1 de agosto de 2026 - 00:30

Los justos, esos que están fuera de agenda

En este impredecible laboratorio que es el mundo de hoy, se impone una tarea pendiente e indelegable para los medios que todavía confiamos en tener algo para decir: ir a buscar esos relatos que no entran en un posteo ni se agotan en un like veloz y de compromiso.

«Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo», nos alertaba Borges en su poema Los justos. También podríamos hablar de esos mismos como los necesarios, los anónimos, aquellos que no comulgan con la viralidad ni andan anunciando a los cuatro vientos cada acto positivo que generan.

Instalados en la vereda opuesta a la de sobrevaluados influencers, youtubers y streamers, esos anónimos laburan en serio, aunque no marquen agenda ni muevan agujas. Sin embargo, en el otro extremo y permanentemente a la vista de todos, los «conocidos» siguen siendo un negocio más que rentable. Para ellos, por supuesto.

Si bien no existe un registro oficial, dado que la economía de los creadores combina empleo formal, trabajo independiente y monetización informal, se calcula que hay más de 200 millones de creadores de contenido en plataformas digitales. De ese total, entre 4 y 8 millones generan pingües ingresos a partir de lo que producen.

De las tantas historias de quienes la pelean desde abajo, elijo arbitrariamente la de Oscar Vitar. Este adolescente de 15 años que nació en Guinea-Bisáu y tiene albinismo (lo que en su país de origen implica persecución y hasta riesgo de vida), fue adoptado por una familia de Guaymallén durante su infancia. Lector apasionado, escribió La vara de la noche, una novela que acaba de publicar. La suya, la real, puede ser una historia pequeña o grande, pero sin dudas de una fortísima humanidad.

O el logro de los estudiantes del Instituto Tomás Alva Edison, que salieron campeones mundiales de robótica en México tras ganar el Premier Event de FIRST Tech Challenge, una de las competencias educativas más importantes de la región. Un caso que demuestra que no todos los chicos viven encerrados en su ecosistema de cristal o en la realidad paralela de las redes sociales.

En casos extremos, como el devastador terremoto de Venezuela o los tremendos incendios en Francia y España, cientos, miles de anónimos (los justos) trabajan a destajo sin que nadie sepa sus nombres, sus vidas, sus dolores. Están ahí por los demás; una premisa que no se discute, pero que tampoco se pondera lo suficiente.

Ejemplos de valía sobran, pero no siempre los vemos como al perrito viral o a ese meme que se comparte una y otra y otra vez. En este impredecible laboratorio que es el mundo de hoy, se impone una tarea pendiente e indelegable para los medios que todavía confiamos en tener algo para decir: ir a buscar esos relatos que no entran en un posteo ni se agotan en un like veloz y de compromiso. Las historias cotidianas tienen mucho para decirnos. Para enseñarnos. En ellas están los justos que, aun ignorándose, están salvando el mundo. El de todos.

+ El autor es secretario general de redacción de diario Los Andes. [email protected]

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