La segunda, es que Vargas Llosa nunca imaginó que habría defensores del capitalismo que quisieran imitar al comunismo tratando también de traer el paraíso a la tierra (una misión, según él, siempre totalitaria, la hagan los comunistas o los liberales) y, para colmo, suponiendo que el capitalismo es la única verdad.
Para Vargas Llosa no hay una única verdad. El capitalismo, según él, es un sistema imperfecto (a diferencia de Milei que no solo cree que es perfecto, sino que además fue creado no por el hombre sino por Dios) pero quien mejor se ajusta a la naturaleza humana, precisamente porque no busca la perfección, sino simplemente construir la más razonable sociedad posible dentro de las enormes limitaciones humanas y terrenales. Para el presidente argentino, en cambio, el capitalismo bien aplicado no solo es perfecto, sino que busca traer el paraíso a la tierra porque ya estaba en los diez mandamientos (debo, humildemente, admitir, que esa ocurrencia de que el capitalismo forma parte de los diez mandamientos es algo que jamás hubiera imaginada que alguien pudiera pensar).
Milei no deja de reconocer la imperfección coyuntural de la sociedad humana... todavía, pero quiere convertirla en perfecta, lo que ocurrirá cuando el capitalismo se imponga en todo el mundo como única doctrina. Lo cual es exactamente el mayor peligro que Vargas Llosa veía en todas las ideologías: que quisieran trasladar el orden divino al terrenal. Porque tarde o temprano, si buscamos ser lo que no podemos ser, terminamos transformándonos en lo contrario a lo que queremos ser. Como decían nuestros abuelos: el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
Sinteticemos. Según Vargas Llosa el capitalismo, explicándolo desde su ideología eminentemente liberal, es un sistema económico limitado e imperfecto como lo es la naturaleza humana, aunque sea el que mejor haya funcionado a lo largo de toda la historia. Para Milei el capitalismo, explicándolo desde su ideología anarcolibertaria, es un sistema económico perfecto, que ni siquiera creó el hombre sino directamente Dios. Por lo cual de lo que se trata entonces es de traer a Dios a la tierra mediante la aplicación absoluta y exclusiva del capitalismo para vencer a Satán que es el comunismo, expresado en la Argentina por todos los que no piensan como Milei: la casta política corrupta, los periodistas ensobrados, los empresaurios prebendarios y los econochantas aunque sean tan o más liberales que él (es que, aunque no todos esos sean comunistas, consciente o inconscientemente, al oponerse a Milei, son servidores de Satán, sus idiotas útiles). Son todos ellos, según nuestro presidente, los que, con sus conspiraciones permanentes, vienen impidiendo que aún no se haya instalado el paraíso en la Argentina. Cuando en realidad, así como todo lo que hasta ahora ha logrado Milei en temas económicos es de su propio mérito, todo lo que no ha logrado (en particular lo que ya debió haber logrado, como bajar sus resultados macroeconómicos exitosos a la microeconomía) es por culpa de sus propios errores, no de los conspiradores.
En su discurso ante los alumnos, Milei dijo también algo exactamente igual a lo que piensan los kirchneristas, y todos los totalitarismos y autoritarismos del mundo. Algo que es en los hechos implica la negación absoluta del pensamiento liberal más puro. Afirmó Milei: "Con nuestros adversarios políticos, estoy siendo generoso porque la realidad es que cuando uno ve lo que hacen, llamarlos adversarios es darle una estatura moral que no les va".
Está, quizá sin saberlo, copiando a Néstor y Cristina, los cuales siempre creyeron que la lucha política no es entre adversarios sino entre enemigos. Trasladando la lógica de la guerra a la política democrática. Porque quien no piensa como yo, no es alguien con una idea distinta, sino con una idea equivocada, maligna, satánica.
El problema es que estas ideas del presidente actual de los argentinos no son solamente disquisiciones teóricas, sino que se traducen también en políticas prácticas. La lucha que él está librando entre el infierno y el cielo, asumiéndose como el representante celestial, también se ve en su accionar cotidiano. Y es la que lo lleva a cometer sus principales errores. Él, quien según su super asesor Santiago Caputo es la reencarnación, entre otros, de Julio César, debería ser más consecuente con lo que dijera Jesucristo: "Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César". Que Milei se conforme con ser César en vez de querer ser César y Dios al mismo tiempo.
Pero bajemos un poco a los escenarios terrenales.
La tierra
Las grandes reformas macroeconómicas que está haciendo este gobierno, pueden exigir con el tiempo reformas de las reformas para funcionar mejor, pero el modelo en general parece marchar para el lado correcto desde una perspectiva liberal. Por ejemplo, la baja de la inflación va andando bien, con sus más y con sus menos, sin embargo todo indica que está ocurriendo muchísimo más lenta de lo que prometió Milei antes y al iniciar su presidencia. Eso es porque la inflación no es solo un fenómeno monetario por el cual eliminando el déficit y la emisión se acaba ipso facto. En la mente religiosa de Milei la inflación finalizaría de una vez y para siempre en uno o dos meses luego de haber cortado de raíz la emisión y el déficit. Lo juró una y mil veces, pero eso no ocurrió. Sin embargo, no por ello admitió falencias en su dogma, sino que empezó a explicar que la profecía errada se debió a que las fuerzas satánicas se lo impidieron con sus conspiraciones permanentes expresadas en sus intentos reiterados de imaginarios golpes de estado.
Además, por más que la inflación tienda a la baja, nada asegura -y mucho menos en la Argentina- que no pueda volver a subir. Que el superávit ayuda a su caída está bien como concepción teórica, pero en estos dos años éste ha tenido muchos errores en su ejecución. La parte correcta es cuando el superávit se logra por la eliminación de lo innecesario pero la incorrecta es cuando se consigue mediante el desfinanciamiento de lo imprescindible, porque aquí no hay superávit real, sino dibujado. Puesto que tarde o temprano se tendrá que restituir lo injustamente ajustado, so pena de empobrecer estructuralmente a la sociedad mucho más aún. Si habláramos con el lenguaje religioso de Milei, podríamos decir que un superávit logrado mediante el desfinanciamiento espurio nos conduce al infierno, no al paraíso.
En fin, que la inflación tiene causas monetarias es cierto, pero también tiene muchas otras causas que en la mente ideologizada de Milei no pueden existir. Eso es lo que, en enorme medida, demora la baja que el prometió una y mil veces antes de asumir, que sería inmediata y por definición: el no abrirse, el de no complementar sus ideas con otras distintas, aunque tan liberales como las de él.
Aquí, como en todo, se verifica que la concepción económica de Milei no es mala en lo que tiene de liberal, sino en lo que tiene de religiosa, de ideológica, de mística, de certeza indiscutible.
Lo mismo ocurre con el debate entre la macroeconomía y la microeconomía. Sus errores se deben a que también aquí su fundamento teórico no es liberal, sino anarcocapitalista, que no es lo mismo y a veces -muchas veces- son razonamientos opuestos y excluyentes. Para el presidente libertario si el Estado hace funcionar bien la macro, inevitablemente el mercado hará funcionar bien la micro. Pero eso no está ocurriendo y difícilmente podrá ocurrir si se sigue así. El Estado debe intervenir inevitablemente tanto en la macro como en la micro, aunque el Mercado sea el motor que hace funcionar, mover, a una sociedad liberal. Pero el motor necesita conducción, vale decir, alguien que maneje el auto llevando el volante y apretando el freno o el acelerador según corresponda. O sea, el Mercado crea, produce e incluso hasta distribuye riqueza, pero el Estado conduce y controla.
Sino ocurre que las cosas que van bien por arriba, en la macro, no se trasladan hacia abajo, hacia la micro. Algo que lograron, en mucho menos tiempo que el transcurrido desde que asumió este gobierno, todos los procesos de ajuste anteriores, hayan sido conducidos por políticas liberales, estatistas o mixtas. Con Milei es, otra vez, la ideología religiosa, la que obstruye el libre funcionamiento económico. Los beneficios macro demoran tanto en bajar a la sociedad porque Milei no quiere bajarlos con políticas públicas, ya que piensa que tarde o temprano, los bajará el Mercado sin ninguna intervención del gobierno.
El otro debate crucial en estos tiempos, el de los deudores morosos, y también va por el mismo camino. A los estudiantes les dijo que "el nuevo mercado repugnante sobre el que están trabajando (sus enemigos) es el de la morosidad".
Milei considera que el de los morosos no es un problema suyo ni del gobierno, sino entre privados. Cuando es exactamente lo contrario. La morosidad llegada a los extremos a que llegó tiene la importancia simbólica y material que tiene porque es uno de los más visibles efectos concretos de la causa por donde hace agua este modelo: la imposibilidad de bajar a la gente los resultados macroeconómicos. Porque es increíble que con los grandes éxitos económicos que dicen tener por arriba, dos de cada tres familias no lleguen a fin de mes.
El presidente no solo se desentiende de los morosos crecientes, sino que los desprecia, los critica, los minimiza, hace lo contrario de lo que debería hacer un conductor. No solo no le importan, sino que aparte se enoja con ellos. Repite la misma teoría dogmática: yo no me debo preocupar de la micro porque solo me corresponde la macro. La micro es de los particulares, yo les creo el marco para que ellos -entre privados- se las arreglen. Falso, la división entre macro y micro es instrumental, pero la economía es una sola, lo que arregla una arregla la otra, inevitablemente. A no ser que la micro no esté arreglada porque tampoco la macro esté tan bien como se dice. Aunque eso no lo afirmamos porque no lo sabemos. Sin embargo, aunque fuéramos geniales en los grandes números, el creer que no nos corresponden los pequeños, es una tara ideológica fenomenal para solucionarlos, porque al pensar así, no vamos a hacer nunca nada para ello.
Estas cosas basadas en su dogmatismo ideológico-religioso que Milei sostiene enfáticamente, ningunos de sus ministros más serios las piensan, pero no se atreven a contradecirlo por temor a que caigan sobre ellos rayos y centellas. Más cuando el liderazgo de Milei es mesiánico, profético, religioso, místico, según definió con claridad ante los chicos de la ORT y que seguramente ampliará a niveles indecibles en su nuevo libro que pronto presentará, donde explicará las relaciones entre capitalismo y divinidad.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]