Patricia Bullrich es una dirigente política de carácter, con gran capacidad de gestión.
Javier Milei sabe que, si desde hace dos meses sólo se habla de las trapisondas de un insignificante funcionario suyo y que eso le está tapando las facetas positivas de su gobierno, no es por culpa de nadie más que de sí mismo al defender lo indefendible. Por eso esta vez el enojo que demuestra no es por estrategia ni por personalidad, sino por impotencia y/o desesperación. Es un enojo del presidente con el presidente.
Patricia Bullrich es una dirigente política de carácter, con gran capacidad de gestión.
Fue la única que salió indemne y prestigiada en la presidencia de Fernando De la Rúa cuando se enfrentó con el camionero Hugo Moyano mientras que el resto del gobierno sucumbía ante el escándalo de la "banelco" (una ley de reforma laboral que el oficialismo pactó de modo "non sancto" con un sector del peronismo y el sindicalismo denunció). En la presidencia de Macri fue la única que se mantuvo firme en defensa de los uniformados a los que el kirchnerismo acusaba de hacer desaparecer a Santiago Maldonado, buscando parangonar al gobierno de Cambiemos con la dictadura. Hasta el mismo Macri llegó a dudar si algún gendarme podía haber cometido un exceso represivo. Pero al final la única que tenía razón fue Patricia. Tiempo después, con Milei, fue exitosa en sacar los piquetes de las calles.
Pero, así como es por demás efectiva en la gestión, políticamente lo es mucho menos: no solo por saltar durante décadas de un partido a otro casi sin solución de continuidad, sino porque llegó a tener la presidencia de la nación en sus manos en 2023 y se la dejó arrebatar por Javier Milei, al sumar torpezas y enfrentamientos inútiles en su pelea interna con Rodríguez Larreta.
Podría decirse que su frenética pasión política en la gestión le es por demás útil para acertar y lograr casi todo lo que se propone, pero en lo partidario tanto "exceso de carácter" la lleva exactamente por el lado contrario haciéndole cometer errores de significativas proporciones.
Sin embargo, por estos días actuó con gran inteligencia política y valentía, diciendo las mismas cosas que piensan todos los que junto a ella forman parte de la mesa chica del gobierno, pero que -acobardados hasta el patetismo frente al terror psicológico que los hermanos Milei ejercen para con sus subordinados- jamás se animarían a decir públicamente.
Primero afirmó en una entrevista televisiva lo obvio, hablándole públicamente al jefe de gabinete Manuel Adorni con singular contundencia: "Si tenés todo probado como dijiste, tu declaración tiene que ser inmediata. ¿Para qué vas a esperar hasta el 30 de julio si la podés presentar ahora? Una declaración jurada de bienes es algo que, cuando uno tiene la del año anterior, es bastante fácil hacerla. Ahora es el momento de la prueba y la prueba, cuanto antes, mejor, porque si no, el Gobierno se empantana".
Con esas explosivas palabras en boca de una de las principales espadas del gobierno (y, además, la que mejor mide en las encuestas) Javier Milei se arrebató de furia porque no podía desmentirla ni sostener que no tenía razón, entonces se vio forzado a decir que Adorni presentaría su declaración ya mismo, pero hasta ahora no presentó nada. Y cuando Bullrich quiso hablar cara a cara sobre el tema con el presidente en una reunión de gabinete, Milei le pegó un par de gritos para que se callara. Patricia, otra vez con aguda sutileza, le dijo a la prensa nada más y nada menos que: "el presidente tiene una emocionalidad importante".
Con esas dos declaraciones, Bullrich dijo toda la verdad acerca de lo que el gobierno hace dos meses viene intentando callar y/u ocultar infructuosamente: Primero, que el caso Adorni debió haber sido resuelto políticamente por Milei como máximo a la semana de iniciado. Segundo, que la decisión o la imposibilidad de resolverlo llevó al presidente a un estado de ánimo de irascibilidad frenética, absoluta y total, cuya furia desmedida parece esconder muchísima más impotencia que otra cosa. No es, como él mismo dice, que "ya cuando me votaron sabía que yo era un puteador". No, acá no se trata de puteadas premeditadas que tan útil le fueron para insultar a la "casta" y ser votado y aplaudido por mucha gente, sino de un hombre que no sabe cómo encarar una realidad a la que no le encuentra la vuelta y que entonces ha estallado perdiendo toda capacidad de autocontrol, acusando a troche y moche, sin ton ni son, a cualquiera que encuentra a su paso.
Por esa esta semana, en las entrevistas que brindó a sus periodistas militantes de las redes, sus insultos pasaron todo límite cayendo en un grado de vulgaridad, infamia, brutalidad y difamación pocas veces escuchado antes en ninguna otra persona pública y jamás de los jamases en un presidente de la nación. Si antes cuando insultaba parecía un hombre que en vez de hablar desde la razón de su cerebro hablaba desde la pasión de su corazón, ahora lo que se vio es un personaje deplorable que no hablaba, sino que vomitaba desde su estómago descompuesto.
¿Y por qué descompuesto? Porque Javier Milei sabe perfectamente que todo lo que le viene ocurriendo en estos dos meses donde la defensa a ultranza de un insignificante funcionario suyo le está tapando o impidiendo imponer en la agenda pública las facetas positivas de su gobierno, no es por culpa de nadie, ni de adentro ni de afuera de su gobierno, sino solamente de sí mismo. Existen, sin duda, muchos a los que no le agrada su presidencia y hasta es factible que a algunos les gustaría destituirlo (como a Macri, en su oportunidad, le ocurrió entre cien a mil veces en sus cuatro años, con enemigos políticos que, por otra parte, tenían entonces infinitamente más poder que el que tienen actualmente para la desestabilización política real), pero en las cosas que hoy lo tienen psicológicamente mal a Milei (no al borde, sino habiendo superado ampliamente uno o muchos más ataques de nervios) la culpa es responsabilidad exclusivamente suya. Nadie habla de Adorni porque a alguien le interese ese personajillo y sus correrías de poca monta, sino porque el presidente ha evitado de todos los modos inimaginables que se deje de hablar de él. Ya que cada táctica que adopta para intentar acallar el tema, lo único que logra es que se hable del mismo mucho más.
Lo que todos ignoramos son las razones de esta irracional decisión presidencial que tan nervioso lo tiene. Pero ese es su problema, no el de los demás. Aunque intentar exorcizarlo o borrarlo del mapa multiplicando al viento groserías y agresiones con todo y contra todos no le servirá ni siquiera para calmar su propio ánimo a estas alturas desbocado y descontrolado. Sólo le sería útil escuchar y hacer lo que muy educada y elípticamente le sugirió Patricia: controlar su "emocionalidad importante". Que, en otras palabras, le podría significar nada más ni nada menos que recuperar la paz interior que parece haber perdido dentro de su alma. Y sin la cual es muy difícil gobernar. Porque a diferencia de todas las ocasiones anteriores, donde a veces "puteaba" por estrategia política, y otras "puteaba" porque su carácter es "puteador", en esta ocasión está "puteando" por desesperación. Le está endilgando a todos los que considera sus enemigos lo que debiera endilgarle a su propio yo interior.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]