/alerta spoiler: no es una nota de rock. Pero para empezar, un pequeño desvió recordatorio que dispara la analogía: Costumbres Argentinas/Himno de mi Corazón/Lunes por la madrugada/Mil horas/Sin gamulán/No te enamores nunca de aquel marinero bengalí/… ¡temazos de los Abuelos! ¡
Listo. Ahora va el texto:
Hay una escena contemporánea que no termina de asumirse. Estamos rodeados de TODO. No de algo, no de mucho, no de bastante, de T O D O. Y en esa acumulación desbordada, estamos quedándonos con NADA.
Vivimos un tiempo en donde los intercambios simbólicos se multiplican a una velocidad tremenda. Redes, IA, plataformas, contenidos, transmisiones en vivo, sunsets coreografiados, experiencias diseñadas para ser consumidas/olvidadas en simultáneo. Todo sucede en todos lados, todo al mismo tiempo.
Tenemos a disposición una oferta constante de signos, de mensajes, de imágenes, de relatos que para la atención en pocos segundos. Todo compite contra todo.
Se opina de todo, se reacciona a todo, se comparte todo. Y en esa vorágine pensar empieza a volverse una actividad marginal.
Como si la época hubiese decidido que no hace falta detenerse demasiado. Que alcanza con circular; “Siga, siga” diría el juez Lamolina.
La hiperactividad como forma de legitimación. Estar en movimiento, producir, participar, generar, publicar. Eventos, shows, recitales, lanzamientos, encuentros. Una agenda sociocultural que construye una maratón de actividades persiguiendo la zanahoria de la selfie.
Y en simultáneo, el marketing, como viejo organizador del deseo, se reinventa, muta, se disfraza. Ahora aparece incluso su versión invertida: el antimarketing como estrategia para vender más, con la autenticidad empaquetada y la espontaneidad guionada. Porque cuando incluso la negación del sistema se convierte en parte del sistema, lo que queda es una sensación difusa de artificio permanente (Tema para otro texto).
La contemporaneidad está partida, fragmentada en nichos, en audiencias y comunidades efímeras que se arman y desarman.
¿Hay algo en esos fragmentos? sí. Hay potencia, diversidad, posibilidad. Pero también hay una dificultad enorme para construir algo que los articule.
No es solo un problema político o económico. Es, antes que nada, un problema cultural (verdad de Perogrullo si las hay). Cultural en lo más profundo del término: la cultura como entramado de símbolos, historias y lenguajes que permiten reconocernos en algo compartido.
Y entonces volvemos a las preguntas: ¿cómo inventar algo propio en medio de tanto todo? ¿Cómo sostener una idea cuando todo solo es ocurrencia? ¿Cómo pensar en serio cuando todo invita a pasar rápido? ¿Como experimentar otro TODO?
Sin esas preguntas corremos el riesgo de la indiferencia y de naturalizar las tragedias. Cuando todo es todo, todo pierde peso. Y nada importa demasiado.
Quizás la salida no esté en producir más, sino en producir distinto. En recuperar algo que la época no puede automatizar: la curiosidad, la capacidad de asombro, el deseo de encontrarse con el otro como experiencia y no solo como audiencia.
Asumir que, más allá de la tecnología, las plataformas y las tendencias, hay algo que sigue estando por hacer: inventar un contradictorio otro TODO.
Un TODO en la construcción de ideas para pensarse en común, discutirse, tensionarse, transformarse.
Porque el mundo, el país, una comunidad, esta aldea, incluso este barrio, se sostienen con la idea y la capacidad de generar sentido en un TODO compartido.
En medio de tanto vértigo, insistir con no tener respuestas inmediatas o permitirnos dudar en un entorno que siempre premia la certeza, empieza a ser casi contracultural.
En el fondo, admitir algo que la época parece haber olvidado: preguntarnos qué estamos haciendo acá.
Volver a la simpleza de encontrarse con lo distinto sin la necesidad de clasificarlo de inmediato. Emocionarse en lo diverso, cosa que no se puede reemplazar por el algoritmo, segregar la adrenalina del descubrimiento, del invento que no entra en ningún formato.
En ese espacio todavía no colonizado, puede aparecer algo parecido a una idea. Porque en medio de tanto TODO, la tarea fina y tal vez la única urgente, sea no resignarnos a convertirnos en los hermanos, los hijos, los padres, los tíos o los abuelos de la NADA.
* El autor es presidente de FilmAndes.