2 de septiembre de 2026 - 00:10

El teorema de H. L. Mencken

Se cumple ahora el centenario de un teorema, propiedad del ensayista norteamericano Henry L. Mencken (1880-1956): «mientras más detestes a la gente, más popular serás». Su formulación como tal pertenece a Walter Lippmann, en la reseña que hiciera de las Notes on Democracy de Mencken. El autor reflexiona sobre esta extraña conclusión y la compara con las tendencias de la época actual.

    Un día de 1986 el diputado mendocino Raúl Baglini pasaría a la posteridad por postular que «el nivel de disparate del discurso político es inversamente proporcional a su cercanía al ejercicio del poder». Este teorema es una de esas fórmulas sencillas para comprender la irresponsabilidad con la que los políticos suelen hablar. Se cumple ahora el centenario de otro teorema, propiedad del ensayista norteamericano Henry L. Mencken (1880-1956): «mientras más detestes a la gente, más popular serás». Su formulación como tal pertenece a Walter Lippmann, en la reseña que hiciera de las Notes on Democracy de Mencken.

    Me sorprendió encontrar en los Estados Unidos de 1926 una explicación tan esclarecida de lo que sucede en la Argentina de 2026. Al igual que en nuestros días, en aquel tiempo también se dejaba sentir una insatisfacción para con el liberalismo democrático: sus ideales ya no explicaban lo que sucedía en el mundo ni congeniaban con los hombres modernos. Se ve entonces arribar un nuevo modo de influenciar. En política —señala Lippmann—, la influencia retórica es más eficaz que el pensamiento coherente para alterar los prejuicios de los hombres. Y el aporte de Mencken a la agonía de la tradición democrática fue su éxito para presentarla como algo ridículo y pasado de moda. ¿Su método? Apelar a las emociones, siendo “perfectamente consciente de que el actual estado de cosas no se sustenta en razones sino en prejuicios, prestigio y veneración, y que un buen chiste es más devastador que un sólido argumento”.

    Ciertamente, analizadas en su estricta lógica, sus ideas resultan incoherentes; y a juicio de Lippmann, la confusión de las mismas proviene de ese “salvaje sentimentalismo” de creer que, para una libertad que se estima enferma, el remedio consiste en hacer renacer una nueva sociedad de privilegios de tipo feudal. En otros términos, que la libertad que se desea ver popularizada, se fortalecerá flagelando los mecanismos modernos que la democratizan.

    Lo llamativamente actual del caso es que su apelación a lo emocional recae muy especialmente sobre las emociones de signo negativo: el Sr. Mencken no discute con la casta de ese momento —el poder soberano de las iglesias evangélicas, las masas proletarias urbanas y los empresarios norteamericanos—. A todos ellos los agravia sin mediar discusión, tratándolos directamente de villanos, “con la convicción, probablemente correcta, de que se consiguen resultados más rápido aflojándoles los dientes a tu oponente que ocupándote laboriosamente de su razonamiento”, acota Lippmann. En suma, el desparpajo de “una vituperación dogmática y explosiva”, no la argumentación serena, es el camino utilizado para mover a la acción: “el resultado es una masacre de vacas sagradas, un holocausto de ídolos”.

    Ahora bien, su ejercicio no es sólo de carácter lesivo; y aquí reside la escurridiza eficacia en el accionar de este tipo de personajes: si logra llamar la atención, lo hace no por una razonada convicción, sino por una visceral conmoción. Produce en su espectador una mudanza de las emociones: orientadas en una determinada dirección, al servicio de ciertas ideas, pasan a estarlo en otra dirección, produciéndose una aversión de las ideas anteriores. Efectivamente, a diferencia de la razón, las emociones son altamente maleables, susceptibles de ser persuadidas por el demagogo de turno.

    Al final, las contradicciones lógicas de Mencken no cuentan, y “no es un crimen no ser un filósofo”. Lo que importa realmente es su vitalismo, no su intelectualismo: “lo que el Sr. Mencken ha creado en la vida estadounidense es una fuerza personal con un efecto extraordinariamente purificador y revitalizador”. El don de la vida, tal es la manera correcta de explicar “la paradoja de su popularidad”. De allí que “las heridas que inflige sanan rápidamente. Sus golpes tienen la cristalina brutalidad de un fenómeno natural”. Y a partir de este extraño encantamiento producido por su vitalismo, se siente extrañamente la necesidad de perdonarle hasta sus exabruptos y animaladas. Bajo el efecto hipnotizador de su brío vital, uno está dispuesto a perdonarle incluso sus injusticias: “a menudo él no viola meramente el buen gusto propio del refinamiento tradicional, sino aquella clase superior de buen gusto conforme a la cual un hombre se niega a dañar a quienes no pueden defenderse”.

    La tesis de Lippmann sobre el teorema de Mencken es que la vitalidad contagia más allá del contenido que dicho accionar se propone como objetivo: cuando puedas explicar por qué te sientes más vivo al observar a aquel que te humilla con ganas, estarás en condiciones de explicar la calidad de su influencia. Todo esto, concluye Lippmann, no constituye ciertamente un elogio de Mencken (o del personaje que sea), sino una explicación de la curiosa popularidad de alguien que realmente desprecia a aquellos que es capaz de cautivar: “te llama miserable e imbécil, y aumenta tus ganas de vivir”. Paradójico triunfo del vitalismo. No se trata, en este caso, de aquel oderint dum metuant de Calígula («no importa que me odien, con tal de que me tengan miedo»), sino precisamente lo contrario: «no importa que los desprecie, mientras me quieran».

    De este modo, la negatividad inherente al agravio, aun produciendo resentimiento, no lo hace en la dirección esperada. La manera vitalista de injuriar, produce la sensación de que ella no es la fuente del mal, sino tan sólo su cauce. El enemigo está en otro lado. Se da una inversión emocional: quien parece odiarte, te ama, y quien parece llevarte a la muerte, te estaría obsequiando vida. ¿Te maltrata? Es por tu bien. Para que reacciones. Ya lo dijo Nietzsche: «lo que no te mata, te hace más fuerte».

    Puede que el vitalismo sea capaz de despertar héroes, pero será de suyo incapaz de crear hermanos. Y esto, porque la fraternidad depende de una concepción universal del ser humano. Si el vitalismo es una estética fuerza ciega que busca imponerse, el humanismo es la aceptación inteligente y libre de que el extraño es un hermano y el débil debe ser protegido de los depredadores.

    * El autor es investigador del INCIHUSA/CONICET.

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