La Real Academia Española define que inventar proviene del latín INVENTUM que significa hallar, descubrir algo nuevo o no conocido y de INVENIR “Venir desde adentro”.
En la isla del cuento de Bioy, la perfección técnica pierde su conciencia. Tal vez nuestro riesgo contemporáneo sea parecido; tenemos herramientas infinitas para reproducir, amplificar, simular. Pero cada vez menos tiempo y menos coraje para preguntarnos qué sentido tiene todo eso.
La Real Academia Española define que inventar proviene del latín INVENTUM que significa hallar, descubrir algo nuevo o no conocido y de INVENIR “Venir desde adentro”.
En la novela de Adolfo Bioy Casares, La Invención de Morel, hay una isla, un fugitivo y una máquina. Un artefacto para capturar la vida hasta volverla una repetición; una eternidad y un presente que se reproducen.
Estos párrafos iniciales, quizás inconexos, motivan de alguna manera el tema de esta nota: la posibilidad inventar.
Inventar porque lo que hicimos hasta ahora, en gran medida, se frustró o bien fracasó. Porque no alcanza con cambiar nombres ni con rotar los disfraces del poder. En medio de este mundo de guerras que ya ni siquiera nos sorprenden, de masacres transmitidas en HD, de genocidios televisados y naturalizados, de payasos que gobiernan local e internacionalmente, de administradores lo público como celebrities y de los que mueven lo privado con obscenidad y desparpajo. De ilusiones ordenadoras de la tecnocracia, de algoritmos que deciden, de métricas que prometen rendimientos, más allá de los megamillonarios, que tienen la sartén por el mango y el mango también, como diría la inolvidable María Elena Walsh.
En este escenario, en este paisaje que se vuelve previsible en su decadencia, ¿Qué hacemos?: INVENTAR
Pero no cualquier invención. No la repetición sofisticada de lo mismo, no la máquina de Morel, que reproduce una y otra vez una escena sin alma. Inventar, si volvemos a la definición citada al inicio, implica encontrar. Y para encontrar algo que valga la pena, desde ese “adentro” tiene que tener densidad.
Salir de lo banal es la condición necesaria para inventar, dejar lo efímero y lo superficial tiene que ser estratégico. Porque sin espesor no hay invención posible: solo es un simulacro, un eterno loop.
Esa pulsión creadora que todavía está latente aún contextos de incertidumbre necesita un suelo firme desde donde empujar. No alcanza con la indignación ni con la ironía, hace falta una forma de pensamiento sin temor a la contradicción, que pueda sentarse a dudar con otros que no piensan igual, incluso para incomodarse.
Inventar también es aceptar que no sabemos del todo lo que estamos haciendo.
En la isla del cuento de Bioy, la perfección técnica pierde su conciencia. Tal vez nuestro riesgo contemporáneo sea parecido; tenemos herramientas infinitas para reproducir, amplificar, simular. Pero cada vez menos tiempo y menos coraje para preguntarnos qué sentido tiene todo eso.
Por eso, la invitación es más modesta y más radical al mismo tiempo.
Inventar desde acá, imaginando que lo que se encuentra no siempre está afuera. Inventar descartando la abstracción global que todo lo hace homogéneo, inventar desde este territorio concreto, desde los bordes, con sus tensiones, sus desigualdades, su belleza intermitente. Inventar como acto de recordar lo que todavía no existe.
Tratar de habilitar una serie de gestos imperfectos que abran algo nuevo y descartar construir esa máquina perfecta que lo registre todo. Algo que, a diferencia de la invención de Morel, esté vivo justamente porque puede cambiar.
Inventar, como quien pinta una aldea sabiendo que no está terminada. O a lo mejor inventarla para que otros puedan pintarla más tarde.
* El autor es presidente de FilmAndes.