Ayer me crucé con un video. Un tipo de no sé dónde, con acento de otro continente, mirando a cámara con los ojos vidriosos, decía más o menos esto: si la vida te está ganando 2 a 0, acordate de Messi y de la selección argentina. Eso. Nada más.
De las cavernas del paleolítico al Mercedes-Benz Stadium de Atlanta: por qué la historia de Messi y de esta selección emociona a gente que jamás pisó Rosario. Una teoría sobre el monomito, las mamushkas y la última cruzada del 10.
Ayer me crucé con un video. Un tipo de no sé dónde, con acento de otro continente, mirando a cámara con los ojos vidriosos, decía más o menos esto: si la vida te está ganando 2 a 0, acordate de Messi y de la selección argentina. Eso. Nada más.
El tipo no nació acá. Probablemente no sepa dónde queda Rosario ni qué es un potrero. Y sin embargo ahí estaba, del otro lado del mundo, usando a un futbolista argentino de 39 años como argumento para seguir viviendo. No es el único. Hace días que las redes son un desfile de mujeres, chicos, hombres grandes, en idiomas que no entiendo, publicando lo que les hizo sentir el partido contra Egipto. Lloran, se abrazan, le hablan a la cámara como si le hablaran a un amigo.
La pregunta es por qué. Y la respuesta, creo, tiene unos cuarenta mil años.
En 1949, un profesor de mitología llamado Joseph Campbell publicó un libro que cambió para siempre la manera de contar historias: "El héroe de las mil caras". Campbell se había pasado la vida leyendo mitos de todas las culturas, de Grecia a la Polinesia, de Egipto a los pueblos originarios de América, y descubrió algo inquietante: era siempre la misma historia. Un héroe que vive en su mundo ordinario, que recibe un llamado a la aventura, que duda, que cruza un umbral hacia lo desconocido, que encuentra un mentor y aliados, que es puesto a prueba, que desciende a su caverna más profunda, que muere de alguna manera, que resucita transformado y que vuelve a casa con un elixir para los suyos. Campbell lo llamó el monomito. George Lucas leyó ese libro y escribió La guerra de las galaxias. Después un ejecutivo de Disney llamado Christopher Vogler lo convirtió en un memo interno de siete páginas y Hollywood entero lo transformó en manual.
Yo me dedico a tratar de contar historias y ayudar a que las historias se cuenten. Pero acá va mi tesis, y es el corazón de esta nota: el camino del héroe no funciona porque Hollywood lo impuso. Hollywood lo usa porque ya estaba en nosotros. Está en el ADN.
Pensémoslo así. Hace decenas de miles de años, alrededor del fuego, el cazador que volvía vivo contaba cómo. Dónde estaba la bestia, en qué momento dudó, qué error casi lo mata, cómo se salvó. Los que escuchaban con atención aprendían a sobrevivir sin arriesgar la vida. La historia fue nuestro primer simulador: vivís el peligro sin el peligro. Y la emoción, ese nudo en la garganta, ese corazón acelerado, no es un adorno del relato: es el subrayado de la memoria. Lo que te emociona no te lo olvidás más. Los que se emocionaban escuchando sobrevivían más, y tuvieron hijos que heredaron esa capacidad de conmoverse con un relato. Nosotros somos esos hijos.
Platón lo intuyó con su caverna: prisioneros mirando sombras proyectadas en una pared, tomándolas por la realidad. Siempre pensé que esa caverna es la primera sala de cine de la historia. Llevamos milenios sentados frente a una pared iluminada, aprendiendo a vivir mirando sombras. Lo único que cambió fue el proyector.
Y acá aparece Messi.
Porque la historia de Messi no es un camino del héroe. Son muchos, metidos uno adentro del otro como mamushkas rusas. Está la mamushka grande, que es su vida. Adentro, la del medio: su historia con la selección. Y adentro de esa, la más chica: cada partido. Si nos ponemos finos, cada jugada.
La grande es conocida pero conviene mirarla con la mirada de Campbell. Un pibe de Rosario, el más chico del potrero, con un cuerpo que se negaba a crecer. La herida del héroe llegó temprano y en forma de diagnóstico: le faltaba la hormona del crecimiento, y a los 11 años ya se aplicaba sólo las inyecciones en las piernas. El llamado a la aventura tuvo forma de prueba en Barcelona, y el pacto se firmó donde se firman las cosas serias de los mitos: en una servilleta de bar. Los mitos aman los objetos absurdos. Una espada clavada en una piedra, un anillo, una servilleta. Después, el cruce del umbral: un chico de 13 años cruzando el océano, dejando el barrio, los amigos, el club. Y una ausencia que lo persigue hasta hoy: la abuela Celia, la que lo llevaba a entrenar cuando nadie daba dos pesos por él, se murió antes de verlo llegar. Cada gol con los dedos apuntando al cielo es una carta que todavía le escribe.
La mamushka del medio es la más dramática, porque ahí el héroe fue rechazado por su propio pueblo. Su debut en la selección duró menos de dos minutos: entró y lo expulsaron. Ningún guionista se anima a tanto. Después vino una década de finales perdidas, 2014, 2015, 2016, y un país que lo silbaba, que lo trataba de pecho frío, que le pedía que se volviera a Barcelona. Nadie es profeta en su tierra: eso también está en el manual. Hasta que llegó la muerte del héroe, que en los mitos nunca es literal. Junio de 2016, después de errar un penal en una final: "Ya está, se terminó para mí la selección". Campbell le puso nombre a ese momento: el vientre de la ballena. Todo héroe tiene que morir un poco para volver siendo otro.
Guardo un detalle de esos días que en su momento pasó inadvertido y que hoy parece plantado por un guionista. Mientras el país entero le rogaba que volviera, un pibe de 15 años de las inferiores de River publicó en su muro de Facebook una carta abierta. Le decía que él no era el responsable de la bronca que a los demás les provocaba perder, que nadie se exigía a sí mismo ni el uno por ciento de lo que le exigían a él, que si se quedaba, que fuera para divertirse. Y la cerraba con tres palabras que resumen mejor que cualquier ensayo la relación de los argentinos con Messi: "gracias y perdón". La firmaba Enzo Fernández.
Volvió. Y el mito le mandó un mentor, pero no el que el país pedía. Nada de barba blanca ni vitrinas repletas: un ex lateral de Pujato, un pueblo santafesino de tres mil y pico de habitantes, al que medio país trató de improvisado. Lionel Scaloni hizo lo que ningún técnico consagrado había logrado en quince años: en vez de pedirle a Messi que salvara a once tipos, armó once tipos dispuestos a salvarlo a él. Escuderos. De Paul marcándole el territorio, el Dibu como guardián del último umbral, Otamendi, y una camada de pibes que en 2014 lloraron el Mundial mirándolo por la tele y hoy lo cuidan como se cuida un fuego. El Maracaná 2021 fue el primer elixir después de 28 años de sequía. Qatar 2022, la apoteosis. Y cuando la historia estaba perfecta, redonda, cerrada, el héroe hizo lo que hacen los héroes de verdad: volvió a salir. A los 39 años, sexto Mundial, la última cruzada. Ya no le debe nada a nadie. Por eso mismo emociona el doble.
Y adentro de esa mamushka hay otra: cada partido de esta selección es un monomito de 90 minutos. Qatar arrancó con una muerte, Arabia Saudita, que ordenó todo el relato. La final contra Francia fue un guion tan perfecto que si me lo trae un guionista se lo devuelvo por inverosímil: la comodidad del 2 a 0, el derrumbe en dos minutos, la falsa victoria en el alargue, el 3 a 3, el guardián tapando el destino con la pierna, los penales.
Y el martes pasado, Egipto, en Atlanta. Repasemos con los anteojos puestos. Al cuarto de hora, cabezazo de Ibrahim y 0-1. Enseguida el mito hizo lo que hace siempre con sus héroes: humillarlos antes de levantarlos. Penal para Argentina, lo patea Messi, lo ataja Shobeir. Después un tiro en el palo. Y al minuto 67, de contra, el 0-2. Piénsenlo un segundo: el último Mundial del mejor jugador de la historia muriéndose en octavos de final. Scaloni movió el banco, porque el mentor no juega pero mueve las piezas. Al 79, centro de Messi a la cabeza del Cuti Romero: 1-2. El héroe maduro ya no necesita el gol, sirve el gol. Al 83, un rebote en el área y el zurdazo del mismo hombre que había fallado el penal: 2-2, su octavo grito del torneo, goleador del Mundial a los 39 años. Y en el descuento, centro de Lautaro y cabezazo de Enzo Fernández. 3 a 2. Sí, ese Enzo Fernández. El pibe de la carta. El que a los 15 años le pidió por escrito que no se fuera, diez años después, casi al día, metiendo de cabeza el gol que impide que se vaya. En mi oficio a eso le decimos plantar y pagar: sembrás un dato en el primer acto y lo cobrás en el tercero. Acá no lo sembró nadie. Pasó solo. Messi terminó llorando en el medio de la cancha. Como miles que terminaron llorando. Incluído el mentor.
Una cosa más, que me la regaló el fixture y no la quiero dejar pasar: la resurrección fue contra Egipto. La civilización que inventó el mito de la muerte y la resurrección, la de Osiris, la que Campbell estudió obsesivamente. A veces la realidad escribe mejor que todos nosotros juntos.
Vuelvo a los videos, que es adonde quería llegar, y les propongo mirarlos con frialdad de analista y no con ternura de hincha. Lo que está pasando en las redes estas semanas no es fanatismo ni una campaña de marketing: es la función original del relato operando a escala planetaria y en tiempo real. Esa gente no consume contenido. Retransmite una historia y le agrega su anotación emocional, que es exactamente lo que hizo la tradición oral durante milenios alrededor del fuego. Nadie les pidió que lo hicieran, nadie les paga, y sin embargo millones de personas de culturas que no comparten idioma ni religión ni continente sienten la misma necesidad: contarle a su tribu lo que la historia les hizo sentir y qué lección sacaron de ella. Si mi tesis del monomito en el ADN necesitaba un experimento, ahí lo tienen. El comportamiento espontáneo y simultáneo de la audiencia global es el dato.
Y el caso de Enzo cierra el circuito de manera casi de laboratorio. Su carta de 2016 pertenece a la misma especie que los videos de hoy: un espectador conmovido que necesita devolverle algo al relato. Diez años después, ese espectador está adentro de la historia, cabeceando el gol que mantiene con vida al héroe al que le escribió. Hay un detalle más, que el propio Enzo confesó años después con una honestidad que lo pinta entero: buena parte de aquella carta no era suya. La había visto dando vueltas por internet, la guardó y la copió. Lejos de arruinar la anécdota, ese dato la vuelve perfecta para esta nota. Porque los mitos funcionaron siempre así: no tienen autor, tienen transmisores. Cada uno toma el relato donde lo encuentra, le pone el cuerpo y lo pasa. El camino del héroe no solo conmueve a sus audiencias: las recluta. Convierte oyentes en protagonistas y protagonistas en narradores. Por eso sobrevivió cuarenta mil años.
El sábado Argentina juega los cuartos de final contra Suiza en Kansas City y nadie sabe cómo sigue. Esa incertidumbre es lo único que separa esto del cine: la estructura, la caída, el mentor, los escuderos, la resurrección, todo lo demás está escrito desde hace milenios. Y el tipo del video con el que empecé esta nota no estaba haciendo fanatismo. Estaba haciendo lo que la especie hizo siempre con las historias de héroes: extraer la instrucción de supervivencia, que en este mito es vieja como el fuego (la caída no es el final del relato), y pasársela al que sigue. El monomito, funcionando en vivo, delante de nuestros ojos. Campbell no lo inventó. Apenas lo anotó.