1 de mayo de 2026 - 15:40

La vitivinicultura ausente: el nuevo mapa productivo que sugiere el discurso oficial

La autora sostiene que la omisión de la vitivinicultura y la agroindustria en el discurso no es casual, sino una redefinición del modelo productivo.

Hay omisiones que son más elocuentes que cualquier anuncio. En el último discurso del gobernador Alfredo Cornejo, la vitivinicultura y la agroindustria, que históricamente fueron la columna vertebral de la economía y la identidad mendocinas, utilizadas durante décadas para mostrar los resultados, prácticamente desaparecieron.

Y en esa dilución da la sensación de que se esconde un cambio más profundo: una redefinición discursiva del lugar que ocupan dentro del modelo productivo provincial, aun cuando en la realidad todavía tienen muchísimo peso y son competitivas.

La única mención explícita a la vitivinicultura, por ejemplo, es, por lo menos, sintomática. Aparece en una línea técnica, casi administrativa: el control de la Lobesia botrana, con 130.000 hectáreas tratadas. Nada más. No hay desarrollo político, ni mirada estratégica ni diagnóstico sectorial. La vitivinicultura queda reducida a un problema sanitario. No hay reconocimiento de la crisis ni nada.

Más llamativa aún es la ausencia del vino como producto. No se lo nombra. Ni como industria, ni como símbolo ni como activo estratégico. Tampoco aparece el enoturismo, una de las principales cartas de presentación de Mendoza al mundo. Lo más cercano surge en el capítulo turístico, donde se destacan la gastronomía, la Guía Michelin, la marca Mendoza y el desarrollo hotelero. Pero incluso allí, el vino queda subsumido, diluido dentro de una narrativa más amplia. Ya no es protagonista: es parte del decorado.

Lo que llama la atención es que las estrellas Michelin y menciones que tiene la provincia son producto, en su gran mayoría, de restaurantes de bodegas, donde el vino y la gastronomía de gran nivel se unen. El turismo de Mendoza está altamente ligado a la producción vitivinícola y a sus productos.

Lo mismo sucede con actividades que son importantes y generan puestos de trabajo y movimiento económico, como la ciruela, la olivicultura y la cereza, por nombrar algunas. O, en todo caso, los clústeres de forrajes, alfalfa u otros productos propios de la agroindustria mendocina que tienen excelentes resultados.

El discurso, en cambio, sí construye con claridad una nueva jerarquía productiva. La minería ocupa un lugar central, con desarrollo, anuncios y una narrativa de futuro. Es interesante porque, si bien es cierto que es una gran apuesta al futuro, tal como desde el mismo Gobierno señalan cada vez que pueden, se trata de proyectos cuyos resultados claros e impactos en la economía probablemente se vean durante la próxima década.

La energía, con el impulso a Vaca Muerta y las renovables, aparece como vector estratégico. Pero el gobernador olvida que los datos de la Secretaría de Energía de la Nación revelan que se produjo una caída del 78% en una década en las inversiones que las petroleras desarrollan en Mendoza, tal como publicó Los Andes.

Se pasó de US$ 515 millones invertidos en la explotación en 2014 a US$ 112 millones en 2024. Pero el descenso es más marcado en las inversiones en exploración petrolera, que resultan fundamentales para poder identificar nuevos recursos en este contexto de envejecimiento de las perforaciones existentes. La disminución en este caso alcanza el 94%: de US$ 107 millones en 2014 a apenas US$ 7 millones en 2024. A esto se suma que, en el primer bimestre de 2026, la extracción de crudo cayó 8% en comparación con el mismo período de 2025.

Por supuesto que un futuro donde Mendoza pueda desarrollar no convencionales es clave, pero la puesta en marcha de cinco pozos es un paso en ese largo camino y no constituye, por ahora, un cambio real de la matriz productiva.

La matriz productiva puede estar en crisis. Pero hay muchos sectores competitivos que no están presentes en el discurso del gobernador. La agenda de la agroindustria además de lógica de desarrollo de negocio, también necesita de una discusión profunda sobre la necesidad de promover cultivos más adecuados o aptos frente a las contingencias climáticas, entre otros, temas.

Es probable que estemos en la famosa crisis del período de transición, donde lo viejo, tal como está planteado, no funciona, pero lo nuevo que sabemos que traerá buenos resultados, si ocurre, está proyectado para el largo plazo. El problema es que, mientras esperamos, algo se tiene que hacer.

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