Sábado a la noche. Con Claudia nos acomodamos en las butacas del cine para ver la última película de Christopher Nolan. En las cuarenta y ocho horas previas habíamos visto demasiados videos de YouTube, comentarios en redes sociales, críticas especializadas y opiniones de espectadores. Estaban los que ya la declaraban una obra maestra y los que la consideraban un exceso de grandilocuencia. Llegamos a la sala con esa rara sensación que produce el algoritmo: uno cree haber visto una película antes de que empiece.
Pero había otro recuerdo que también me motivaba: de chico, frente al televisor blanco y negro de mi casa, mirando a Kirk Douglas convertido en Ulises, en aquella versión dirigida por Mario Camerini de 1954 y producida por Dino De Laurentis.
El héroe regresando a Ítaca atravesando monstruos, dioses y tormentas, el cíclope, las sirenas y el arco que solo el mendigo pudo tensar. Quizá por eso, entrar a ver La Odisea de Nolan, era también volver a los recuerdos de la infancia.
Lo primero que se descubre es que esta no es solamente una adaptación de Homero. Es, sobre todo, una declaración de principios sobre el cine.
En tiempos donde la inteligencia artificial fabrica imágenes infinitas que huelen a plástico berreta y donde muchas superproducciones parecen diseñadas por un departamento de marketing antes que por un artista, Nolan decidió hacer exactamente lo contrario. Reunió un presupuesto de 250 palos verdes para filmar una película íntegramente en IMAX analógico, utilizando cámaras especialmente desarrolladas para registrar todas las escenas en 70mm; una obsesión técnica que ya había experimentado en Oppenheimer
Y esta semejante decisión lo convierte en un creador grosso en toda su dimensión.
Mientras se discute cómo reemplazar artistas por algoritmos, Nolan apuesta por barcos reales, locaciones verdaderas, actores con el viento en la cara, un mar de verdad y piedras no pintadas.
No lo hace como rechazo a la tecnología, lo entiende porque cree que el cine sigue siendo una experiencia física. Una experiencia donde el espectador mira escucha, respira, siente y ¡p i e n s a!
Y allí aparece algo poco valorado en tiempos de capitalismo atroz: la capacidad de riesgo.
Porque nadie invierte semejante cantidad de guita para adaptar un poema escrito hace casi tres mil años. Ningún estudio hace cuentas pensando que Homero será tendencia en TikTok. Sin embargo, Nolan insiste, y lo venía insistiendo hacía veinte años con este proyecto, en que los grandes relatos sobreviven porque hablan de nosotros, más allá de una época. La Odisea sigue siendo contemporánea porque todos, de una u otra manera, seguimos intentando regresar a casa.
Por eso la película conmueve incluso cuando el spoiler lo tenemos antes de verla.
El viaje de Odiseo/Ulises fue interior mas allá de la geografía que recorrió por el mediterráneo.
Vivimos tiempos donde nunca fue tan fácil acceder a miles de historias y al mismo tiempo cuesta tanto encontrar relatos que realmente nos transformen. Consumimos series vorazmente y nos las recomendamos entre amigos y conocidos y casi que no nos acordamos ni como se llamaba, ni en que plataforma estaba, ni quien actuaba ni hasta de que se trataba; pero la vimos, ¡si seguro la vimos! Todo rápido, todo fugaz, todo olvidado de inmediato.
Nolan propone lo contrario. Obliga a permanecer casi tres horas sentados, sin distracciones, (más allá de los ruidos incómodos del balde de pochoclo de la parejita de atrás) aceptando que una historia necesita tiempo para contarse. Nos devuelve la posibilidad de apagar el teléfono y mirar una pantalla inmensa que puede hacernos sentir pequeños.
Y por si fuera poco está el sonido.
La música de Ludwig Göransson —ganador del Oscar por Oppenheimer y un par más— empuja las imágenes. Con percusiones que vibran en el cuerpo y una construcción sonora que hacen de cada escena una experiencia física. Por momentos el pecho vibra antes que miremos lo que está ocurriendo.
Salimos de la sala comprobando que Christopher Nolan lleva años filmando con la misma coherencia: En Memento nos hizo pensar en la memoria y en Interestelar en el espacio y el tiempo. En Dunkerque, en la guerra y en Tenet, los dobles y la posibilidad de alterar el destino. Ahora con La Odisea, sobre lo qué significa regresar.
Regresar a quienes fuimos o a aquello que todavía deseamos ser, con las contradicciones y con las dudas de ese héroe.
Alguna vez escuche que alguien dijo que cuando extrañamos un sitio, lo que verdaderamente añoramos no es el lugar, sino el momento vital de esa época que experimentamos.
Este viaje de Odiseo/Ulises nos sigue conmoviendo tres mil años después y desde este presente, obsesionado con inventar futuros, nos hace pensar que a veces hay que volver a los clásicos para entenderlo.
Y por eso, simplemente, ¡Aguante Nolan!
* El autor es presidente de FilmAndes.