Hay una respuesta que hasta muchos de los críticos del gobierno de Javier Milei reconocen: logró bajar la inflación. Después de años de una economía fuera de control, era imprescindible ordenar las cuentas públicas y terminar con la emisión descontrolada que alimentaba la suba permanente de los precios. Ese mérito existe y negarlo sería un error. Pero la política económica no puede evaluarse por un solo indicador.
La verdadera pregunta es otra: ¿para qué sirve una inflación más baja si cada vez hay menos empresas, menos producción, menos consumo y menos trabajo?
La estabilidad no es un fin en sí mismo. Es una herramienta para que la economía vuelva a crecer. Si esa estabilidad se consigue al costo de apagar el motor productivo del país, entonces el problema no desaparece: simplemente cambia de forma.
Como industrial pyme lo veo todos los días.
Hay una imagen que se repite en todo el conurbano bonaerense. Basta recorrer los parques industriales de Tres de Febrero, San Martín, La Matanza o Avellaneda para encontrar fábricas trabajando muy por debajo de su capacidad, empresarios que postergan inversiones y comerciantes que miran más la puerta esperando que entre un cliente que las planillas de ventas. No es un problema de un sector o de una empresa en particular, es un síntoma de una economía que todavía no logra volver a ponerse en marcha. La propia CAME viene registrando caídas consecutivas en la producción industrial pyme y más de un año de retroceso en las ventas minoristas.
Las fábricas trabajan con capacidad ociosa. Los clientes estiran los pagos. Los proyectos de inversión se frenan. Cada cierre de una PyME no es solamente una persiana que baja: son familias que pierden ingresos, proveedores que dejan de vender y trabajadores que pierden oportunidades.
Los datos acompañan esa percepción. Desde el inicio de la gestión se registró una caída superior a las 27.000 empresas empleadoras, con especial impacto en el comercio, el transporte y la industria manufacturera
La explicación oficial es que primero había que estabilizar la macroeconomía para luego crecer. El problema es que la economía real no puede esperar indefinidamente.
Un dólar relativamente estable ayudó a desacelerar la inflación, pero también encareció los costos medidos en dólares para quienes producen en la Argentina. Mientras tanto, muchas industrias enfrentan importaciones más competitivas, costos elevados y un mercado interno debilitado.
El consumo continúa mostrando señales de debilidad y eso golpea directamente a quienes generan empleo todos los días. Sin ventas no hay inversión. Sin inversión no hay producción. Sin producción no hay empleo.
Argentina necesita equilibrio fiscal. Nadie discute eso. Pero también necesita una política de desarrollo productivo. No alcanza con que cierren las planillas del Ministerio de Economía. También tienen que abrir las persianas de las fábricas. No alcanza con celebrar la baja de la inflación si el precio que pagamos es la desaparición de miles de PyMEs.
No alcanza con tener orden macroeconómico si la microeconomía se está desangrando. Los países que lograron desarrollarse no eligieron entre estabilidad o producción. Consiguieron las dos cosas. Ese debería ser el objetivo de la Argentina.
Un país no crece cuando solamente cierran los números del Estado. La inflación baja es una buena noticia. Pero una Argentina con menos PyMEs, menos industria y menos trabajo nunca puede ser una buena noticia.
Ningún país puede construir un proyecto de desarrollo con un mercado interno que se achica todos los meses. Ese no es el país que queremos. Queremos una Argentina con estabilidad, sí, pero también con fábricas produciendo, comercios vendiendo, trabajadores encontrando empleo y PyMEs creciendo.
* El autor es industrial pyme.