Maquiavelo no está muerto

Lo que sostiene la "experiencia Milei" no es únicamente su programa económico, ni su estilo en los modos, sino la coherencia entre lo que proclama y lo que encarna. Vale decir, la presunción de integridad moral. Si esa coherencia se ve comprometida en el entorno próximo del presidente, el daño difícilmente sea marginal. Más le valdría pasarse de Catón, que ser indulgente. Porque si esa auto proclamación de superioridad ética frente a la casta del mileismo se resquebraja, se desarma el sentido mismo del proyecto. Perdiendo credibilidad.

Reflexiones políticas

Maquiavelo no está muerto

Ventanita:

Lo que sostiene la "experiencia Milei" no es únicamente su programa económico, ni su estilo en los modos, sino la coherencia entre lo que proclama y lo que encarna. Vale decir, la presunción de integridad moral. Si esa coherencia se ve comprometida en el entorno próximo del presidente, el daño difícilmente sea marginal. Más le valdría pasarse de Catón, que ser indulgente. Porque si esa auto proclamación de superioridad ética frente a la casta del mileismo se resquebraja, se desarma el sentido mismo del proyecto. Perdiendo credibilidad.

Jorge Manzitti

Abogado

Texto de la nota:

Para disminuir su mérito, los críticos de Milei señalan insistentemente la ausencia de líderes emergentes en la oposición. Esa repetida explicación de su éxito elude lo esencial: no estamos ante un problema de falta de rivales, sino ante un cambio de la lógica misma de la competencia política.

La oposición ha elegido constantemente un camino previsible: cuestionar el “economicismo” del gobierno sugiriendo la necesidad de abandonar el equilibrio fiscal. Sin intentar lo más necesario: construir una alternativa dentro de ese principio fundamental. Y aceptar la regla que actualmente preside la legitimidad, disputándole su sentido, ritmo y distribución. En lugar de eso, figura como defensora de un desorden ya conocido.

La extravagancia del fenómeno es haber convertido el déficit cero en una épica. Durante décadas se consideró al equilibrio fiscal como políticamente inviable ante la opinión pública. Parecía una aspiración más de técnicos, que de políticos; propiciar déficit cero no motivaba nadie. Pero ocurrió lo contrario: lo que parecía aburrida contabilidad, se transformó en una gesta de ribetes heroicos. Lo que era restricción, se transformó en promesa.

¿Por qué funciona?

Porque conecta con una emoción primaria: el hartazgo. No es una adhesión doctrinaria, sino una reacción frente a un ciclo interminable de prolongada frustración. El equilibrio fiscal se volvió símbolo de algo más profundo: orden frente al caos.

La rara peripecia tiene explicación, posee una traducción racional muy simple: el déficit produce inflación. Su potencia no radica en su sofisticación teórica, sino en su claridad. Sirvió para comprender, asignar responsabilidades y, sobre todo, para actuar en consecuencia.

Aunque es también una gran oportunidad desperdiciada por la oposición. Porque, podría perfectamente aceptar el equilibrio fiscal como condición y, desde allí, reformular una tradición propia. No faltan antecedentes. Tienen figuras, como Marcelo T. de Alvear, con una presidencia impecable de vanguardia, o incluso Leandro N. Alem, diciendo sin ambigüedades: “mientras menos gobierno, mejor” (discurso contra la federalización de Buenos Aires).

Esa genealogía tiene una matriz liberal que podría dialogar con el presente sin renunciar a su identidad. Sin embargo, esa posibilidad permanece inexplorada. Mientras tanto el oficialismo conserva la iniciativa.

Por otro lado, Milei construyó un antagonista eficaz, la “casta”. Que no es una categoría retórica: es una herramienta de poder. Canaliza el enojo, organiza el conflicto y genera un efecto decisivo, anteriormente inadvertido: El Temor. No el conocido temor al deterioro social, sino el temor de los políticos rebeldes a quedar expuestos frente a una ciudadanía que empezaron a percibir como implacable.

Ese temor explica, en parte, otro rasgo singular: la capacidad de gobernar sin estructura territorial propia, sin mayorías legislativas consolidadas y, aun así, obtener resultados. No es únicamente negociación: es presión indirecta, respaldada por una legitimidad que desborda las instituciones.

A esto se suma una cuestión de formas. El lenguaje confrontativo (muchas veces abandonando la solemnidad) y practicar la refutación directa – inclusive áspera – no son desbordes, son método.

Entonces, una convicción expresada exasperadamente y sin matices engendra arrastre. Y ese arrastre, en política, es poder.

Pero, todo ese armazón descansa sobre un pilar menos visible y más frágil: la presunción de integridad moral. No todo son ideas ni resultados, sino una representación. La de alguien que no participa de los vicios que denuncia. Ese capital simbólico, construido con gestos personales (rifar su dieta, por ejemplo) hizo la diferencia.

Por eso, la cuestión moral no es accesoria, es estructural. Si esa presunción se resquebraja, se desarma el sentido mismo del proyecto. Perdiendo credibilidad.

De allí una advertencia final muy actual: lo que sostiene este proceso no es únicamente su programa económico, ni su estilo en los modos, sino la coherencia entre lo que proclama y lo que encarna. Si esa coherencia se ve comprometida en el entorno próximo del presidente, el daño difícilmente sea marginal. Más le valdría pasarse de Catón, que ser indulgente.

* El autor es abogado.

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