La vida en Cuba se torna cada vez más apremiante. Ahora, en el país caribeño están cerrando cadenas de hoteles y dejarán de operar en estos días las más reconocidas tarjetas de crédito internacionales. Todos son casos demostrativos de la crisis generalizada que soporta ese país en los últimos tiempos.
Aunque no se haga mención públicamente, queda en evidencia con estas decisiones empresarias la presión que viene ejerciendo Estados Unidos para destronar para siempre al régimen castrista.
Debe recordarse que el presidente Trump firmó el mes pasado una medida que contempla sanciones contra personas y compañías que mantuviesen vínculos económicos con el conglomerado empresarial más grande de Cuba, que es controlado directamente por las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Se estima que ese grupo domina entre el 40% y el 70% de la economía cubana, con especial anclaje en sectores estratégicos en cuanto a la obtención de recursos, como el turismo y el comercio minorista.
Más allá de la imposición de la Casa Blanca, los empresarios hoteleros han argumentado que, entre otras falencias, la crisis energética que soporta Cuba en estos tiempos hace prácticamente imposible el normal desarrollo de la actividad turística de jerarquía internacional.
Debe recordarse que en los primeros meses del año una de las voces más importantes que alertó sobre la crisis económica y humanitaria en la isla fue el papa León XIV, que públicamente pidió diálogo entre Estados Unidos y el gobierno cubano para atemperar el sufrimiento generalizado de la gente. El Pontífice se hizo eco, de esa manera, de la voz de los obispos católicos de Cuba, que hasta llegaron a ofrecer su mediación ante la situación imperante.
Habrá que esperar que esa mirada solidaria de la Iglesia Católica movilice ayudas y sensibilice voluntades que hoy sólo priorizarían estrategias pensadas en el uso de la fuerza para cambiar el rumbo.
Mientras tanto, es indudable, inocultable, que los habitantes no pueden soportar más la lamentable realidad que les toca afrontar. Las protestas son ya generalizadas en las calles de los principales destinos cubanos y el decadente sistema comunista gobernante demuestra ya una total impotencia para controlar la lógica rebeldía de la mancillada ciudadanía.
Seguramente, un claro y necesario desengaño para un elevado porcentaje de cubanos que nacieron y crecieron bajo los designios del régimen ahora decadente. Un sistema político totalitario devastado en su economía tras la caída de la Unión Soviética, sostén mediante su red de subsidios.
Por todo ello, urge una estrategia apropiada para solucionar el drama de la acuciada sociedad cubana, aun dominada por un sistema sólo aferrado a su estilo dominante.
Sea cual fuere su futuro político, Cuba y su gente requerirán mucha solidaridad externa para poder recuperar su orgullo y sentido de pertenencia.