14 de septiembre de 2026 - 00:30

Recuerdos a los que pertenecemos

La memoria es difícil de domar a veces y nos otorga situaciones que no vivimos exactamente, pero sí nos marcaron y nos muestran que algo puede no estar funcionando en todo esto que nos rodea.

Hay recuerdos que no son nuestros, sino más bien al revés: nosotros somos de esos recuerdos.

Los recuerdos son indomables y no todos se dejan evocar a voluntad. Algunos irrumpen con un estallido enceguecedor en medio del más repetido insomnio y nos sacuden con violencia para recordarnos precisamente eso: que les pertenecemos.

Me sucede, por ejemplo, con algo que vuelve a mí muchas veces, pero de modo extraño. No por su aparición, sino por su naturaleza. Es que parece un recuerdo propio, vívido y personal, pero no lo es.

El recuerdo del que hablo es la imagen de una habitación de color gris plomo —algo así como un sótano o una buhardilla— donde el olor a podredumbre ni siquiera se respira, sino que parece estar suspendido en el aire. Cuatro personas están allí. La luz es tenue, pero se distinguen dos ventanas pequeñas en lo alto de la pared del fondo. Se hace necesario trepar por una escalera de mano para mirar a través de ellas, pero ¿quién de todos modos va a querer hacerlo?

Eso que vuelve a mí, indómito, no me ocurrió realmente. O, mejor dicho, sí me ocurrió, pero con una intensidad diferente, dramática y tan profunda que aún levanta pavesas en la memoria. El recuerdo regresa, pero no soy ninguno de los que están allí adentro. La acción no me tiene sentado en el centro de la escena: ciego, tullido y odioso como un monarca inútil. Tampoco me tiene dando pasos angustiados alrededor de ese rey deforme, como un bufón amargo que sólo sabe odiar, pero carece de fuerzas para huir. Quiero decirlo con claridad: no soy el protagonista de lo que allí sucede, sino el testigo que lo observa y que, sin embargo, se descubre tan perdido como ellos en ese sótano, en esa buhardilla parecida al fin del mundo.

Tal vez suena confuso, pero la vivencia es brutalmente clara. Sé muy bien de dónde procede esta memoria prestada: es de Final de partida, la fascinante y sórdida obra teatral de Samuel Beckett. La he visto, leído y repasado en montajes con actores y estilos distintos, sin entender del todo por qué, en cada ocasión, la pieza no se limita a ser representada sobre el escenario, sino que me abduce. Me extrae de donde sea que la esté contemplando y me instala indefectiblemente en ese horror que se apaga despacio, igual a un fósforo viejo.

El recuerdo está, e igualmente no soy Hamm —el amo déspota sin dominios y que jamás se pone de pie—, pero lo entiendo. No soy Clov —el sirviente receloso que no puede sentarse—, pero un poco lo soy. ¿Soy Nell o Nagg, moribundos metidos en tachos de basura, desechos humanos que apenas entienden si de verdad existen, atrapados en una constante oscilación entre el deseo y la repulsión? No lo sé.

Cualquiera diría que exagero. Identificarse o compenetrarse con una obra de ficción es una experiencia común. Sucede de madrugada durante una maratón de series de televisión en las que nos sentimos el protagonista. O bajo la ducha, al cantar una melodía cuando repentinamente comprendemos el dolor de la letra no como oyentes, sino como víctimas de un desamor. La empatía es un fenómeno habitual. Sin embargo, no es lo mismo experimentar esa identificación con un drama convencional que sentirla con Final de partida. De verdad que no es lo mismo.

En estos días volví a cruzarme con la obra en una histórica versión filmada para la televisión británica y el vértigo regresó intacto.

Me pregunté qué magia pérfida era capaz de infundir Beckett sobre mí con esa obra estrenada en 1957, cómo había conseguido hacerme parte de ella y de todas esas verdades ininteligibles que, escondidas tras la máscara de lo absurdo, me involucran cada vez.

En un momento de la representación escuché, como si fuera la primera vez, una pregunta devastadora que Clov le formula a Hamm:

—Hay algo que no acabo de entender… ¿Por qué te obedezco siempre, puedes explicármelo?

Y Hamm le responde:

Quizás sientas piedad. Una especie de inmensa piedad.

Me quedé con esas palabras y aquí estoy. Sintiendo lo mismo sin saber explicarlo. Pidiendo lo mismo. Pidiendo piedad por los recuerdos que nos constituyen sin que sepamos bien por qué. Piedad por esas memorias prestadas que nos muestran maniatados a un encierro, incapaces de escapar e incapaces de quedarnos. Piedad para cuando nos vemos reflejados en quienes saben que lo peor no es ver al mundo estallar, sino ver que a nadie le importa. Piedad para ese recuerdo que no nos pertenece, pero al que nosotros sí, irreparablemente, pertenecemos.

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