hollywood. Deleuze, Guattari, Fitzgerald, Dussel, Fisher, o un amigo.
Hay que saltar. Es urgente.
* El autor es escritor y Sociólogo.