“…Larga vida y gloria eterna,
Estos piratas de Belgrano tuvieron algo de eso en este campeonato. Un equipo con mística y con jugadores entendiendo que nadie se salva solo. Con un entrenador convencido de una idea y una conducción con pertenencia emocional. Cosa rara en estos tiempos donde todo parece medirse por presupuestos inmensos, grandes sponsors y franquicias impersonales.
“…Larga vida y gloria eterna,
para hincarlos de rodillas
hay que cortarles las piernas...”
Joan Manuel Serrat escribió esta frase inicial en la canción “Una de Piratas” de su álbum EN TRANSITO de 1981, como una pequeña historia sobre aventureros derrotados que navegan contra el destino sabiendo que los océanos siempre pertenecen a los imperios.
En ese tema hay algo interesante: la simpatía por los que pelean desde abajo, por los que no tienen el mejor barco ni los mejores cañones, pero igual salen al mar.
El domingo 24 de mayo, el Club Atlético Belgrano, el Pirata Cordobés, le ganó el campeonato al millonario Club Atlético River Plate. Y aunque el fútbol suele exagerarlo todo, esta vez hubo algo más grande que un resultado deportivo: fue la lógica del interior frente a la capital, la de la periferia frente al centro, la de la pasión frente al presupuesto.
River representa muchas cosas: historia, grandeza, estructura, millones, televisión, marketing y centralidad porteña. Belgrano, en cambio, representa otra cosa: la de los clubes sostenidos por la identidad del barrio, por dirigentes que conocen el olor de la tribuna y por hinchas que más allá de ir a la cancha a ver fútbol lo viven como una herencia familiar.
La alegría de esa histórica jornada no fue solo cordobesa. En Mendoza, en Jujuy, en Tierra del Fuego o en cualquier ciudad donde alguna vez se sintió que las decisiones importantes ocurren lejos, muchos festejaron el triunfo de Belgrano como propio. Porque los piratas encarnaron algo que excede su camiseta celeste: la posibilidad de que David le gane a Goliat sin complejos de inferioridad
Los piratas de la canción del Nano son personajes que desafían cierto orden establecido, navegan fuera de las rutas oficiales, inventan su propio mundo y viven con una inocencia heroica difícil de explicar.
Estos piratas de Belgrano tuvieron algo de eso en este campeonato. Un equipo con mística y con jugadores entendiendo que nadie se salva solo. Con un entrenador convencido de una idea y una conducción con pertenencia emocional. Cosa rara en estos tiempos donde todo parece medirse por presupuestos inmensos, grandes sponsors y franquicias impersonales.
Belgrano recordó que un club puede seguir siendo una comunidad y eso emociona tanto o más que el resultado.
En el fondo sabemos que el fútbol es una excusa para hablar de otra cosa; de quiénes somos, de qué lugar ocupamos, de qué sueños todavía defendemos aun cuando las estadísticas y la lógica del mercado indiquen lo contrario.
Hay algo profundamente propio en esa escena de Alberdi explotado de felicidad. Algo que recuerda a los viajes para seguir un equipo, a los viejos llevando por primera vez a sus hijos a la cancha, a una épica popular que no necesita demasiado lujo para ser inolvidable.
Los que alguna vez disfrutamos del Gigante de Alberdi entendemos de qué se trata. Hay estadios más modernos, más grandes o más cómodos, pero pocos tienen esa sensación de barrio rebelde, de resistencia universitaria y obrera, de fiesta en la popu, de cuartetazo, de ferné con coca, de memoria y de esa “Lunita de Alberdi que esconde su cara …”
El primer campeonato en la historia de este club tiene un valor especial, porque no se ganó solamente con táctica, se ganó con hambre y con paciencia, con un sentido colectivo que hoy parece escaso en el deporte, en la política, en la cultura y hasta en la vida cotidiana.
Belgrano nos hace recordar que todavía existen lugares donde la palabra “hay equipo” vale más que el negocio. Y eso, en estos tiempos, ya es una pequeña hazaña de piratas.
* El autor es presidente de FilmAndes.