El ajuste infinito

Los procesos económicos exitosos de ajuste en la Argentina se caracterizan por tener al frente un presidente que los conduce políticamente y un ministro que con un bisturí opera sobre la enfermedad con la experticia de un profesional en economía, quien al poco tiempo es complementado o reemplazado por otro ministro experto en crecimiento que aprovecha los efectos positivos del doloroso ajuste para iniciar un proyecto de desarrollo. El plan de ajuste de Milei no cuenta con ninguno de esos dos ministros, porque el presidente ha decidido ser su propio ministro del ajuste sin ser un especialista en ello, aunque presuma de serlo. Si Milei no es capaz de cambiar ese esquema de conducción política y económica, se convertirá en el presidente del ajuste infinito.

El ajuste "liberal" durante la crisis mundial de los años 30

El general Agustín P. Justo, un ex radical antipersonalista contrario a Yrigoyen devenido en conservador liberal asumió la presidencia de la Argentina en 1932, en plena crisis mundial, la cual derrumbó todo el comercio internacional y en nuestro país clausuró la interdependencia con Inglaterra. La economía nacional estallaba por todos lados luego del breve pero pésimo gobierno golpista del general Félix Uriburu y del previo descontrol del último gobierno de Yrigoyen. Entonces Justo nombró como ministro de Economía, a Alberto Hueyo quien redujo los sueldos de toda la administración pública en una drástica política de achicamiento para adaptarse a la recesión local y mundial. Aplicó un estricto plan de ajuste ortodoxo para enfrentar los estragos de la Gran Depresión. Su gran meta fue la de acabar con el colosal déficit fiscal heredado. No dudó en ejecutar una dramática reducción del gasto público y limitó severamente la circulación monetaria para equilibrar las cuentas del Estado. También lanzó un "empréstito patriótico" para frenar la emisión monetaria que estaba fuera de todo control.

Fue un ajuste duro y brutal con todas las letras. Claro que, al mismo tiempo que achicaba el Estado sin contemplaciones, Justo y Hueyo crearon a fines de 1932 la Dirección Nacional de Vialidad para construir todas las redes troncales de caminos que el país requería para su futuro desarrollo, aplicando para ello un impuesto a los combustibles. Y al año y medio de gestión, Justo cambió profundamente toda su política económica reemplazando a Hueyo por un liberal clásico, pero no dogmático como Federico Pinedo, quien ejecutó un programa de reformas monetarias, tributarias y bancarias para salir de la crisis y expandir la economía evitando la inflación y la cesación de pagos en que cayeron el resto de los países de la región.

En pocas palabras, con Justo, Hueyo y Pinedo la Argentina salió de la peor crisis mundial del siglo con un gran ajuste fiscal, pero gestando a la vez uno de los programas públicos de crecimiento y desarrollo más importantes del siglo XX (aun cuando, con razón, su gobierno fuera acusado, en lo político, de fraude electoral sistemático).

¿Consecuencias de esta política económica? Justo logró estabilizar las cuentas públicas y registró superávit fiscal durante toda su gestión (6 años), dejando atrás el grave déficit heredado de la administración anterior. Casi de inmediato su plan económico mejoró drásticamente la economía popular (o sea, la macro bajó sus beneficios a la micro en muy poco tiempo) e inició un ciclo de crecimiento en pocos meses que duró 14 años, hasta 1948. Por lo que hasta el primer gobierno peronista aprovechó ese empuje económico gestado por un gobierno conservador liberal. (Para ampliar este momento de nuestra historia, aconsejamos la lectura de la excelente nota de Roberto Azaretto publicada en Los Andes este viernes, llamada "Hueyo y Pinedo, ajuste y reactivación en los años 30").

El ajuste "peronista "luego de que estalló la convertibilidad

A inicios de 2002, cuando Eduardo Duhalde asumió la presidencia de la Nación habiendo ya estallado de hecho la convertibilidad, el peronista conservador produjo un ajuste tan o más brutal que el de los tiempos del liberal conservador Justo. Para hacerlo efectivo convocó como su ministro de Economía a Jorge Remes Lenicov que achicó todo lo que pudo el gasto público. Pero apenas cuatro meses después, reemplazó a Remes Lenicov por Roberto Lavagna quien, sin dejar de lado el ajuste, le agregó un plan de desarrollo que condujo él mismo hasta el año 2005, en la presidencia de Néstor Kirchner. Su plan mantuvo un dólar alto para desalentar importaciones, proteger la industria nacional y acumular reservas internacionales. Logró de inmediato superávit tanto fiscal como comercial (los famosos "superávits gemelos") priorizando el desendeudamiento sin depender del financiamiento de organismos internacionales. Reactivó el mercado interno acompañando la recuperación económica con una fuerte orientación a la promoción de las exportaciones agrícolas y el consumo. Y, sin ser liberal, pero con lógica más desarrollista que estatista, promovió planes de desarrollo indicativo y de estímulos a actividades productivas puntuales.

¿Consecuencias de esta política económica? La inflación bajó a un dígito anual apenas transcurrido el primer año de Duhalde y así se mantuvo durante toda la gestión de Néstor Kirchner, del mismo modo que los superávits gemelos.

La economía popular luego de la caída de la convertibilidad está genialmente descripta en la película de Juan José Campanella, "Luna de Avellaneda", donde se cuentan varias historias de gente de clase media que cayó de un día para el otro en la pobreza, volviendo incluso al trueque para sobrevivir. Pero lo cierto es que ese período dramático, en poco más de un año comenzó a desaparecer ( ya cuando al año y 5 meses de gestión, Duhalde le entregó la presidencia a Kirchner, la macro había conseguido bajar a la micro con una rapidez que nadie preveía en aquellos tiempos de malaria total). Y, repetimos, con superávit e inflación de un dígito, que duraron hasta 2008 cuando asumió la presidencia Cristina Kirchner donde volvería el déficit y la inflación crecientes al ritmo de una economía cada vez más estatista que culminaría de modo atroz cuando ella nombró ministro de Economía a Axel Kicillof.

No obstante, ese innecesario y pésimo final lo inició la locura ideológica de Néstor Kirchner que, a mitad de su mandato, en 2005, decidió enemistarse con Duhalde, echar a Lavagna y decirle al entonces presidente norteamericano George Bush hijo, mientras le acariciaba la rodilla: "Flaco, te abandono a vós, al imperio yanqui y a la globalización neoliberal, porque me voy a hacer la revolución socialista del siglo XXI con Hugo Chávez". Desaprovechando así una oportunidad histórica única y excepcional por el incremento sideral del valor de nuestras exportaciones que no se daba desde la época de oro de principios del siglo XX. Pero esa es otra historia....

El ajuste "anarcolibertario" luego de la bomba que dejó el kirchnerismo

¿Qué tienen en común estos dos momentos económicos argentinas entre sí, y pueden compararse de algún modo con el presente del país? Las tres épocas tienen más diferencias que similitudes, como ocurre con casi todos los procesos históricos cuando se les aplica la analogía. Pero entre las tres también hay algunas cosas comparables que son de extraordinario significado.

En los tres casos se logró casi de inmediato el superávit fiscal y se lo mantuvo en el tiempo. Ahora bien, Justo y Duhalde (ninguno de los dos con la legitimidad política de Milei, porque uno fue producto del fraude electoral y al otro no lo eligió el pueblo, sino la Asamblea Legislativa) dirigieron políticamente el país, pero encargaron a especialistas la política económica.

Justo le ordenó a Hueyo que aplicara un brutal ajuste fiscal que éste efectuó al pie de la letra, pero a los 18 meses lo reemplazó por Pinedo que, sin dejar de lado lo residual del ajuste, lo compensó con un fenomenal plan de desarrollo que reactivó al mismo tiempo la macro y la microeconomía y cuyos efectos benéficos duraron 15 años.

Duhalde le impuso a Remes Lenicov la desagradable tarea de terminar de estallar la ya estallada (con el corralito de De la Rúa-Cavallo) convertibilidad y limpiar los escombros achicando todo el gasto que se pudiera aplicando la más cruda ortodoxia económica. Pero ya a los cuatro meses lo reemplazó por Lavagna que impulsó, sin dejar de lado del todo el ajuste, un plan de desarrollo integral cuyos efectos benéficos heredó Kirchner y que recién con Cristina volaron por los aires.

En otras palabras, Justo convocó a un especialista como Hueyo que hizo el ajuste con la profesionalidad de un cirujano, aunque debiera aplicar cirugía sin anestesia, porque carecía de ésta última, pero apenas pudo inició un plan de desarrollo integral convocando para eso a Pinedo, un especialista en reactivación económica. Duhalde convocó a un especialista como Remes Lenicov, que hizo el ajuste con la profesionalidad de un cirujano, aunque debió aplicar cirugía sin anestesia, porque también carecía de esta última, pero en pocos mes inició un plan para volver a crecer con Lavagna que era un especialista en desarrollo económico.

En cambio, con Javier Milei, aunque puede haber muchas similitudes con los ajustes, los roles fueron totalmente diferentes. El presidente libertario puso de ministro de Economía a un especialista en finanzas, Luis Caputo, que hizo una elogiable tarea en lo que sabe, o sea negociar con el FMI, pero del ajuste se encargó y encarga directamente el presidente quien al creerse un especialista en economía, decidió cumplir ambos roles, aunque delegando (según sus propias e insólitas declaraciones, que jamás pronunció ni practicó ningún otro presidente, excepto quizá algún mal ejemplo que mejor no recordar) las cuestiones centrales de la gestión de conducción política en su hermana, a la cual él considera un alter ego, o aún más, la continuación total de sí mismo, la identificación de ambas personas en una. Pero se trata de una caracterización que en la Argentina se la cree solamente él y nadie más, excepto quizá Karina, aunque ella parece estar haciendo lo que hace más por proteger a su hermano (ella sabrá en su fuero íntimo de qué debe protegerlo) que por real vocación política.

Estamos por cumplir, además, 30 meses de gobierno y la única política económica que hemos visto es el ajuste permanente y nada indica que Milei quiera ir minimizando o agregarle un plan de desarrollo. Lo único que podría acercarse a ese plan es la tarea desreguladora del ministro Federico Sturzenegger, pero éste viene demostrando cada vez más que es un excelente teórico, un gran profesor de Harvard, pero los efectos prácticos de sus medidas (la mayoría muy interesantes) carecen de implementación y de implementadores prácticos, con lo cual la lógica corporativa, todavía predominante en la Argentina, las neutraliza de inmediato.

En otras palabras, a diferencia de los dos casos anteriores, y sin mayor ánimo de comparar enteramente situaciones económicas tan diferentes, con Justo y Duhalde los dos presidentes fueron presidentes a pleno (condujeron políticamente a la nación en todos sus aspectos ya que el poder ejecutivo es unipersonal), ambos tuvieron por un corto tiempo a un ajustador que actuando como cirujano económico utilizó de principal herramienta a un bisturí, y los dos en un lapso brevísimo reemplazaron al ajustador por un especialista en desarrollo que priorizó la construcción de lo nuevo por sobre la destrucción de lo viejo y logró muy rápidamente que los beneficios del ajuste macroeconómico pudieran mejorar la micro, o sea la economía de la gente de un modo muy importante y permanente.

Milei en cambio, nunca utilizó la lógica del cirujano ni la del bisturí según sus propias declaraciones, sino la de la motosierra, arrasando con todo lo que encontrara a su paso. Fue él mismo su propio ministro de economía, cuando no es un especialista ni tiene experiencia en economía práctica, sino apenas un teórico que, por si fuera poco, rinde pleitesía a una secta económica como la anarcolibertaria, que es una desviación fundamentalista dentro de la muy respetable escuela austríaca, que se dedica más que a la economía real a predicar un evangelio pseudo místico de verdades reveladas, o sea una especie de chanta-religiosidad plena de dogmas que cree que sólo son éticos y decentes los libertarios y el resto son algo parecido al demonio. Por la adhesión a ese ideologismo oscurantista, Milei incluye en el infierno no solo ni principalmente a los economistas estatistas, sino a los que llama "econochantas", o sea al resto de los economistas liberales profesionales en serio, a los que en vez de convocar para que le ayuden a profundizar sus limitados (o cuando menos abstractos y sectarios) conocimientos de la economía real, los insulta tanto o más que a sus odiados periodistas.

Al ser, entonces, Javier Milei su propio ministro de economía y tener el área ocupada con un financista, se ha transformado en el presidente del ajuste infinito, ha delegado áreas esenciales de su función presidencial en gente incompetente para la conducción política, y carece, al menos no se vislumbra en el horizonte, de un especialista en desarrollo que puede iniciar la etapa de construcción de un nuevo país, dejando de fundamentar todas las decisiones en la eliminación del viejo país, al cual, por otro lado, le sigue echando la culpa de todos sus propios errores políticos y económicos, con lo cual, pareciera que ha tenido poco éxito en acabar con ese viejo país, si los representantes del pasado siguen siendo tan poderosos como para entorpecerlo tanto.

A treinta meses de gestión, la inflación sigue lejísimo de llegar al dígito anual, no se vislumbra absolutamente ningún plan de desarrollo económico y los beneficios de la macro (que evidentemente los hay y no son pocos) no bajan a la micro, no sólo porque Milei carece de los especialistas para hacerlo, sino porque su ideología económica fundamentalista cree que en esa tarea el Estado no tiene nada que ver ya que, con tiempo, el Dios Mercado lo hará por sí mismo. Cosa en que ningún liberal clásico y serie cree ni creyó nunca.

Además, depositar todas las esperanzas en el boom exportador de los recursos energéticos y mineros o incluso del mismo campo, por más extraordinarios que sean, nunca serán suficientes (como Kirchner lo demostró con creces) si no se los conduce con la política económica adecuada. Creer que a los argentinos siempre nos termina salvando "una buena cosecha" es un mito falso y contraproducente. Es delegar en la naturaleza lo que le corresponde a la acción política. Lo cual, debemos reconocerlo, hicimos muchas veces.... y así nos va.

Por otro lado, hay ajustes y ajustes. Una cosa es adelgazar bajando de peso, o sea eliminado los kilos que uno tiene de sobra, que cortándose una pierna para reducir el peso del cuerpo. Ya que adelgazar con dieta o ejercicio genera un cuerpo más sano y estilizado, mientras que hacerlo cortando una extremidad o sin comer por una semana, lo único que logra es deformar el cuerpo. Y Milei parece no tener claro esa distinción, porque eliminar casi por completo la obra pública nacional no puede computarse como ajuste porque lo único que logra es el deterioro creciente de las rutas del país (esas cuya construcción inició el general Justo en la década del 30). Y desfinanciando la educación superior y la ciencia nacional no logrará jamás mejorar todo lo imperfecto de nuestro sistema de conocimiento (que lo hay y bastante) sino solamente hacer que los profesionales y científicos más capacitados emigren del sistema público al privado o al exterior. Esos achicamientos no son parte de un ajuste racional, sino efectos de una motosierra indiscriminada e irracional. La parte del superávit que se fundamente en ese tipo de reducciones carece de todo sentido de mejora estructural. Está claro que es una forma facilonga de llegar al superávit, pero contribuye a enfermar más el cuerpo social, no a mejorarlo.

Reducir el Estado a un tamaño razonable y mucho más chico que el que heredó Milei es tan positivo como ir eliminando -en etapas y no a lo bestia- los subsidios indiscriminados que Cristina Kirchner consideraba -irresponsable y demagógicamente- como un adicional salarial que su gobierno ofrecía a los trabajadores. Y en estas cuestiones el gobierno tiene logros importantes que mostrar.

Pero en lo que hace a obra pública y educación su ajuste viene siendo un desastre total. Y lo peor es que no solo lo hace para fortalecer el superávit, sino principalmente por ideología. Porque tiene enormes prejuicios contra la educación pública, en especial la superior y porque cree que el Estado no debe hacer obra pública (esa misma obra pública que un liberal mucho más auténtico que Milei como el Federico Pinedo de los años 30, utilizara como elemento central de reactivación económica).

Si a 30 meses de gestión el ajuste sigue siendo tan brutal como al inicio, es que algo no está andando bien en la política económica libertaria. Solo en este mayo de 2026, para sostener el superávit fiscal, se ajustaron del presupuesto aprobado 3 billones de pesos incluyendo recortes en subsidios a la energía, partidas para infraestructura deportiva, programas sociales, y una quita directa de más de $ 63.000 millones en salud pública. Más otros 200 mil millones de pesos más si se aprueba la ley de quita de subsidio de gas a las zonas frías.

Si a dos años y medio se necesita seguir con los ajustes para equilibrar las cuentas públicas y sostener la meta de superávit fiscal frente a una caída continua en la recaudación tributaria, es que el superávit de Milei sigue siendo aún muy endeble. Por lo menos, inmensamente más endeble de lo que lo fueron en los dos casos anteriormente citados. El superávit solo al principio puede basarse en el ajuste, pero para tornarse estructural, debe basarse en el crecimiento.

En síntesis, el ajuste estructural, como lo demuestran las experiencias citadas y muchas más en la Argentina y el mundo, a veces -frente a crisis terminales- es necesario y hasta imprescindible, aunque nunca sea simpático. Pero el ajuste siempre es una medida transitoria, y cuando más corta en el tiempo mejor. Hoy, en cambio, en la Argentina de Milei, el ajuste parece ser la única política económica existente y tendiendo al infinito. Un ajuste, además, practicado con motosierra, no con bisturí, y por lo tanto en muchas ocasiones absolutamente contraproducente porque a la larga, el ajustar indiscriminadamente ocasionará que la reconstrucción del país nos costará muchos más recursos de los que se lograron achicar.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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