17 de septiembre de 2026 - 00:30

Algo de ritmo

A lo mejor el desafío de estos tiempos no es solamente aprender a convivir con los algoritmos, por ahí la magia sería descubrir cuáles son las instrucciones que queremos darnos a nosotros mismos. Algo para encontrar nuestro orden dentro de este enorme y divino desorden. Algo que nos ayude a mejorar.

Presidente de FilmAndes

Hay palabras que usamos todos los días sin saber demasiado qué significan. Las pronunciamos naturalmente lejos de cualquier investigación. Algoritmo, por ejemplo. Está por todos lados. En las redes, en las plataformas, en las recomendaciones que recibimos, en aquello que aparece y en aquello que, misteriosamente, nunca aparece.

Decimos “el algoritmo”, como si habláramos de un geniecillo que vive en Silicon Valley y decide por nosotros.

Pero algoritmo no es una palabra nacida en California ni inventada ayer.

La palabra deriva del nombre de un matemático y astrónomo persa del siglo IX: Muhammad Ibn Musa al-Juarismi. Su nombre fue latinizado en la Edad Media como Algorismi, de donde derivó algorismus y, finalmente, nuestro conocidísimo “algoritmo”.

Al-Juarismi vivió en Persia, territorio que hoy llamamos nada más ni nada menos Irán.

Qué paradoja.

¡¡Una de las palabras que mejor representan el mundo tecnológico contemporáneo tiene su origen en un matemático persa en el año 800 dc!! y mientras discutimos si una inteligencia artificial nos va a sacar el laburo, si en unos años los robots nos destruyen, si TikTok nos está cambiando el cerebro o si Instagram sabe demasiado sobre nosotros, resulta que este vocabulario futurista tiene raíces en un hombre que vivió en una civilización que hoy está metida en plena guerra.

Pero volvamos a la palabra.

Un algoritmo es un conjunto ordenado de instrucciones para resolver un problema o conseguir un resultado dice google o sea la enciclopedia que todos consultamos todo el tiempo y que sin dudas se basa en el algoritmo.

Pero ¿Qué problema resuelve un algoritmo?

Respuesta: depende del algoritmo. Puede ordenar números, encontrar una ruta, seleccionar una película, recomendarnos una canción o decidir qué publicación aparece primero en nuestra pantalla.

Tonces:

¿Cuál es el algoritmo que estamos usando nosotros para vivir?

Porque también nosotros repetimos instrucciones; algunas aprendidas, otras heredadas, muchas automáticas.

Miramos el celu, contestamos mensajes, trabajamos, corremos, producimos, consumimos información, opinamos, nos indignamos, volvemos a mirar el celu, nos volvemos a indignar y nos acostamos para comenzar nuevamente al día siguiente y así en un eterno loop, con el mismo ritmo.

Vivimos tiempos extraordinarios. Nunca tuvimos tantas herramientas para aprender, crear, comunicarnos y resolver problemas y la innovación aparece a una velocidad que nos corre siempre desde atrás. Lo que ayer parecía ciencia ficción hoy está “en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero” según nos vendían en el bondi.

Y, sin embargo, tanta innovación tecnológica no garantiza que nosotros sepamos qué hacer verdaderamente, o sí.

Ahí estaría la necesidad de inventar algo propio. ¿Un algoritmo humano?

No para que nos diga qué comprar, qué mirar, qué pensar o con quién calentarnos, algo más sencillo.

Un conjunto de instrucciones genuinas, imperfectas y revisables.

Algo tan elemental como escuchar antes de responder o antes de suponer o antes de opinar. Leer algo que no confirme lo que ya pensamos o conversar con alguien que piense distinto. O hacer algo que no tenga ninguna utilidad inmediata.

Incluso e-qui-vo-car-nos.

Una de las grandes diferencias entre máquinas y humanos es esa posibilidad extraordinaria de fallar un cacho, cambiar de opinión, improvisar y volver a empezar.

A lo mejor el desafío de estos tiempos no es solamente aprender a convivir con los algoritmos, por ahí la magia sería descubrir cuáles son las instrucciones que queremos darnos a nosotros mismos.

Volviendo al persa Al-Juarismi: el cumpa nos dejó una palabra para ordenar problemas y alcanzar resultados, pero mil doscientos años después, podríamos apropiarnos de ese legado para hacer algo distinto.

Algo para encontrar nuestro orden dentro de este enorme y divino desorden.

Algo que nos ayude a mejorar.

ALGO de RITMO (propio).

* El autor es presidente de FilmAndes.

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