23 de abril de 2026 - 00:15

Desde un Hangar Rojo

Hangar Rojo es la confirmación de que en Mendoza hay capacidad para sostener proyectos de escala internacional sin perder singularidad. En octubre de este 2026, cuando la película tenga su estreno en nuestra provincia, habrá algo más que una proyección, habrá una especie de devolución. Como si ese recorrido internacional volviera al punto de origen para cerrar —o abrir— un ciclo.

Hay algo que empieza a cambiar cuando una película hecha en Mendoza logra recorrer los festivales de Málaga, Berlín, Uruguay, Guadalajara y luego aterriza en el BAFICI. Mas que un recorrido festivalero, es un desplazamiento simbólico: desde la periferia se empieza a narrar con una voz reconocible y necesaria.

Hangar Rojo, película chilena dirigida por Juan Pablo Sallato, producida entre chilenos, argentinos e italianos y filmada íntegramente en Mendoza, aparece en ese punto exacto donde las condiciones materiales, siempre frágiles, encuentran una oportunidad. No es menor decirlo: sin herramientas como el cash rebate local, hoy este tipo de producciones serían, en el mejor de los casos, una intención.

Los incentivos no son un lujo ni un gesto marketinero: son una política concreta que permite que el talento se convierta en un producto cultural de calidad.

Filmar en estas tierras empieza a ser posible no solo por su paisaje, sino por un conjunto de decisiones estratégicas que operan para que la creatividad sea también industria, trabajo y proyección global.

Pero hay otra capa, menos visible y quizás más determinante: la coproducción internacional. En tiempos de escasez, donde la producción audiovisual atraviesa un clima de desaliento, asociarse se convierte en una condición de existencia. Hangar Rojo es un ejemplo. No solo se trataba de sumar financiamiento; el desafío era construir una producción compartida, para poner en diálogo sensibilidades distintas que el concepto de asociatividad potencia.

Y sin embargo, nada de esto alcanzaría si no hubiera una buena historia que contar.

Porque Hangar Rojo tiene algo cada vez más difícil de encontrar: una historia que justifica ser contada.

Un guion sólido, con una estructura que no subestima al espectador y que se permite avanzar sin concesiones. Hay en su relato una decisión de no simplificar, de sostener la complejidad, de habitar los silencios en un ambiente actual saturado de estímulos rápidos.

La elección del blanco y negro como gesto estético es una toma de posición. La imagen construye una atmósfera donde el tiempo parece suspendido, entre lo documental y la ficción. La factura técnica es precisa, cuidada y cada plano parece saber por qué está ahí, sin excesos.

En ese entramado, el equipo mendocino jugó un rol importante como columna vertebral de este film. Técnicos, actores, productores y artistas que entienden el territorio como lugar para contar más allá de la postal. Hay un saber hacer que se ha ido construyendo muchas veces en silencio, medio a contramano de las condiciones imperantes. Hangar Rojo es la confirmación de que en Mendoza hay capacidad para sostener proyectos de escala internacional sin perder singularidad.

Lo más interesante es que la película deja resonando por fuera de la pantalla una historia que es una forma de conservar la memoria. Una memoria en tensión, que se reescribe en tiempos donde todo parece volverse banal.

En octubre de este 2026, cuando la película tenga su estreno en Mendoza, habrá algo más que una proyección, habrá una especie de devolución. Como si ese recorrido internacional volviera al punto de origen para cerrar —o abrir— un ciclo.

Y aparece nuevamente la pregunta de fondo: ¿es posible sostener este tipo de experiencias en el tiempo?

La respuesta clara es que solo será posible si se insiste en una articulación inteligente entre lo público y lo privado. Con un Estado que entienda su rol como promotor y facilitador, y un ecosistema de emprendedores, productores y creadores que asuman el riesgo como parte del proceso. No hay épica sin estrategia y no hay industria sin decisión.

Filmar en Mendoza está dejando de ser una excepción celebrada para convertirse en una práctica sostenida. Ojalá siga.

Este Hangar Rojo es una de esas señales que, si se leen a tiempo, permiten imaginar que todavía hay historias por contar, y que vale la pena insistir.

* El autor es presidente de FilmAndes.

LAS MAS LEIDAS