La indigencia moral e intelectual de Trump

Occidente volvió al tiempo de los emperadores y Papas que, en el Renacimiento, disputaban la supremacía del poder. Hoy Trump es el emperador que quiere someter a sus órdenes al Papa, iniciando un choque del que podría salir destartalado.

La indigencia intelectual y moral de Donald Trump quedó expuesta al lanzar su bombardeo más negligente, teniendo como blanco al Papa.

El magnate neoyorquino lanzó su ofensiva calculando arrasar a León XIV, pero se encontró con un hombre mucho más rico que él.

Su humildad y falta de histrionismo pueden mostrar a Robert Prevost como un contrincante frágil para el ampuloso líder de la mayor superpotencia. Pero es al revés. Se trata de un hombre rico en formación académica, capacidad intelectual y experiencia de vida. Antes de ser León XIV, fue un matemático y teólogo que enriqueció su experiencia sobre lo humano al vivir durante dos décadas de servicio entre los pobres del Perú.

Enfrentando semejante riqueza, quedaron expuestas las indigencias de Trump. Alguien a quien cabe la descripción que coincidieron en hacer, desde sus respectivos universos, la heredera griega Cristina Onassis y el cantante jamaiquino Bob Marley sobre ciertos multimillonarios humanamente miserables: “son tan pobres que sólo tienen dinero”.

En Estados Unidos, donde crece la ola de críticas al presidente ultraconservador, ya se escuchan voces reclamando la destitución por “incapacidad mental”, como al ecuatoriano Abdalá Bucaram en 1997, tras batir un récord de actitudes ridículas e inaceptables al sexto mes como presidente.

En Trump, la lista de imposturas, arbitrariedades y vilezas es larguísima. Su desenfreno egolátrico lo llevó a poner su nombre en el centro cultural washingtoniano que siempre se llamó John F. Kennedy. Como si fuera el dueño de la Casa Blanca, demolió el ala Este para hacer un versallesco salón de fiestas. El autor de tanta vulgaridad es el mismo que ahora quiere construir un arco del triunfo más grande que el ejemplar parisino que hizo construir Napoleón para celebrar la Batalla de Austerlitz.

El de arco de París evoca el triunfo de las fuerzas napoleónicas sobre los ejércitos del zar Alejandro I y del emperador austríaco Francisco I, pero el que quiere Trump en Washington, frente al Lincoln Memorial pero al otro lado del Potomac… ¿qué victoria celebrará? Porque secuestrar a Maduro no liberó al pueblo venezolano del régimen forajido que les dejó de herencia Chávez. Y de momento no parece que la guerra contra la dictadura religiosa iraní vaya a darle motivos creíbles para proclamar una victoria.

Hasta ahora, Trump y Netanyahu solo lograron poner a sus países bajo una ola mundial de críticas y fortalecer al régimen que enfrentan, regalándole un respaldo internacional que nunca había tenido y control sobre el escenario del conflicto.

Así de “brillantes” son los líderes ultraconservadores que gobiernan debilitando las democracias norteamericana e israelí. Le dieron a una teocracia retrógrada la consideración de víctima de una guerra ilegal y una posición internacional más fuerte. Y antes de encontrar la salida de emergencia de ese estropicio bélico, Trump volvió a calcular mal y atacó al Papa.

Occidente volvió al tiempo de los emperadores y Papas que, en el Renacimiento, disputaban la supremacía del poder. Cuando el filósofo Jean Bodin argumentaba la indivisibilidad del poder comparándolo con el punto de la geometría, y el cardenal Richelieu, justificaba también la supremacía del monarca sobre el pontífice en sus célebres Maximes d’Etat, mientras los teólogos eclesiásticos lucubraban fórmulas para argumentar lo opuesto.

Hoy Trump es el emperador que quiere someter a sus órdenes al Papa, iniciando un choque del que podría salir destartalado.

Desde Pio IX hacia atrás, hubo muchos choques entre Papas y gobernantes. Existían los Estados Pontificios y sus gobernantes eran los Papas. Pero en el siglo XX sólo chocaron con el Vaticano dictadores totalitarios. Como Stalin cuando preguntó “cuántos tanques tiene el Papa” a quien le aconsejaba no tomar medidas que disgustaran al pontífice. O Wojsiech Jaruzelski cuando entendió que Karol Wojtila apoyaría a Lech Walesa y el sindicato Solidaridad para tumbar el comunismo polaco.

Lo inédito es que el gobernante de una democracia enfrente a un pontífice. También que el Papa llame al presidente norteamericano “déspota” con “delirios mesiánicos” que integra el “puñado de tiranos que está destruyendo el mundo”.

Sucede que ninguna persona racional puede ver las estampitas que muestran a Trump como un Cristo milagroso y que el propio presidente difundió, y sorprenderse de que un Papa lúcido y culto, lo considere mesiánico y delirante.

El resultado es que el magnate neoyorquino está aislado internacionalmente y naufraga en un mar de cuestionamientos. Ni George W. Bush cuando su guerra negligente convirtió Irak en un agujero negro que supuró ríos de sangre, fue tan criticado interna y mundialmente.

Incluso comenzó a reducirse el movimiento Maga. Desde que ideologización y populismo generaron “grietas”, hay núcleos duros en muchas democracias y rondan el 30% de la población.

En Argentina los tienen Cristina Kirchner y Javier Milei. Unos peregrinan a San José 1111 y otros aún consideran “enemigo” de “la casta” y la corrupción a quien llenó el Congreso de impresentables, defendió personajes oscuros como Espert, quiso introducir en la Corte al turbio Ariel Lijo, hizo ministro de Justicia a Cúneo Libarona, en su entorno se tramó el robo a la asistencia de discapacitados y, como dijo Diana Mondino, por negligente o por corrupto fue parte de la cripto-estafa Libra. Pero en el caso de Trump, su base dura se ablanda.

León XIV tiene perfil bajo. No busca escenarios ni primeras planas, pero sus definiciones son profundas y potentes. Confrontar contra la riqueza intelectual y humana de este Papa resalta las indigencias del magnate neoyorquino. Alguien “tan pobre que sólo tiene dinero”.

* El autor es politólogo y periodista.

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