El presidente Javier Milei viene haciendo con su jefe de gabinete, Manuel Adorni, exactamente lo mismo que hizo Cristina Kirchner en 2012 durante su segunda presidencia, cuando su vicepresidente Amado Boudou fue acusado de delitos de cuantía y jerarquía similares a los que hoy se le endilgan a Adorni.
Cristina pensó que si cedía ante la presión judicial o mediática abría la puerta a más embates. Por eso optó por sostenerlo a Boudou pese a que el costo político era alto. Y que nadie, dentro de su núcleo duro de decisión, le aconsejaba hacer sobrevivir a tan perniciosa ancla que mantenía el gobierno a la defensiva.
Sin embargo, aunque en el corto plazo Cristina sostuvo a Boudou, el costo fue acumulativo: el caso dañó la imagen pública de un gobierno que un año atrás había ganado por el 54% de los votos, introdujo el tema de la corrupción en la agenda con fuerza y se convirtió en uno de los antecedentes de la posterior condena del vice. Pero lo esencial es que Cristina decidió confrontar antes que ceder. Y se terminó imponiendo.
Hoy estamos asistiendo a la misma lógica presidencial, aunque con algunos agregados, porque en esta ocasión el núcleo duro de Milei, además de pensar que tenía que echar ya mismo a Adorni como se hizo con Espert, también tiene cola de paja porque varios de sus miembros, en pleno combate interno, operaron para que el periodismo y la opinión pública se enteraran de las trapisondas del ascendido a jefe de gabinete.
Algo que, por otra parte, si Milei se escuchara menos a sí mismo y más a los que lo aconsejan bien, se hubiera enterado el mismo día en que nombró a Adorni como su nuevo jefe de gabinete, cuando almorzando con Mauricio Macri le avisó de su decisión. A lo cual Macri le respondió que estaba cometiendo un error que la traería dos gravísimas consecuencias: Primero, lo riesgosísimo que era nombrar para tan alto cargo a alguien sin entidad ni capacidad para ello, y segundo, que tal designación intensificaría en grado sumo las internas dentro de su propio gobierno, cuyas espadas más ambiciosas no aceptarían que les pongan por encima a un bueno para nada. Desde ese día, que fue en noviembre de 2025, Milei jamás volvió a hablar con Macri, pero lo cierto es que ambas profecías del ex presidente se cumplieron con exactitud matemática.
No obstante, lo que pasó pasó, y hoy Milei necesitaba dar un gesto de fuerza hacia adentro, obligando a su gabinete entero a presenciar y defender todas las puestas en escena de Adorni a fin de que supieran -y acataran- que acá los únicos dos que mandan, porque el poder les pertenece solo a ambos y a nadie más, son los hermanitos Milei. Y que nunca más se les ocurra, por sus miserables intereses internos, hacer lo que hicieron con Adorni para condicionarlo a él... o a su hermana, quien es lo mismo que él.
En otras palabras, Milei no podía reconocer el error de no haber escuchado los certeros consejos de Macri, ni tampoco cederles Adorni a sus odiados periodistas, pero mucho menos podía aceptar las operaciones de su propia casta contra el jefe de gabinete al que siempre subestimaron (en realidad no es que lo hayan subestimado, sino que lo estimaban en su justo valor, que es casi de cero) porque entonces se habría abierto una herida por la cual desde el propio seno de su gobierno se introducirían los principales cuestionamientos a su poder hasta ahora absoluto. Por eso se jugó el todo por el todo. No hizo nada de lo que le aconsejó Macri, pero hizo todo lo que hizo Cristina en su oportunidad.
A estas cuestiones se debe la presencia de Milei en Diputados cuando habló Adorni. A intentar recomponer su autoridad cuestionada tanto interna como externamente. Puso toda la carne en el asador jugando de pararrayos atrayendo todas las furias contra él, insultando a troche y moche a legisladores y periodistas por igual y con igual vulgaridad (algo que hoy ya es su sello de origen) mientras que a Adorni le armaban toda una puesta en escena dentro de la cual lo único que se necesitaba de él es que no se enojara y no mostrara los nervios que sin duda lo consumían por dentro (lo que lo llevó al estrepitoso fracaso de su anterior reunión con el periodismo). Pero esta vez Adorni se comportó bien y, por lo tanto, haya o no ganado el combate, lo cierto es que no lo perdió.
Desde el gobierno creen que con los insultos de Milei y la calma de Adorni se logró el principal objetivo que hoy tienen, que no es tanto comprobar la inocencia del sospechoso, sino la de que el caso vaya desapareciendo de los medios. Milei por ahora se conforma -como Cristina hacia Boudou- con que Adorni sobreviva en su cargo, políticamente muerto o vivo. Si lo puede hacer revivir como Jesús hizo con Lázaro, mejor, y si no, lo que le pase mañana a Adorni ya no será asunto suyo. Y lo que ocurrió en el Congreso, lo puede haber ayudado en tal objetivo.
Entre los Diputados, las principales críticas a Adorni fueron de los kirchneristas, que no resultan creíbles por la procedencia. Si bien desde el punto de vista de la "moralidad" que todos los días Milei atribuye a él y los suyos en contra del resto de la casta, es tan "inmoral" haberse robado un país entero como las trapisondas de un raterito que se compra dos propiedades y hace unos viajes lujosos al exterior sin haber tenido la menor posibilidad de hacerlos nunca antes de haber llegado al poder de acuerdo a su anterior modo de vida y a sus ingresos y bienes puestos en su declaración jurada.
Sin embargo, dejando por un rato de lado sus convicciones morales, lo que Milei tratará de ahora en más, es precisamente de demostrar que no es lo mismo una cosa que la otra. Que hay una moral para mileistas y otra para kirchneristas.
Es la estrategia que le aconsejan los carísimos abogados que le pusieron a Adorni (porque jamás de su propio peculio el jefe de gabinete podría contratar) quiénes le hicieron escribir a su defendido un tweet donde éste insinúa que, ante los robos multimillonarios del kirchnerismo, él lo único que hizo fue cambiar el espejito del baño de su nuevo departamento.
Lo que se busca es insinuar que todo el crecimiento patrimonial de Adorni es menos que nada comparado con los 70 millones de dólares que se le pagó al secretario privado de Néstor Kirchner, Daniel Muñoz, sólo por ser el intermediario que le entregaba a Néstor Kirchner las valijas de los empresarios coimeados. O con los miles de miles de miles de millones de dólares con que se quedaron el matrimonio Kirchner. O sus testaferros inmobiliarios como Lázaro Báez. O los chanta-financistas como los Eskenazi, que adquirieron sin plata y por decisión de Néstor, una parte de YPF que cuando la petrolera se estatizó le cedieron su parte por una bicoca a un fondo buitre a fin de que reclamara judicialmente por ella 16 mil millones de dólares en Estados Unidos, y en caso de ganar el juicio 70% sería para el fondo buitre y el 30% para las Eskenazi. Un mundo no solo de ladrones, sino de ladrones de ladrones.
"Y frente a todo eso a mí me critican por haber cambiado el espejo del baño de mi nuevo departamento", le hacen decir a Adorni.
Ingeniosa estrategia comunicacional para ir calmando de a poco a una opinión pública que en este último largo mes se indignó porque Adorni (quien en todas sus conferencias de prensa hablaba de defender la moral y la ética a ultranza estigmatizando con el infierno a todos los corruptos de la tierra) resultó ser un pícaro que, viniendo de la malaria privada, comenzó un proceso inmediato de enriquecimiento personal apenas arribó a la función pública.
Al fin y al cabo, argumentan los leguleyos, el módico sueño de Adorni, quien era un empobrecido (como hoy lo son todos los que antes formaban parte de la desaparecida "clase media media") solo consistió en tener una vivienda "digna" donde poder recibir a la gente “distinguida” con la que debía codearse en tanto jefe de gabinete, en vez de hacerlo en un departamento de medio pelo como el que tenía antes. Por eso se compró otro departamento con buen espejo en el baño y además una casita en un country por si las moscas.
Hasta ahora, la imagen que de Adorni se formó la opinión pública es la de un tipo que incrementó sustancialmente su nivel de vida apenas llegó al poder en relación a como vivía cuando estaba en el llano. Lo que desde aquí en más se pretende es desviar la opinión pública hacia otro razonamiento: que lo de él son tonterías, que la acusación no tiene "gollete", que son tres mangos. Que es tan poca plata de la que se está hablando que ni siquiera es suficiente para que entre en el radio del radar que detecta a la casta.
Por supuesto que para el 85% de los argentinos es impensable e imposible hoy pegar desde el esfuerzo propio el salto que logró Adorni desde que era, hace apenas un par de años, uno más de esa innumerable clase media venida a menos, hasta que tuvo la suerte de sacarse la lotería siendo protegido de los hermanos Milei. Sin embargo, para la "lógica casta" es tan pero tan insignificante lo que hizo que es lo mismo que si no hubiera hecho nada. Los únicos de la casta que amplifican su delito (con total hipocresía, por supuesto) son los kirchneristas, que defienden a gente que se robaba por minuto lo que a Adorni le costó un par de años conseguir. O sea, que la crítica de los kirchneristas a Adorni es funcional a este último. Amplifican la insignificancia de sus picardías.
Sintetizando, la estrategia para recuperar a Adorni se podría expresar de este modo: Si unos se robaron el país entero y el otro nada más no puede demostrar cómo compró el espejito del baño de su nueva casa, el delito de Adorni no existe, ni aunque no pueda probar cómo adquirió sus nuevas viviendas y su nuevo nivel de vida. Porque dentro de la casta, lo que para una persona común se logra, con suerte, a lo largo del trabajo de toda una vida, para sus miembros eso se logra apenas logrando entrar en ella. Tal es la diferencia actual entre casta y gente, diferencia que, al explicitarla, le hizo ganar la presidencia a Milei y que es cierta en general, pero, sin embargo, todo va demostrando que de las tentaciones de la casta tampoco los mileistas están exentos.
El autor es sociólogo y periodista. [email protected]