3 de septiembre de 2026 - 00:30

¿Farmear qué?

Sin pedir que esta tendencia juvenil salve a la humanidad, hay que reconocer que, en tiempos donde la existencia transcurre mirando una pantalla, que un grupo de adolescentes se junte en una plaza para hacer boludeces puede ser una pequeña victoria de la vida real.

Presidente de FilmAndes

Hay cosas que uno escucha y automáticamente entiende que ya está grande.

“Farmear aura”, por ejemplo. Fingimos que sabemos y ponemos cara como que la expresión forma parte del vocabulario cotidiano. Incluso pronunciarla con cierta seguridad: “-Sí, claro, lo de farmear aura…”. Pero por dentro pensamos: ¿farmear qué?

La cosa parece que viene del universo gamer: Farmear es repetir determinadas acciones para conseguir recursos o puntos. Y el aura, en esta nueva traducción generacional, sería algo así como el carisma, la actitud, ese “no sé qué” cuando alguien entra a un lugar y consigue que los demás lo miren.

Entonces, “farmear aura” sería hacer algo que dé onda. Una pose, un gesto, una actitud con ondina.

Hasta ahí, nada demasiado revolucionario.

Lo interesante es que algunos jóvenes están llevando esa lógica a la calle. Se juntan, hacen poses, movimientos, se desafían y compiten para ver quién tiene más “aura”. Una especie de batalla de presencia nacida en internet que, paradójicamente, termina sacando a los chicos de internet.

Entonces aparece algo más interesante que la moda misma:

Los pibes están dejando por un rato quietos los pulgares y se miran a la cara: están compartiendo un espacio físico y haciendo el ridículo delante de otros, que es una de las formas más antiguas y saludables de socialización adolescente.

Sin pedir que esta tendencia juvenil salve a la humanidad, hay que reconocer que, en tiempos donde la existencia transcurre mirando una pantalla, que un grupo de adolescentes se junte en una plaza para hacer boludeces puede ser una pequeña victoria de la vida real.

Claro que durará lo que tenga que durar, porque así funcionan estas cosas. Hubo blogueros, floggers, emos, hipsters, tribus, fotologs, Harlem Shake y vaya uno a saber cuántas otras formas de decir “acá estamos” que fueron apareciendo, brillando un rato y desapareciendo después en el cementerio de las modas juveniles.

Y está bien, no todo tiene que trascender.

No toda ocurrencia adolescente tiene que convertirse en una revolución cultural.

Las vanguardias —con el perdón de las verdaderas vanguardias, aquellas que efectivamente cambiaron algo— no piden permiso, ni presentan proyectos, ni armar una comisión para explicar sus objetivos.

La juventud tiene el privilegio de equivocarse sin tener que justificar demasiado sus equivocaciones.

El problema empieza cuando aparece el adulto.

Porque el viejardo contemporáneo tiene una particular fascinación por apropiarse de aquello que los jóvenes inventan y convertirlo inmediatamente en su programa.

Si los chicos se juntan espontáneamente a farmear aura, alguien organiza el “Primer Campeonato Nacional de Farmear Aura”. Después aparece una secundaria progre y lo promueve en el cole, después un sponsor, después una charla, después el profe piola explicando los beneficios pedagógicos del aura, después una presentación en PowerPoint. Y finalmente la dirección de escuelas dice que todo aquello constituye una “herramienta de innovación educativa”.

Listo. La espontaneidad acaba de morir.

Algo parecido sucede con esa curiosa costumbre del veteranaje de apropiarse del lenguaje de los chicos para intentar demostrar que todavía están ahí. El adulto dice “cringe”, “random”, “literal”, “bro”, “Lore” o “farmear aura”; con una impunidad que produce más pérdida de aura que cualquier resbalón en una vereda.

Los adultos queremos entender y participar. Queremos copiar para seguir siendo cancheros.

Pero deberíamos aprender a dejar que algunas cosas fluyan.

La rebeldía es un atributo de las nuevas generaciones y también lo es inventar códigos que los mayores no entienden. Esa distancia es precisamente el espacio donde aparece el cambio.

No todo tiene que volverse viral ni transformarse en contenido, no todo tiene que ser aprovechado por un pendeviejo con vocación de community manager.

¡Dejemos al piberío tranquilo por favor!

Que hagan sus poses, que acumulen sus puntos imaginarios y que se caguen de risa entre ellos. Que inventen palabras incomprensibles y que abandonen una moda mañana para agarrar otra pasado mañana.

Algo saldrá de todo eso. O no.

Y tampoco pasa nada.

Nosotros podemos seguir tratando de entender qué carajo significa farmear aura, mientras el mundo sigue farmeando otras cosas bastante menos simpáticas: poder, guita, enemigos, guerras, dogmas y razones para tener razón.

Afuera siguen los misiles, los incendios y los terremotos, y un clima que nos manda señales directas de como hacemos pedazos el planeta.

Aquí una ingenua propuesta: dejemos que los pibes jueguen, que farmeen aura, que pierdan aura y que hagan lo que se les cante.

Y mientras tanto, tratemos de navegar este loco mundo sin quitarles demasiado rápido aquello que todavía tienen y que nosotros, con los años, fuimos perdiendo: la posibilidad de hacer algo simplemente porque sí.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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