La desinflación, que constituye el principal activo del programa económico, sumó en agosto un capítulo alentador. El índice de precios al consumidor avanzó un 1,7% en el mes, lo que representó una desaceleración de cuatro décimas respecto de julio y el registro más bajo en más de un año. En la comparación interanual, la variación se moderó hasta el 33,5%, mientras que el acumulado de los primeros ocho meses del año se ubicó en el 21,3%. Son números que confirman que el sendero descendente de los precios continúa su curso, un logro que la gestión exhibe como su carta más fuerte.
El análisis de la composición del dato revela una novedad especialmente significativa. La inflación de los servicios, que suele ser la más persistente por su fuerte componente inercial, se ubicó en el 2% y desaceleró con fuerza respecto de julio, con una baja de más de un punto porcentual que la llevó a su menor valor de toda la gestión. Ese comportamiento es relevante porque los servicios, que incluyen rubros como los alquileres, la educación y la salud, reaccionan poco al tipo de cambio y responden más a la dinámica de los salarios y las expectativas, de modo que su moderación sugiere que la desinflación empieza a penetrar en los componentes más difíciles de domar.
El desagregado por rubros mostró los movimientos habituales de la coyuntura. La división de vivienda, agua, electricidad y gas encabezó los aumentos del mes con un 2,8%, seguida por educación, con un 2,5%, ambos reflejo de la recomposición de las tarifas de los servicios públicos y del componente regulado de la economía. En el extremo opuesto, prendas de vestir y calzado retrocedió un 0,6%, en un movimiento de carácter estacional, mientras que recreación y cultura no registró variación alguna. El índice de precios núcleo, que excluye los componentes estacionales y regulados y constituye la mejor medida de la tendencia de fondo, se mantuvo en el 1,8%, el mismo valor que en julio.
No obstante, el panorama de la desinflación convive con una preocupación persistente en materia social. Las canastas que miden la indigencia y la pobreza aumentaron un 2,6% en agosto, por encima del índice general de precios, y acumulan en el año subas del 23,2% y del 22,7% respectivamente, ambas superiores a la inflación general del 21,3%. En valores absolutos, la canasta básica total, que marca el umbral por debajo del cual un hogar se considera pobre, alcanzó los 519.578 pesos para un adulto equivalente. El dato recuerda que el costo de los bienes esenciales sigue corriendo por delante del promedio, lo que golpea con particular dureza a los hogares de menores ingresos.
El frente del crédito, que venía siendo una de las apuestas para dinamizar la actividad, encendió una señal de alerta. Los préstamos en pesos al sector privado cayeron un 1% real en agosto, en la medición sin estacionalidad, con lo que se interrumpió una racha de cuatro meses consecutivos de crecimiento. El retroceso más pronunciado se dio en los consumos con tarjeta de crédito, que cayeron un 3,3%, seguidos por los documentos y los préstamos prendarios. En sentido contrario, los créditos hipotecarios se destacaron con un avance del 2,8%, y los adelantos a empresas crecieron un 1,8%. El enfriamiento del crédito es coherente con una demanda interna que no termina de despegar y con el efecto de las tasas de interés sobre el financiamiento.
Las proyecciones del mercado, relevadas entre analistas, incorporaron ajustes que reflejan el estado de situación. La expectativa de inflación se mantuvo en el 30% anual para 2026, sin cambios respecto del sondeo previo, y se ubicó en el 20,5% para 2027. En materia de actividad, en cambio, hubo una revisión a la baja, con el crecimiento esperado para este año recortado del 2,7% al 2,1%, y con una contracción prevista para el segundo trimestre. El tipo de cambio proyectado se ubicó en 1.530 pesos para septiembre y 1.630 para diciembre, lo que implica una variación acotada en lo que resta del año.
El contexto internacional, por su parte, volvió a tensarse y merece atención por su incidencia sobre la economía local. La inflación de los Estados Unidos se ubicó en el 0,4% mensual y el 3,4% interanual en agosto, en línea con lo esperado, aunque su componente núcleo, del 2,4%, superó levemente las previsiones. La energía fue la categoría de mayor aumento, y habrá que ver cómo impacta la nueva escalada del petróleo, con el barril de Brent nuevamente en torno a los 100 dólares, en la reunión que la Reserva Federal celebrará esta semana. De hecho, las probabilidades de que el organismo suba su tasa de interés saltaron del 60% al 80%, un giro que endurecería las condiciones financieras globales.
Las reservas del Banco Central, en tanto, cerraron la semana en 50.469 millones de dólares, con una leve caída de 291 millones respecto de la semana anterior. Se trató de una variación menor, que no altera la posición sólida en la que se ubican las reservas en la comparación reciente, sostenidas por el desempeño del comercio exterior y por el respaldo del financiamiento externo.
El balance de la semana deja un cuadro de luces y sombras que resume el momento económico. La desaceleración de la inflación, y en particular la de los servicios, constituye una noticia genuinamente positiva que refuerza el principal logro de la gestión. Pero ese avance convive con un crédito que se enfrió, una demanda interna que no reacciona, unas canastas básicas que siguen corriendo por delante del índice general y un contexto internacional que se volvió menos amigable ante la perspectiva de tasas más altas en el mundo desarrollado. La economía argentina avanza en su frente más celebrado, el de los precios, mientras aguarda que esa mejora se traduzca, finalmente, en una recuperación de la actividad y de los ingresos que todavía no llega.