El pasado 18 de octubre se cumplieron setenta años del fallecimiento de uno de los intelectuales más importantes e influyentes de España y del mundo hispano en el siglo XX: Don José Ortega y Gasset, oriundo de Madrid y uno de sus más queridos hijos. Respecto a su trascendencia se podría citar la infinidad de discípulos que formó, cuyos nombres figuran intelectuales como Julián Marías, María Zambrano, Xavier Zubiri, José Luis Aranguren y Manuel García Morrente, entre otros, que son conocidos como la “Escuela de Madrid” o la “Generación del 25”.
Con esto bastaría para quedar en la historia, pero no podemos dejar de lado su producción oral y escrita que transita la filosofía, la política, el arte, las biografías, la universidad, la educación, la sociedad, la mujer y el amor; no dejo temas casi por tratar. Además de conferencista y profesor universitario, fue publicista y coordinador de empresas intelectuales como, por ejemplo, la Revista de Occidente, tan cara y gravitante para todos los argentinos de la primera parte del siglo pasado.
Para poner en valor su figura, se puede ver en los testimonios de dos de sus discípulos. Xavier Zubiri dice: “Fuimos más que discípulos, hechura suya, en el sentido de que él nos hizo pensar, o por lo menos nos hizo pensar en cosas y en formas en que hasta entonces no habíamos pensado”.
Y el otro testimonio es de Don Manuel García Morrente: “La obra de Ortega y Gasset significa nada menos que la incorporación del pensamiento español a la universalidad de la cultura. Esa incorporación no podía hacerse más que por medio de la filosofía…, esto es lo que don José ha hecho entre nosotros”.
En la presente nota, además de rendirle homenaje al escritor madrileño, quisiéramos detenernos en el pensador y su visión de la vida intelectual; de esta vida superior del espíritu humano llamada Pensamiento, y la reforma que propone. De esta manera, sopesar su alcance y vigencia en circunstancias actuales que nos interpelan en varios sentidos.
Previo al tópico propuesto, es muy importante observar el recorrido que hace el pensador español para proponer su reforma intelectual y moral de España por medio de la cultura, la ciencia y la universidad.
Como sabemos, el autor insiste en varias de sus obras en que el primer principio de la filosofía, la primera verdad indubitable de la que tiene que partir, la verdad radical no es ni la existencia de las cosas fuera de mí, ni la existencia del propio pensamiento, sino ‘mi vida’. Este es el primer problema filosófico: mi vida, realidad radical y constitutivamente circunstancial. De ahí que en su primer libro Meditaciones del Quijote aparezca la frase más conocida de él: “Yo soy yo y mi constancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Este primer principio lo llevó al problema de España y su proyecto de la regeneración intelectual y moral, introduciendo la ciencia y la cultura europea de la época.
En esta línea, publica el 26 de abril de 1925 un artículo en el diario La Nación, titulado “Reforma de la Inteligencia”, donde, entre otros aspectos, plantea cómo llevar a cabo la reforma del pensamiento. Complementario a este, publica otro en la Revista Logos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1941, titulado “Apuntes sobre el pensamiento, su teúrgia y su demiurgia”, donde habla de la crisis intelectual y de la inteligencia.
Formas de intelectualidad
Si reflexionamos sobre la inteligencia, dirá Ortega, veremos dos formas o dos actividades diferentes: “Por un lado, el entendimiento sirve para la vida, inventa medios prácticos, es útil. Por otro, construye los edificios más oscuros y superfluos. Así, del enorme bloque de conocimientos que integran la ciencia actual, solo una mínima parte da un rendimiento útil. La ciencia aplicada, la técnica, representa tan solo un apéndice del enorme volumen que ocupa la ciencia pura, la ciencia que se crea sin propósitos ni resultados utilitarios. Nos encontramos, pues, con que es la inteligencia una función predominantemente inútil, un maravilloso lujo del organismo, una inexplicable superficialidad”.
Respecto de la jerarquía de ambas formas de intelectualidad, Ortega defiende la teoría respecto del saber útil: “Lejos de mí todo desdén a la técnica, al pensamiento práctico, pero es evidente que le corresponde supeditarse a la pura teoría. Sin ésta, aquella no podría dar un paso”. Por eso, no hay nada que perturbe tanto, concluye Ortega, la obra de la inteligencia como introducir en ella propósitos de utilidad, que la paraliza y la deja ciega.
Idealismo, escepticismo y racionalismo
Reflexionando sobre el Renacimiento y la Edad Moderna, Ortega observa que la inteligencia se siente tan segura de sí misma que olvida la conciencia de sus límites, invalidando las otras potencias como la voluntad, el sentimiento y el cuerpo. Afirma: “Se siente complacencia en las ideas hasta el punto de olvidar que la misión de la idea es reflejar la realidad. La razón comete entonces su gran pecado, su grave transgresión; quiere mandar sobre el mundo y hacerlo su imagen y semejanza. En vez de contentarse con ser contemplación de lo real, decide ser inspiración”.
Por eso critica a Kant, porque el entendimiento ya no tiene que regirse por el objeto, sino el objeto por el entendimiento, dando la espalda, junto a otros intelectuales, a pensar en las cosas, sino en el deber ser, vacío e insustancial.
Junto al idealismo, será muy crítico del relativismo y del racionalismo. Respecto del primero, dirá que, además de ser una contradicción, niega la fe en la verdad, que es un hecho radical de la vida humana; además, a la postre, el relativismo se convierte en escepticismo, y este último, en una teoría suicida. En definitiva, el relativismo, tratando de salvar la vida, renuncia a la verdad. Por su parte, el racionalismo será un proceso justamente inverso, porque, tratando de recuperar la verdad, renuncia a la vida. Quedando ambas tendencias en una especie de patología intelectual, renunciando a la razón y a la vida. Por esto, Ortega recupera ambos y propone como reforma: la razón vital, que supera a la razón pura.
De la razón pura a la razón vital
Su propuesta de reforma del pensamiento, además de superar el idealismo, el escepticismo y el racionalismo, será pasar de la razón pura, instrumental y utilitaria, a la razón vital que, junto al concepto de vida como realidad radical, encontramos en Ortega como dos de los tópicos más importantes y uno de sus mayores aportes a la filosofía. En su crítica al racionalismo, el autor español no cae en una posición irracional; todo lo contrario, su propuesta es desde la razón.
En Las meditaciones del Quijote anticipaba que el concepto no puede ser una cosa destinada a desalojar la intuición ni la impresión real; por esto, la razón no puede sustituir la vida.
En su libro El tema de nuestro tiempo, afirma: “La razón pura tiene que ser sustituida por una razón vital, donde aquella se localice y adquiera movilidad y fuerza de transformación”. Como se puede leer, al sustantivo razón le adjuntó el adjetivo vital.
Por todo esto, el pensar para Ortega será poner ante nuestra individualidad las cosas según ellas, siendo su misión reflejar ese mundo, acomodarse a ellas de uno u otro modo. Por eso: “…pensar es pensar la verdad, como digerir es asimilar los manjares”.
* El autor es docente universitario UM - UNCuyo.