Pero no solo en el tema religioso esta semana el presidente actuó bien. También lo hizo en lo económico, cuando -aún sin reconocerlo explícitamente- admitió críticas en lo que hasta ahora venía diciendo que era el mejor plan de la historia de la humanidad y quizá del universo entero. En esta oportunidad tanto el presidente como su ministro de Economía dijeron cosas sensatas.
Luis Caputo admitió que el superávit fiscal desde ahora se sostendrá mediante el crecimiento de la economía y no con más ajuste porque "ya no hay margen para seguir aplicando recortes profundos al gasto público". Javier Milei, por su parte, dijo que “la baja inflación y la estabilidad macroeconómica por si solas no generan crecimiento ya que el verdadero motor del desarrollo será un cambio estructural en el modelo económico".
En nuestra opinión, lo que el presidente hizo esta semana "políticamente" con la Iglesia, y "económicamente" con su plan de ajuste, son actitudes que van por el camino correcto. Mucho más si esas sugerencias e ideas las pusiera en práctica. Ademas, no le vendría nada mal aplicarlas en el resto de sus actitudes y de ese modo, al dejarse de inventar enemigos inexistentes podría ocuparse de las cosas verdaderamente importantes. Veamos, entonces, en qué debería cambiar.
La gran conspiración, que no es ni grande ni conspiración
Milei tiene un relato que repite en cada alocución pública, donde explica que todas las cosas que no le salieron aún o le salieron mal, no son por culpa suya, sino producidas por una enorme conspiración de todos contra él donde incluye hasta a los gobernadores y al propio Macri, que le votaron casi todas las leyes excepto en 2025 cuando Karina Milei decidió invadirles todos sus territorios provinciales (con recursos sospechosamente públicos). Esos gobernadores en 2024 le votaron todo, y ahora lo están haciendo nuevamente. Pero él no pierde oportunidad de sumarlos al golpismo K cada vez que le conviene, siendo los K los únicos que si pudieran lo voltearían. Aunque éstos hoy tampoco pueden.
En realidad, dentro de la "casta" política, en los hechos, Milei casi no tiene a nadie contra él. Al menos todavía. Unos porque no quieren, y otros porque no pueden. Lo cual es lógico porque este gobierno hizo el ajuste enteramente sobre las espaldas del pueblo llano y no tocó en absoluto a su odiada casta.
Su verdadero enemigo, neutralizado
Hoy Milei no tiene una oposición destituyente como la tuvieron primero Alfonsín con el pacto de hecho entre militares y sindicalistas, luego De la Rúa con todo el peronismo en contra y finalmente Macri con el kirchnerismo en particular. No porque no quieran, sino porque no se pueden organizar para ello. Claro que los kirchneristas anhelan fervientemente voltearlo como lo intentaron con Macri, sobre todo a mitad de su mandato (Maldonado, piedras en el Congreso, las insinuaciones al helicóptero, los gritos destemplados de "Macri basura vós sós la dictadura"), pero luego del desastre total del anti gobierno de los dos Fernández (porque tan responsables del caos y de la bomba que terminó por encender Massa, fueron por igual Alberto y Cristina, por más que a ella hoy algunos la quieran separar de la debacle que gestó) por ahora se les acabó la gasolina golpista.
Y al estar tan debilitados por el fracaso del último gobierno, la mirada peronista es sobre todo hacia adentro. Hoy el kirchnerismo, aunque siga manteniendo la pose de ave rapaz dispuesto a atacar y destruir, eso solo se trata de un gesto que no denota poder sino impotencia. En la actualidad su problema es la sobrevivencia y la probable reconstrucción casi a partir de cero. No tiene más objetivos que esos, los cuales son más internos que externos. Ha perdido, por ahora, su potencialidad depredadora. Que la pueda volver a recuperar o no, es otra discusión, donde mucho depende de cómo le vaya al gobierno libertario.
Los enemigos políticos inventados
Más allá de los kirchneristas, a los cuales es totalmente lógico que el mileismo critique impiadosamente como ellos hacen con él, el presidente no cesa de considerar enemigos políticos a posibles aliados o a críticos razonables con los cuales si lo desea puede convivir perfectamente e incluso hacer muchas cosas juntas, como de hecho tantas veces lo hacen.
Los gobernadores, a pesar de no tener ninguno propio, son todos aliados del gobierno, quien más quien menos, excepto los K que son pocos. Le votan casi todas las leyes. Eso se debe a que son arrastrados obligatoriamente por la zanahoria de la falta de recursos nacionales y además porque tienen miedo de que LLA avance sobre sus territorios si sus triunfos legislativos de 2025 se transforman en éxitos ejecutivos en 2027. Pero sea por lo que sea, no son sus enemigos.
Mauricio Macri está pensando en formar una alternativa política al mileismo, aunque para continuar una política económica similar. Y sólo en el caso que Milei fracase por sus errores, pero por ahora son solo amagos y/o probabilidades. Mientras tanto le vota todas las leyes y lo apoya en casi todo. Y su discurso crítico no parece el de un opositor, sino el de alguien que, aunque enojado, le aconseja, sobre aquello que no debe hacer más. Como el Adornigate, por ejemplo.
O sea que oposición política, pese a no tener ni gobernadores ni casi intendentes ni mayorías propias legislativas, el gobierno en los hechos no tiene. En realidad, la "casta política" está más cerca de él que una gran parte del resto de las instituciones públicas o privadas. Por más que él se la pase despotricando con todos por igual, sean kirchneristas o sean opositores constructivos.
Por lo tanto, al no haber surgido en 30 meses rivales políticos de envergadura, es posible que aún sin que le vaya muy bien en todo lo que está haciendo, igual pueda reelegirse. Pero el inventar una serie de oposiciones absolutamente innecesarias, la mayoría por su propia incapacidad para la construcción política permanente es un riesgo que no le convendría correr. Porque en este mundo líquido, todo cambia ciento ochenta grados en un santiamén. Así como no critica al Papa, tampoco debería tentar al diablo.
Esa idea que le inculca su hermana de que su destino es ser solamente él todo y único en la Argentina, y si es posible en la faz de la tierra, a la larga inevitablemente le jugará en contra.
Las instituciones enemigas, inventadas
Existen dos instituciones no políticas que durante lo que va de este siglo, y en gran parte debido a los avances tecnológicos, fueron perdiendo parte del singular predominio que antes poseían. Nos referimos al periodismo y a la universidad. Quizá los dos enemigos ideológicos más odiados por Javier Milei. Tanto los odia, que los está reinventando, o sea que su feroz ataque le está jugando en contra de sí mismo.
Primero la proliferación de las redes y ahora el crecimiento fabuloso de la Inteligencia Artificial, han hecho que las ofertas desde donde encarar la comunicación social y el conocimiento superior, excedieran con creces a las que ofrecen las instituciones periodísticas y universitarias tradicionales. O sea, más que de decadencia, estamos hablando de que los soportes desde donde expresar voces diferentes se han multiplicado un millón de veces. Por eso, el periodismo tradicional ya no monopoliza la información o la comunicación y la universidad pública tiene enfrente mil formas distintas de divulgar el conocimiento científico.
Para peor, en la Argentina, durante las dos décadas K, ambas instituciones fueron utilizadas para un experimento político tan delirante como peligroso. El kirchnerismo quiso crear un periodismo militante con fabulosos recursos estatales, que al menos cuantitativamente fuera tan grande como el periodismo independiente. Y, a la vez, intentó penetrar la universidad partidizando y adoctrinando a muchas facultades, particularmente las de ciencias sociales.
En esa guerra contra el periodismo crítico y contra la universidad autónoma, el kirchnerismo a la postre no logró triunfar, pero dejó cicatrices y heridas de guerra en ambas instituciones, que -paradójica y torpemente- el mileismo no se encargó de curar y sanar, sino de profundizar. Al igual que el kirchnerismo, está intentado ser el único dueño del relato. Una desmesura en la que inevitablemente fracasará como le ocurrió a sus antecesores, pero que perjudica al libre juego de las instituciones y a su fortalecimiento.
Al revés de lo que dice Milei, su periodismo "enemigo" no es el 95% sino el 5%, o sea los restos que sobrevivieron del kirchnerismo, (Página 12, C5N, El Destape, Verbitsky, Víctor Hugo Morales...) que como la enorme mayoría eran subsidiados casi en el 100% por el gobierno, ahora no son nada al carecer de presupuesto oficial. El otro 95% del periodismo, en cambio, desde el más crítico al más complaciente, en realidad nunca fue su enemigo, como lo caracteriza el presidente.
No es que ese 95% de periodistas a los que no se cansa de agredir con los términos más vulgares y más difamatorios impropios de cualquier presidente que se precie de tal, se le hayan puesto en contra por quitarle la pauta o por recibir sobres ajenos, sino que él se les puso en contra. Los intenta arrinconar innecesaria e infructuosamente con sus insultos ridículos que además son como una especie de adaptación del teorema de Baglini a los medios de comunicación: a mejor periodista y más prestigioso, más insultos. No ataca a los difamadores ni a los sensacionalistas sino a los más serios y honestos. Ni siquiera agrede demasiado a los periodistas K. Sus principales enemigos "comunicacionales" son gente como Alconada Mon, Pagni, Morales Solá.... los más creíbles de todos.
Obsesión además muy rara, porque Milei no se cansa de decir que el periodismo tradicional ya casi no tiene influencia en la sociedad frente a las otras tecnologías comunicacionales como las redes (donde vive la mayor parte de su vida) y, sin embargo, lo ataca con tanta saña, furia y odio que parece -contradictoriamente- considerarlo un enemigo con un poder enorme, absoluto, total. Lo cierto es que, con esa actitud, Milei está aumentando el prestigio del periodismo crítico en vez de disminuirlo.
Mucho, muchísimo más productivo le hubiera resultado actuar con el periodismo como lo está haciendo con la Iglesia, que no es menos crítica, en vez de dejarse llevar por sus pasiones más malsanas.
Con respecto a la universidad, el kirchnerismo no se cansó tampoco de hacer desastres, al entrometerse en ella usándola de conejillo de indias para sus batallas culturales (además de crear una veintena de nuevas universidades altamente politizadas, partidizadas y hasta municipalizadas, con dinero que se debió utilizar para mejorar las existentes, no para crear nuevas casas de estudios con defectos estructurales y conceptuales desde su origen). El kirchnerismo tuvo como clarísimo objetivo adoctrinar la educación pública, en particular la superior.
Frente a ello, lo que debía haber hecho el mileismo es reconstruir su autonomía, prestigio y credibilidad heridas por el kirchnerismo, a la vez que procedía a algo que se requiere desde mucho antes: una reforma interna de la universidad que hace décadas viene siendo afectada por un corporativismo creciente al confundir autonomía con aislamiento. Pero, en cambio, el gobierno libertario decidió que la universidad ya estaba irremediablemente ocupada por el pensamiento enemigo K y, por lo tanto, en vez de reformarla, decidió combatirla como al enemigo ideológico principal, junto al periodismo.
Y, por supuesto, como con el periodismo, logró lo contrario: que el reclamo universitario se convirtiera en un factor de convergencia social extraordinario. A pesar de sus inmensos defectos organizativos, sobre todo en su faz corporativa, una mayoría social creciente vuelve a valorizar el papel de la universidad como el único factor que queda en pie para el ascenso social, al cual Milei quiere destruir. Porque este gobierno no está ajustando las universidades por una cuestión presupuestaria, sino por razones ideológicas, porque cree que ella es el refugio del pensamiento woke, del comunismo, del mal en sí mismo. Y para eso el presidente ha convocado a conducir la política universitaria a gente que sustenta ese criterio chiflado, como el impresentable "galleguito" Álvarez, el macartista secretario de políticas universitarias, que está más obsesionado por la infiltración comunista y por el aborto que por reformar para bien la universidad.
En fin, que la pelea del mileismo con la universidad es una de las peleas más estúpidas jamás vistas, tal como se la encaró. Ridícula. En vez de lograr que se reforme todo lo que se tenía que reformar en el sistema de educación superior (mucho e imprescindible) está logrando que todo quede como está, porque la sociedad -con entera lógica- prefiere una universidad defectuosa a ninguna universidad. Que es lo que su amigo tecnológico Peter Thiel, le sugiere todos los días a Milei. Que libre una guerra sagrada contra la universidad, aunque lo haga en nombre del demonio. Porque estos gurúes tecnológicos son tan perversos como religiosos.
Es cierto que, de instituciones no políticas como el periodismo o la universidad pública, no van a surgir las oposiciones políticas que le ganen en las urnas a Milei, pero sí les sigue haciendo la guerra, inevitablemente lo van a ir limando en su prestigio e incluso poder, hasta dejarlos hecho jirones. Sobre todo, porque en ambos casos, Milei decidió inventarse mortales enemigos en instituciones que no lo eran, ni querían serlo. Aunque fueran críticas, que es en gran medida su razón de ser. La misión de la universidad y el periodismo es ayudar a pensar, y no se ayuda a pensar siendo obsecuentes con el poder.
En fin, que, en estos temas, su ideología le está jugando en contra. Si comiera muchos más frutos del árbol del liberalismo que son enormemente saludables y empezara un régimen de los frutos indigeribles y dañinos del anarcolibertarismo que son tóxicos por donde se los mire, al presidente le iría mucho mejor.
Las estúpidas internas.
Mientras inventa enemigos externos que no lo son, el presidente se enreda cada vez más en problemas internos de su partido y de su gobierno, que debería solucionarlos mirando más hacia afuera que hacia adentro. Macri se lo dijo el mismo día en que despidió a Francos y lo reemplazó con un petimetre. Y por no escucharlo, Milei ya lleva perdido tres meses con el caso Adorni, mirándose al ombligo y gestando una interna de proporciones insólitas del todo innecesaria políticamente hablando.
Balance provisorio
En la balanza de aciertos y errores, de logros y fallos de Milei al rozar sus 30 meses de gestión, podríamos decir que con la Iglesia que lo critica viene actuando muy bien, con mucha sensatez. Con el periodismo y la universidad, horrible. Con sus aliados políticos reales o potenciales, con miserabilismo y pequeñez. En su interna política, al menos desde que se inició al affaire Adorni, está haciendo todo mal. Finalmente, en la economía aparecen algunos esbozos de autocríticas que le podrían venir muy bien, sobre todo si los índices positivos, como los de esta semana, lo siguen acompañando.
Quizá haya llegado el momento para Javier Milei, al cumplir sus 30 meses, de un profundo replanteo en todo lo que está haciendo, cuando aún sigue teniendo todas las puertas abiertas.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]