En este año se cumplen ochenta y cinco años de la muerte del filósofo, escritor y pensador francés Henri Louis Bergson, cuyo papel e influencia en el siglo pasado han sido transcendentes dejando una huella imborrable en el itinerario intelectual y espiritual de Europa. Su influencia se ha extendido sobre toda la filosofía moderna. Para entender cabalmente esta influencia, hay que comprender el contexto en el que desarrolla su obra y aporte. Bien se ha dicho que durante los siglos XVII y XVIII el espíritu humano usó la razón y el intelecto hasta el empacho, siendo el sentimiento considerado como algo confuso, impreciso e inferior. La matemática era la ciencia relevante que, a través de sus principios y axiomas, se utilizaba no solo en filosofía, sino en casi todos los órdenes del saber, desde la ciencia hasta el derecho, pasando por el arte y la política.
Este contexto llamado positivismo o matematización del mundo produjo diversas reacciones, desde el romanticismo hasta el intuicionismo, pasando por todas las corrientes existencialistas del siglo XIX. Con esto, no se trataba de negar el aporte y el desarrollo científico, sino de romper con el dogmatismo unívoco y monolítico en el que se había caído, tratando de recuperar las otras dimensiones olvidadas, como la voluntad, los afectos, la intuición, la existencia y la vida. Justamente, Henri Bergson representa este anhelo de espiritualidad existencial frente al positivismo abstracto, carente de vitalidad y realidad.
Un aspecto de esta contribución bergsoniana se puede observar en las afinidades que encuentra entre la filosofía y el arte. En una entrevista del 11 de diciembre de 1910, afirma: “La filosofía, según mi concepto, se acerca más al arte que a la ciencia… La ciencia no da de la realidad más que un cuadro incompleto, o más bien fragmentario; aprehende lo real por medio de símbolos, que son forzosamente artificiales. El arte y la filosofía se unen, en cambio, por la intuición, que es la base común de ambas. Yo diría que la filosofía es un género, y las diferentes artes, sus especies”.
En estas reflexiones, quisiéramos compartir el aporte que realiza el autor francés a la formación intelectual, integrando esas dimensiones necesarias para lograr una mirada más abarcativa del pensar, como la inteligencia, la voluntad, los afectos y la intuición; en definitiva, de la existencia vital y de la llamada por él: simpatía intelectual. También rendimos nuestro más querido homenaje en este ochenta y cinco aniversario.
La inteligencia
En un ensayo titulado “La inteligencia” de 1914, el escritor francés se pregunta: ¿Qué es la inteligencia? ¿Qué capacidad es esta? ¿La confundiremos acaso con el conjunto de conocimientos adquiridos y acumulados? ¿Se trata pura y sencillamente de la facultad de razonar?
Lo primero que efectúa es decirnos lo que no es la inteligencia. En primer lugar: “No es un don repartido una vez y para siempre entre todos los hombres, una semilla caída del cielo, que el capricho del viento lleva a donde se le antoje soplar. Cuando un compañero tiene buena memoria y cierta facilidad, y ocurrencias memorables e invenciones agradables… Y efectivamente, esa facilidad a menudo es el signo exterior de la inteligencia, pero la inteligencia es otra”.
En segundo lugar, tampoco es inteligencia “…cuando un hombre habla bien y escucha mejor, cuando percibe de inmediato algunos rasgos esenciales del tema que uno le explica y cuando, generalmente incapaz de ir más allá de esa visión incompleta, se contenta con ella y deduce incluso ideas simples”. Esta última apreciación es muy importante, dado el equívoco común de considerar inteligente a alguien con estas características.
Por último, la inteligencia no es el conjunto de conocimientos adquiridos y acumulados, ni mucho menos la capacidad pura y simple de razonar, por la sencilla razón de que el razonamiento nos conduce a conclusiones generales, ya dadas e inflexibles a adaptarse a formas imprevistas de los casos particulares. En síntesis, la inteligencia, para Bergson, no es ni la ciencia pura ni el razonamiento solo, ni nada que se aprenda de memoria, ni nada que se exprese en fórmulas. Queda latente entonces la pregunta: ¿Entonces qué es?
La verdadera inteligencia para Bergson es: “lo que nos hace penetrar en el interior de lo que estudiamos, tocar fondo, aspirar su espíritu y sentir palpitar su alma”. Sea la inteligencia del abogado, del médico, del comerciante o del periodista; la inteligencia siempre es esa corriente de simpatía que se establece entre el hombre y la cosa, como entre dos amigos que se entienden a medias palabras y ya no se guardan secretos. Todos estos profesionales manifiestan, en sus respectivas disciplinas, una misma capacidad intelectual: la capacidad de armonizar con las cosas, seguirlas en sus más sutiles movimientos y vibrar simpáticamente con ellas.
Por esto, la inteligencia “es una adaptación exacta del espíritu a su objeto, una adaptación perfecta de la atención, una cierta tensión interior, que nos da en el momento deseado la fuerza necesaria para aprehender con rapidez, estrechar con vigor y retener a largo plazo. Es, en suma, en el sentido propio de la palabra, la inteligencia”.
Ahora bien, como se ha podido ver, el autor nos habla de la inteligencia y también de la intuición. En este sentido, se puede observar que divide la inteligencia propiamente dicha y la intuición en dos funciones que colaboran en el acto del pensamiento. Dice: “Llámese intuición esa especie de simpatía intelectual por la cual nos transportamos al interior del objeto para coincidir con lo que tiene de único y, por consiguiente, de inexpresable”. De esta manera, ingresamos al objeto como entraríamos en nuestro yo; viviríamos su vida como vivimos la nuestra, realizaríamos sus movimientos y experimentaríamos su duración como nuestros movimientos y nuestra duración.
Voluntad, concentración y atención
Todo progreso intelectual, toda capacidad de penetración del objeto supone un esfuerzo de la voluntad que ha podido conducir al espíritu a un nivel de concentración superior. En este sentido, dice: “La concentración es, mis queridos amigos, el único secreto de la superioridad intelectual. Es ella la que distingue al hombre del animal… Es ella, quizá, la esencia misma de la genialidad”. Si bien resaltamos generalmente las cualidades intelectuales de alguien y no tanto su voluntad y esfuerzo, Bergson afirma la importancia de la voluntad como la fuente profunda de toda energía, incluso de la intelectual.
Por esto, nos recomienda que debemos trabajar en alimentar esta caldera de energía, llamada voluntad, como parte inescindible del pensamiento, cuya atención será el ambiente propicio para grandes creaciones intelectuales. Afirma: “Unifiquen sus esfuerzos, concentren su atención, permitan que su voluntad despliegue todas sus fuerzas para que su inteligencia pueda desplegar todo su brillo… Sepan que su voluntad es capaz de realizar ese milagro. Exijan que lo haga”. Palabras profundas y de una vigencia notable en los momentos que corren, donde la dispersión intelectual es un factor decisivo del fracaso escolar y universitario de muchos de nuestros estudiantes.
Comunicación simpática
La formación intelectual se podría resumir en el pensador francés como una comunicación simpática (intuitiva) entre la inteligencia, la voluntad, la concentración y la atención. Es decir, en una síntesis donde se unifican todos estos aspectos en miras a una inteligencia que permite ampliar nuestra mirada atenta a las cosas y logre esa simpatía intelectual que nos afirma Bergson. Terminamos con sus palabras: “Aprovechen sus estudios lo más posible, tomen la firme decisión de convertirse gracias a ellos en ciudadanos capaces de invertir una suma siempre creciente de energía intelectual al servicio de su país…”. Esperemos estar a la altura del presente mandato.
* El autor es docente Universitario UM - UNCuyo.