“El Momento Straussiano” se llama el libro en el que Peter Thiel usa un ejemplo demoledor para explicar lo que se propone. Sostiene que, así como el 11-S, cuando Al Qaeda lanzó aviones de pasajeros como misiles, mostró que “para salvar la democracia había que sacrificar la libertad”. El actual avance de la innovación tecnológica muestra que para salvar “la libertad” hay que sacrificar la democracia.
Para el discípulo más poderoso del filósofo francés René Girard, autor de la Teoría del Deseo Mimético, “la libertad y la democracia son incompatibles”.
Por eso puede ser una buena noticia para la economía argentina y para los admiradores de los megamillonarios el desembarco de Peter Thiel con sus empresas tecnológicas, algunas de las cuales avanzan aceleradamente en el manejo de la información privada de los habitantes del mundo. Pero es posible que no sea una buena noticia para la democracia argentina, que antes era debilitada por el populismo filo-chavista de Néstor y Cristina Kirchner, y ahora debilita el conservadurismo feroz y plutocrático que encarna Javier Milei.
Por segunda vez, el furibundo ultraconservador que llegó a la presidencia prometiendo dinamitar el Estado desde adentro, recibió al principal impulsor de lo que se ha dado en llamar “dark enligthment”: ilustración oscura.
Este magnate financió el ascenso al poder del vicepresidente J.D. Vance y amasó una fortuna inmensa con su empresa Palantir Technologies, proveyendo análisis masivo de datos y vigilancia predictiva al Pentágono, la CIA y el ICE, esa jauría de lobos feroces. con que Donald Trump lanzó su cacería humana contra los inmigrantes.
Palantir Tecnologies es el eslabón de Peter Thiel en el nuevo foco del poder antidemocrático. En los años 50 del siglo pasado, Dwaight Eisenhawer llamó “complejo industrial-militar” al espacio de poder anti-democrático detrás del trono que conformaban los militares inescrupulosos y los fabricantes de armas.
El correlato actual de aquel poder fáctico y necesariamente enemigo del Estado de Derecho, es el “complejo digital-militar”.
El más poderoso en ese reducto de poder inconmensurable es precisamente Peter Thiel, el empresario que maneja en gran medida el gobierno de Trump y al que Milei le está abriendo la puerta del poder real en la Argentina.
Mientras los ultraconservadores nativos aplauden las visitas del poderoso tecnoplutócrata a la Casa Rosada, un gran historiador económico, Pablo Gerchunoff, manifestó su preocupación al respecto, aclarando que su desconfianza se debe a que es “un hombre viejo” y, por eso, incurre “en antigüedades intolerables”, por ejemplo “estar a favor de la república democrática con división de poderes, que es lo que manda la Constitución” y lo contrario de lo que piensa el visitante ilustre que tiene Milei.
Es verdad. Peter Thiel, el creador y dueño de Palantir, ha sostenido en sus libros que “la libertad y la democracia son incompatibles”, que es necesario dejar todo el poder en manos de las elites innovadoras y “apartar a las mayorías de las decisiones de gobierno”.
Lo que describe en su ensayo “La educación de un libertario”, promueve un “libertarismo económico con darwinismo social”, sosteniendo que deben gobernar los más brillantes en innovación tecnológica, sin trabas burocráticas, políticas y jurídicas. Una suerte de “sofocracia”, pero en lugar del gobierno de los filósofos que proponía Platón en su libro La República, Thiel propone que todo el poder esté en manos de los CEOs de las empresas más poderosas de innovación tecnológicas, y que ese poder sea ilimitado.
Lo que propone Thiel en sus libros “The Education of a Libertarian” y “De Cero a Uno”, es libertarismo económico con darwinismo social. En un capítulo propone crear “seasteadings”, ciudades flotantes en alta mar sobre las que no rijan las leyes de ningún país.
Compartiendo convicciones con intelectuales schmittianos, como el neo-reaccionario Curtis Yarvin, propone ingresar a la pos-democracias que, en lugar de presidentes elegidos y controlados por la sociedad, sean gobernadas por megamillonarios dueños de empresas tecnológicas. Como resume su pensamiento un lúcido artículo de La Marea, un medio independiente organizado como cooperativa no comercial, el poder del mundo que propone Peter Thiel ya no descansa sobre las armas sino sobre los algoritmos.
Este mega-millonario que puede espiar a miles de millones de personas en todo el mundo, monopolizó la gravitación sobre la administración Trump desde que el celoso e intelectualmente mediocre jefe de la Casa Blanca se sacó de encima a otro tecno-plutócrata oscuramente anti-democrático: Elon Musk. Y seguirá manejando los hilos del poder desde Silicon Valley, si consigue que el sucesor de Trump sea J.D. Vance, el hombre gris que financió y que le responde como un perro a su amo.
Que venga inversión tecnológica a la Argentina es una buena noticia económica, pero si Thiel va a usar también aquí su capacidad de recopilación masiva de datos y va a ser con un presidente fan de los multimillonarios lo que hace siempre, entonces no es una buena noticia para la democracia liberal y sus derechos y libertades públicas e individuales.
Quizá, en su visita, felicitó a Milei por impedir el ingreso de periodistas a la Casa Rosada. La libertad según Thiel, Trump y Milei, no incluye la de prensa. O la incluye siempre y cuando no la ejerzan los periodistas. Esa gente a la que reconocen aún “no odiar lo suficiente”.
* El autor es politólogo y periodista.