Para Trump, lo peor que le puede pasar a un ser humano es ser un “perdedor”. El maniqueísmo “trumpeano” no divide a las personas en buenas y malas, sino en winners and losers (ganadores y perdedores). Tiene el vicio cruel del bulling y a sus críticos y opositores los rotula con la palabra “perdedor”. Por eso, aun sabiéndose extraviado en una guerra cuyos costos en tiempo y dinero son más altos de lo que le había asegurado Netanyahu, dejó a la vista su ansiedad por salirse cuanto antes del conflicto, aunque sabe que no podrá hacerlo sin lograr algo que se parezca a una victoria. Si no, también él quedará bajo el peor de sus estigmas: perdedor.
“Nunca se miente tanto como antes de una elección, durante una guerra y después de una cacería”, escribió en sus reflexiones políticas y militares Otto Von Bismarck.
Donald Trump tiene dos de los tres momentos en los que un líder miente descaradamente. Está ante una elección de medio término en la que, si perdiera la mayoría en ambas cámaras, correría el riesgo de que los demócratas lo lleven a juicio político por alguna de las tantas razones de destitución que existen. Y está en medio de una guerra que no pudo justificar de manera convincente ante su país y buena parte del mundo, en la que deambula errático buscando la salida de emergencia antes de que su desgastado liderazgo termine de languidecer bajo los escombros que están dejando las bombas en todo Oriente Medio.
Posiblemente, si fuera cazador mentiría también, atribuyéndose salvajes presas de su “fantástica” puntería. En rigor, la mentira en todas sus formas (el ocultamiento, la exageración, la manipulación y la tergiversación de los hechos, etcétera) ocupa más lugar que la verdad en la retórica del presidente norteamericano. Por eso su palabra comenzó este conflicto con poca credibilidad y, a esta altura, se percibe exhausta y vacía. Sencillamente, lo que describe, lo que anuncia, lo que promete, nunca se corresponden con la realidad visible.
Por cierto, el oscuro régimen de los ayatolas tampoco goza de credibilidad. Jamás la tuvo. Si da una cifra de muertes causadas con sus habituales represiones contra las multitudinarias protestas que suelen desafiarlo, los iraníes y buena parte del mundo saben que deben multiplicarla por una o dos decenas para acercarse al número real. Las estadísticas de muertos y heridos que dejan las represiones, igual que las que dejó en 1989 la masacre de Tiananmén, en Irán siempre quedan en el misterio.
También hay misterios oscuros en torno a Benjamín Netanyahu y no todos tienen que ver con posibles hechos de corrupción. El más oscuro está relacionado al pogromo sanguinario que, inexplicablemente, pudo perpetrar una turba criminal en las aldeas comunitarias del sur de Israel aquel 7 de octubre del 2023, atravesando en motos desvencijadas, camionetas destartaladas y parapentes lo que se supone la frontera más vigilada del mundo, junto a la que divide Corea a la altura del Paralelo 38.
La invasión del 2003 a Irak porque supuestamente Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva y era aliado de Al Qaeda, dejó malherida la credibilidad de Washington a la hora de justificar una guerra. Saddam era un psicópata criminal, pero no tenía armas químicas y la organización terrorista que dirigía Osama Bin Laden era visceralmente enemiga de su dictadura laica.
Con Donald Trump en el Despacho Oval, la palabra presidencial perdió lo que le quedaba de confiable. A eso se suma la complejidad del conflicto en marcha, donde el éxito y el fracaso de cada parte (Trump, Netanyahu, la teocracia oscurantista que aún impera en Irán y su brazo libanés Hezbollah) tienen parámetros diferentes.
Los líderes de Estados Unidos e Israel necesitan que al concluir la guerra ya no exista la teocracia del chiismo duodecimano y, si no fue totalmente destruido, que al menos se rinda y entregue hasta el último gramo del uranio enriquecido al 60% que mantiene oculto en algún rincón de Bushehr y se comprometa a no usar más sus centrifugadoras, aceptando recibir uranio enriquecido en Pakistán o en Turquía. De los dos, Trump es el más necesitado de mostrar tales logros para justificar haber metido a Estados Unidos en esta guerra. Netanyahu un poco menos, ya que para los israelíes resulta entendible estar en guerra contra un régimen que desde su origen se propuso abiertamente borrar del mapa a Israel y echar de Medio Oriente a los judíos.
En el régimen iraní, también hay un ala moderada que prioriza detener la destrucción del país y el sufrimiento de los iraníes, y un ala fanática para la cual martirizar al pueblo se justifica plenamente en pos de vencer al enemigo.
Los próximos días tienen la palabra. Dirán cuál de las alas del régimen es la que impone su vuelo. Si la abierta a detener la destrucción del país y el sufrimiento de los iraníes, o la más fanática, que justifica martirizar su pueblo hasta encontrar lo que más se parezca a una victoria. De eso depende que Trump haya encontrado o no la puerta de emergencia que está buscando para salir cuanto antes del conflicto donde se diluye aceleradamente su liderazgo.
* El autor es politólogo y periodista.