13 de junio de 2026 - 00:15

León XIV y el desafío de un poder político privatizado

Dos amores construyeron dos ciudades, expresó San Agustín; al igual que dos filosofías distintas construyen dos tipos de Estado: el de la redención tecnológica, fruto de la gestión de datos desde lo alto, de modo opaco, unilateral, y a merced de manos privadas desangeladas (y a veces un tanto desalmadas); o bien el de la cooperación social y política, según los principios bíblicos y humanistas de la nueva encíclica.

    No deja de sorprender el prestigio que todavía concita la voz de un líder religioso cuya institución porfía en enseñar cosas aparentemente tan inactuales como “felices ustedes cuando sean insultados o perseguidos”, o “al que te quite el manto no le niegues tu túnica”. El caso es que, cuando las papas queman, por algún instinto secreto se despierta la conciencia colectiva de que lo viejo funciona. Algo parecido se escuchó de boca de Chris Olah, uno de los desarrolladores de IA más reconocidos del mundo, cuando el pasado 25 de mayo, en la presentación de la encíclica Magnifica humanitas y ante la mirada atenta de León XIV mismo, reconoció que las cuestiones suscitadas por el avance de la IA “son preguntas que tradiciones como la suya han sostenido durante milenios, y necesitamos que sigan sosteniéndolas en este nuevo momento de la historia”. En otras palabras, que las pautas de orientación ética ofrecidas por el Papa al mundo de la IA, era un ejemplo a seguir.

    El texto en cuestión, en general de acogida más que positiva, presenta reflexiones que merecen especial atención en relación a acontecimientos de nuestro país cuya gravedad quizá todavía no se alcanza a discernir del todo. Me refiero al «Gemelo Digital Social», ese sistema de inteligencia artificial cuya implementación ya ha sido oficializada por el Gobierno Nacional. Se trata de una plataforma que, integrando información de diversas áreas, está diseñada para predecir eventuales impactos de medidas de gobierno, simulando escenarios posibles en la planificación de políticas públicas, más precisamente políticas sociales. El objetivo es contar con una herramienta capaz de detectar correlaciones, tendencias y otros factores que colaboren a la ejecución de medidas concretas. La filosofía que anima el uso de este instrumento es que no va más el Estado de asistencia reactiva: ahora él debe dedicarse a anticipar. ¿Por qué no vanagloriarnos de este salto del Estado analógico receptor de problemas a uno predictivo de forma algorítmica?

    Todo parece indicar que Palantir, la compañía del magnate tecnológico Peter Thiel, se encargará de ejecutar dicho sistema. Y aunque parezca casual, realmente no lo es el hecho de que, si el mismo Thiel osara tachar a León XIV de «Papa woke» (y aun peor de «Anticristo»), al propio León no le ha temblado el pulso para advertir el peligro inherente a la actual tendencia mundial a la privatización del poder político, a manos de agentes como Thiel: “en muchos casos, en el contexto digital, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los Estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” (Magnifica humanitas, n. 95). Ciertamente, hay una manera de desarmar el crecimiento exponencial de este tipo de poder que germina en las sombras, y es por la agencia de un Estado que hiciera valer su soberanía, dejando en claro que ningún privado, por más capacidad de acción transnacional que tenga, está por encima de él. De lo contrario, resultaría “difícil discernir, gobernar y orientar hacia el bien común” (Magnifica humanitas, n. 5).

    Podría recordarse aquí el motivo de admiración de nuestro presidente por Margaret Thatcher. Pues si de palabra ella abogaba por la inutilidad del Estado, a no ser para contribuir a que los mercados fluyan en libertad, muy tempranamente su gobierno comenzó a abandonar esa determinación suya de mantener a raya el control estatal, abrazando una estrategia cada vez más intervencionista. En pocas palabras: desmantelar el Estado para volver a montarlo al propio gusto. Por tanto, aquello de “destruir el Estado desde dentro” significa específicamente: “este Estado que no me gusta”. Ya se va viendo, entonces, que de anarquismo poco y nada. ¿Cuál es el ideal de Estado que se vislumbra? Uno tecno-preventor, a manos de una elite internacional despojada de banderas nacionales y en función de un ideal de libertad hiperindividual. Al igual que su supuesto antiestatismo, el supuesto anti-globalismo libertario también es engañoso: a la nefanda comunidad mundial woke habrá de caberle un día ser vencida por la alianza internacional de los héroes de Silicon Valley. Luchar por ese ideal sería el mayor anhelo del nuevo grito de libertad americana. Sólo que “América para los americanos” ahora significa: “América para los americanos de bien”, y bien es aquello que nos dictan los filósofos Peter Thiel, Nick Land, Curtis Yarvin y otras figuras de la Ilustración Oscura.

    Volvamos a la reflexión de León XIV. Comienza su texto presentando la contraposición entre dos formas de hacer comunidad: la de la Torre de Babel, edificada “sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma”, donde todos terminan insultándose, “la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden”; la otra, en cambio, la de la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. Partiendo del estado de ruinas y bajo el liderazgo de Nehemías, cada familia se ocupa de un tramo de la obra. Entonces la ciudad renace a través de la comunicación y responsabilidad compartida de todo el pueblo. Las piedras vuelven a levantarse porque los vínculos humanos han vuelto a recobrar vida. Y en el centro de este renacimiento se observa que el orgullo del hombre ha cedido a la veneración de un Dios.

    Dos amores construyeron dos ciudades, expresó San Agustín; al igual que dos filosofías distintas construyen dos tipos de Estado: el de la redención tecnológica, fruto de la gestión de datos desde lo alto, de modo opaco, unilateral, y a merced de manos privadas desangeladas (y a veces un tanto desalmadas); o bien el de la cooperación social y política, según los principios bíblicos y humanistas de la nueva encíclica.

    * El autor es investigador del INCIHUSA/CONICET.

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