Estamos en un clima de época parecido al del período de entreguerras del siglo XX. El aserto no es nada original. Desde que en 2019 el italiano Siegmund Ginzberg publicara "Síndrome 1933", haciendo ver las inquietantes similitudes entre el ascenso del nazismo y las crisis democráticas de hoy en día, el diagnóstico no ha dejado de ser corroborado por otros intelectuales de peso: existe un cierto paralelismo entre las falencias de las democracias contemporáneas y aquellas fracturas de la República de Weimar que impulsaron al nacionalsocialismo. Con todo, en esos años de inconsciente dramatismo, en el que el prestigio del nazismo iría ganando terreno hasta llegar a hacerse con un poder inconmensurable, también hubo personalidades de genio que, si en buena medida nos hemos olvidado de ellas, ha sido por la oleada de barbarie que alcanzó a cubrirlas casi hasta ahogarlas.
Nadie dudaría instintivamente del talento literario de Thomas Mann, pero dejarse conducir por él a "La montaña", es asunto ciertamente delicado, aunque la misma sea "mágica". Y qué decir del jurista Carl Schmitt, todavía considerado hoy en muchos casos simpatizante del hitlerismo, cuando en realidad no fue sino el último filósofo político en sentido clásico. Lo curioso del caso es que si cambiáramos de aire y emigráramos a Estados Unidos, no parece que las cosas fueran a mejorar mucho. Pues ante la insinuación del nombre de Walter Lippmann, es posible que no muchos sepan siquiera que ese periodista y filósofo existió; y tanto menos que en torno a su figura y pensamiento se organizó en 1938 el evento fundacional del liberalismo del siglo XX -el ‘Coloquio Lippmann’-, o que fue él quien llegara a acuñar el término ‘guerra fría’, por haber publicado en 1947 un libro con ese título.
Es una cosa verdaderamente dramática de la psicología humana que tengan que llamarnos más la atención los hechos de gente extravagante en la prensa rosa o amarilla antes que el heroísmo silencioso de la gente común y corriente. Es algo trágico que la gente se acuerde más de Hitler que de Mann o Schmitt. Razonando sobre esta clase de asuntos, el mismo Lippmann descubriría la actualidad de Platón para rectificar nuestro declive a la superficialidad mental.
En la última etapa de su vida, cuando ya no escribe aquel tipo de libros que lo llevaran a la fama (el último de ellos, Essays in the Public Philosophy, aparecido en 1955), continúa sin embargo transmitiendo sus cavilaciones a través de columnas y algún que otro discurso. En uno de estos, pronunciado en Londres ante la Asamblea del Instituto Internacional de Prensa en 1965, realizaría un categórico llamado a la conciencia de los periodistas en su compromiso por buscar la verdad–“compromiso que es independiente y superior a todos sus otros compromisos”, tales como el de publicar periódicos que se vendan o el de apoyar medidas de gobierno. Su apelación a la conciencia no era azarosa, en la medida que advertía que “el drama propio del periodista moderno son los conflictos interminables entre su deber de buscar la verdad y su deseo humano de tener éxito en el mundo”.
Señalaba al respecto tres aspectos de ese drama. El primero, el que atañe al “periodismo responsable”, es decir, el hecho de sacrificar la noticia que atrae con facilidad y rapidez el interés del público, y optar en cambio por “proporcionar al público aquello que a la larga necesita conocer, incluso a costa de cierta pérdida comercial”. El segundo, el que se plantea a los periodistas “entre la búsqueda de la verdad y su necesidad y deseo de estar en buenos términos con los poderosos”; entre otras razones -aclara Lippmann-, porque los poderosos no sólo constituyen la principal fuente de información, sino que “además son ellos los que dispensan distintas clases de favores, privilegios, honores y consideraciones”. De manera que, a su juicio, “sólo una clara y permanente toma de conciencia de tales tentaciones podrá servirnos de protección”. El tercer y último aspecto de ese foco de tensión, lo veía Lippmann entre el “deber del periodista de comunicar y explicar la verdad tal como él la ve, y su deseo natural y humano de expresar «mi país, ante todo, con o sin razón»”. Añadía a esto una pregunta que se me figura de gran actualidad: "¿seguro que todavía ando buscando la verdad y no tan sólo pretendiendo ganar una contienda?” Estamos en el final del discurso, en el que ‘el decano del periodismo’ (así lo llamaban sus colegas) concluía con la misma claridad con la que había expuesto las dificultades inherentes al oficio de un periodismo soberano: “cuando la prensa libre se desarrolla, la cuestión clave es si, al igual que el científico o el experto, el periodista sitúa la verdad en primera o en segunda posición”. En otras palabras, si prefiere la “pérfida deidad del éxito” y la vanidad por haber triunfado en una disputa, o bien, por el contrario, ennoblecerse con “la compañía de quienes saben saborear y disfrutar en la vida de las mejores realidades”.
En tiempos donde la sinrazón, la petulante ignorancia, la locura, la estupidez y la ira parecen detentar un inusual prestigio social, gozando de carta libre para competirle al trabajo esforzado, humilde, sereno y escondido de buscar la verdad, resulta oportuno rememorar aquí que, cuando todo parecía indicar que Walter Lippmann acabaría sus días escéptico y políticamente realista, reclinándose en una posición conservadora, según la cual la mejor manera de salvaguardar la libertad sería la de imponer el orden por un ejecutivo fuerte en comunicación directa con la opinión pública, vemos que él mismo se ha ocupado de avisarnos que no, que sus convicciones liberales seguían intactas; que su optimismo respecto de que el pluralismo democrático y el consiguiente papel protagónico del poder legislativo sea una realidad, seguía vivo; y, especialmente, que seguía confiando en que sus colegas periodistas podían ser tan filósofos como deseaba Platón de los poderosos.
* El autor es investigador del INCIHUSA/CONICET.