¿Qué es un cínico? Alguien
El secuestro de Maduro revela la inmadurez del derecho internacional público, que no ha delegado en una entidad supranacional el monopolio de la fuerza. Cada nación se percibe soberana, situada en la cúspide de la pirámide potestativa. Sin embargo, la soberanía no iguala: establece jerarquías y se ejerce de manera desigual.
¿Qué es un cínico? Alguien
que sabe el precio de todo
y el valor de nada. Oscar Wilde.
Juzgar a Maduro constituye un ensayo de cinismo. No se ha escuchado ni chistar a los organismos internacionales, señal inequívoca de su impotencia.
El sistema internacional es anárquico: no existe autoridad supraestatal, y la soberanía individual depende de la capacidad real de imponerla. El resultado es un ensayo jerárquico sobre Venezuela por una de las tres potencias mundiales, acompañado por la ingenua satisfacción de los venezolanos y la opinión dividida del resto del mundo.
Esto sería desconcertante si no fuera porque “el resto del mundo” coincide tácitamente en evaluar la impotencia de las instituciones internacionales existentes. La conclusión es clara: la soberanía, como derecho de cada país, está en cuestión.
En términos realistas, la soberanía consiste en el poder desnudo: ejerce soberanía sólo quien puede.
Desde el comienzo de la era nuclear, la Tercera Guerra Mundial fue postergada por el instinto de no suicidarse, sumado al equilibrio entre los rivales, la comparación de fuerzas, la contraposición de intereses y las alianzas. La paz fue perturbada únicamente por conflictos limitados. Eso no es poco, aunque deja en evidencia el carácter puramente retórico de muchas resoluciones de los organismos internacionales.
¿Retrocedimos? No necesariamente. Más bien cayó la máscara de la hipocresía: asistimos a un sinceramiento. Sin embargo, tanta franqueza promueve nuevos ensayos de poder. Tienta incluso a la conquista territorial. Estas eventualidades son más atemorizantes cuanto menos poderosos seamos y cuanto más débiles resulten nuestras alianzas. Quien clama justicia en una pulseada es, casi siempre, el más débil.
Si existiera un acuerdo entre potencias, habría más orden —no necesariamente justo— y mayor estabilidad. Se delimitarían esferas de influencia y se utilizaría la fuerza contra actores débiles y periféricos. Si, por el contrario, las superpotencias optaran por una rivalidad abierta, la volatilidad sería la norma y viviríamos con mayor riesgo e incertidumbre.
En el primer contexto, Argentina vería premiado su alineamiento y podría concentrarse en crecer, aunque a costa de una disminución de su autonomía, hoy percibida como irrelevante.
Esta descripción no expresa deseos personales, sino el reconocimiento objetivo de la anarquía reinante —un oxímoron—. Lo nuevo es que los únicos resortes capaces de suavizar los caprichos de los poderosos son las alianzas. La apelación ética de Yrigoyen —“Los pueblos son sagrados para los pueblos como los hombres para los hombres”—, de raíz kantiana, resulta cada vez menos eficaz en el ámbito geopolítico. Su efecto es similar al de una exhortación papal: “sed buenos”.
Ello se explica por la inmadurez del derecho internacional público, que no ha delegado en una entidad supranacional el monopolio de la fuerza. Cada nación se percibe soberana, situada en la cúspide de la pirámide potestativa. Sin embargo, la soberanía no iguala: establece jerarquías y se ejerce de manera desigual.
Para colmo, el país más poderoso está gobernado por un líder fanfarrón y caprichoso, cuya capacidad de ejecutar eficazmente sus propias decisiones y de sostenerlas en el tiempo es incierta.
Todo indica que ingresamos en un nuevo orden mundial marcado por una incertidumbre creciente.
* El autor es abogado.