Finalmente, en noviembre de 1994, el entonces presidente Carlos Saúl Menem tuvo la insólita idea ya no de negociar con los ingleses como quería Perón ni hacer la guerra como querían los militares, sino la de directamente conversar con los isleños, que eran un poco más de 2000 en esa época, para ofrecerles una jugosa compensación económica a cada uno de ellos (se habló de entre medio millón a un millón de dólares por kelper) a fin de que renunciaran a la soberanía británica y aceptaran la Argentina. La "coima-propuesta" fue rechazada de inmediato. Y desde allí en más sólo nos limitamos a reclamos de todo tipo, pero no más intentos parecidos a los narrados. Hasta que llegó Milei….
La transformación de Milei en malvinero
En abril de 2025, muy probablemente influenciado por el actual embajador argentino ante la Unión Europea, Bélgica y Luxemburgo, Fernando Iglesias (quien escribió un libro donde sostiene que no es posible ni correcto querer recuperar Malvinas sin contar con la voluntad de sus actuales habitantes y en donde critica duramente a la ideología ultra nacionalista y reaccionaria que, según él, se esconde y se refugia tras el reclamo de Malvinas), Milei dio una opinión que se acercó bastante a la teoría de la autodeterminación de los isleños, cuando dijo: “Si de soberanía sobre las Malvinas se trata, nosotros dejamos en claro que el voto más importante de todos es el que se hace por los pies y anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies a nosotros. Por eso buscamos ser una potencia, a punto tal que ellos prefieran ser argentinos, que no haga falta usar la disuasión o el convencimiento para lograrlo”.
Fue tal el revuelo que armó que ya en ese entonces la ministra Patricia Bullrich salió a defenderlo diciendo que no dijo lo que dijo (claro antecedente de su posterior intervención en el caso Adorni y de tantos otros donde debió sacarle las papas del fuego a las insensateces presidenciales). Sostuvo la Pato: "En realidad era para la tribuna, por decirlo de alguna manera. Lo que dijo no tuvo que ver con un concepto de autodeterminación o no, lo que dijo fue que a la Argentina van a querer venir todos cuando sea una gran potencia… Si la Argentina es un país con bienestar, con trabajo, con buenos sueldos, con seguridad, la gente va a querer venir y ahí también los que habitan las Malvinas". Lo que era una forma bastante pobre de tratar de salir por arriba porque esa teoría seguía sosteniendo la autodeterminación de los actuales habitantes de las islas, pero la difería para el momento en que Argentina, gracias a Milei, fuera una potencia más atractiva que Inglaterra, tanto que los kelpers hasta aceptaran cambiar de nacionalidad y las islas de pertenencia nacional.
En realidad, con autodeterminación o no, a Milei la causa Malvinas no era algo que le preocupara, no estaba en sus coordenadas ideológicas libertarias, tan profundamente dogmáticas y alejadas años luz de cualquier tipo de nacionalismo.
Esa posición la mantuvo, por lo menos, hasta el partido que Argentina le ganó a Inglaterra en el Mundial de este año, cuando al final los jugadores argentinos exhibieron en la cancha una especie de bandera donde estaba escrito que “Las Malvinas son argentinas”. Frente a eso, las primeras reacciones de Milei fueron que un partido de fútbol era solo un juego y que el reclamo de soberanía debía canalizarse estrictamente por la vía diplomática. Todo lo demás lo calificó de "nacionalismo berreta, eslóganes berretas, populistas, nacionalistas rancios y patrioterismo barato”. Palabras textuales del presidente peor hablado de la historia argentina (y probablemente de la historia del mundo).
Sin embargo, lo mismo que le ocurrió con el Papa Francisco cuando pasó de llamarlo enviado del demonio en la tierra a Santo Padre al verificar el rechazo de millones de cristianos a su actitud, acá hizo algo parecido cuando descubrió que los argentinos simpatizaban con el gesto malvinero de los jugadores. En principio solo dijo que la reacción de los jugadores fue “natural y esperable dada la emoción del momento”, aclarando que él a quien atacaba era a los opositores, a esa maldita casta que intentaba capitalizar políticamente el hecho con sus ruidos impertinentes y su nacionalismo de pacotilla. Sin embargo, Milei estaba en pleno proceso de transformación interior al ir descubriendo que el nacionalismo no era tan malo como él pensaba, al menos para sus objetivos políticos. Y lo empezó a mirar con simpatía.
Bastó con que el presidente Donald Trump insinuara que no estaba seguro de seguir apoyando a Gran Bretaña en el tema Malvinas para que el presidente argentino se convirtiera en lo que es desde esta semana: el máximo defensor de la causa Malvinas, deviniendo una réplica exacta de Ulises, buscando recuperar las Islas como el griego buscaba conquistar Troya.
Por supuesto que en su discurso en cadena nacional buscó conciliar lo que había dicho en abril de 2025 con lo que dice ahora en setiembre de 2026: que ya están dadas las condiciones objetivas por las cuales es más conveniente para los isleños ser argentinos que ingleses, porque luego de casi tres años de gestión mileista ya somos superiores a los británicos en todo. "No lo digo yo, también lo dice Donald", insinúa Milei. Ahora bien, si los kelpers aun así no eligen adoptarnos como nueva patria, eso ya es problema de ellos, no nuestro.
En su cadena nacional convocando a la unidad de todos los argentinos en el tema Malvinas, Milei hizo una defensa ultra enfática de su gobierno, pura auto propaganda lisa y llana, explicando que, si él no hubiera llegado y hecho todo lo que hizo hasta aquí, recuperar las Malvinas no sería posible nunca jamás. Así lo dijo: "Es importante entender una cosa, tomar estas medidas en defensa de nuestra soberanía sólo es posible gracias a haber rescatado a la Argentina del pozo en el que nos encontrábamos. Hoy, la Argentina va camino a convertirse en una potencia exportadora de recursos estratégicos demandados por todo el planeta, metales, alimentos e hidrocarburos. Esto es posible gracias a la normalización económica, la quita el cepo y al RIGI, que permitieron acelerar la inversión en estos sectores. Porque un país empobrecido no tiene capacidad de imponer costos a quienes intentan vulnerar su soberanía… Un país pobre y sin Fuerzas Armadas, difícilmente puede avanzar de forma efectiva en sus reclamos soberanos… Los Estados Unidos evalúan ese cambio de posición porque saben que en la Argentina tiene un socio confiable, alineado con los valores occidentales, en una posición de relevancia estratégica, que puede ser un aliado valioso en las décadas por venir. Sin ello, nada de esto sería posible…. Si evaluamos las condiciones estructurales de Reino Unido, en cambio, ellos se enfrentan múltiples crisis de carácter migratorio, demográfico y económico, que difícilmente tengan solución. Es claro que ellos recorren un camino de declive, sin embargo, el futuro de Argentina es floreciente y va a prevalecer ”.
En una primera lectura, se trata de un esquema muy parecido al que en su oportunidad sostuvo Galtieri: que los Estados Unidos nos están prefiriendo a nosotros más que a los ingleses como sus aliados y que por lo tanto nos apoyarán en la reconquista de Malvinas. Y que eso ocurre porque la Argentina es el país del futuro mientras que Inglaterra y Europa en general son la decadencia y el pasado.
No obstante, como ahora vivimos en democracia (no en dictadura como cuando Galtieri) y mucha agua ha corrido bajo el puente, el planteo actual de Milei es bastante más sofisticado que el de aquel vano dictador.
Un viaje por la mente del nuevo Milei
Para intentar interpretarlo, lo que ahora trataremos es de introducirnos en la mente del presidente Milei, en base a lo que dijo y en base a lo que suponemos que piensa, para haber realizado un viraje tan inmenso y trascendental de sus anteriores posiciones, por más que trate de conciliar las viejas con las nuevas. No nos engañemos, este cambio de estrategia (y en parte hasta de ideología) es tan absoluto y total como el que hizo con el Papa. O incluso más drástico aún. Lo que en principio no es ni bueno ni malo, porque que un presidente se adapte a las situaciones cambiantes -siempre que no lo haga desde un oportunismo ramplón y de corto plazo- en preferible a que se aferre con uñas y dientes a un dogma. Y más aún Milei, quien hace del dogmatismo un culto. Sin embargo, como Milei no es solamente que tenga un dogma, sino que es dogmático por naturaleza, por ADN, hay grandes posibilidades de que esté cambiando un dogma por otro. ¿Y de qué se trata el nuevo dogma? ¿Cuál es el nuevo relato que ha invadido las neuronas cerebrales del presidente argentino? En nuestra opinión, es el siguiente:
Milei sinceramente cree -y siempre creyó- que todo lo que él hace y piensa es lo mejor del mundo (esa no es una convicción que él basa en datos fácticos, sino que es una estructura de pensamiento inmodificable para la cual solo existen tres tipos de personas: las que piensan como él, las mentirosas y las equivocadas). Por ende, frente a las declaraciones de Trump de que posiblemente lo apoyaría en el tema Malvinas, dijo que eso es posible porque en menos de tres años de su gestión, la Argentina ya había triunfado, que había superado a Inglaterra y que estaban dadas todas las condiciones para aspirar a figurar entre los más avanzados países del mundo. Y eso que recién empezamos….
Sin embargo, algo falló en su teoría en lo que se refiere a su infalibilidad: que, pese a supuestamente haber superado en todo a Inglaterra, los kelpers se siguen negando a rendirse a nuestros pies. Pero ese ya no es un problema nuestro, sino de ellos. Por lo tanto, de lo que se trata es de iniciar el sitio de Malvinas, no para ocupar de forma violenta las islas como en la antigüedad hicieron los griegos con Troya o los militares argentinos comandados por Galtieri en 1982, sino para aislar a Malvinas todo lo posible de Argentina y del resto del mundo, a fin de obligarlos a que tarde o temprano (sean los kelpers o sea el gobierno inglés, o sean ambos, lo mismo da) se avengan a negociar con nosotros. Un sitio que consistirá en crear bases navales, fortalecer la ley de defensa de la soberanía nacional y castigar todo intento de empresas argentinas o que tengan relación con Argentina que hagan negocios con los ocupantes de las islas. Un avance estratégico total sobre el Atlántico Sur a fin de malvinizar enteramente todas las decisiones de política exterior e interior de nuestro país.
Para eso, supone Milei, contamos con el apoyo invalorable de Trump, que no es como el que Reagan simuló ofrecerle a Galtieri. Ni siquiera es como las relaciones carnales que Bush padre y Menem mantuvieron. No, es mucho, muchísimo más. Trump y Milei son un solo corazón. Y con el tiempo, no sólo los presidentes, sino los dos países serán el uno para el otro. Y eso por varias razones:
Primero, ya no existe competencia entre lo que produce Argentina y Estados Unidos como venía ocurriendo hasta hace muy poco. Ahora económicamente somos más complementarios que competidores.
Segundo, Trump es quizá el primer presidente norteamericano que ha decidido tomar en serio a América Latina, por eso hizo lo de Venezuela (aunque relativo, quizá su único éxito internacional hasta la fecha). Junto al apoyo por demás excepcional que le ofreció a Milei para que ganara las elecciones de medio término el año pasado.
Tercero, Milei se ha convertido en su general en jefe latinoamericano, el que recluta presidentes trumpistas, sean libertarios o no, para ponerlos al servicio de la corona imperial y cada día agrega uno más. Ni que decir si sumara Brasil.
Por lo tanto, las razones objetivas para que Trump se la juegue por Milei son infinitamente superiores a las que tenía Reagan para jugarse por Galtieri.
Todas esas ideas, por estos días, están perfectamente instaladas en la mente del libertario. Y en base a ellas actúa.
Milei y Robin Hood
Y eso no es todo. Hay algo más en cuanto a comparaciones históricas se refiere. Algo también crucial: Así como el sitio de Malvinas tiene tantas semejanzas conceptuales con el sitio de Troya, la relación de Milei con Trump es extraordinariamente parecida a la que tuvo Robin Hood con el rey Ricardo I de Inglaterra, mejor conocido como Ricardo Corazón de León.
Resulta que el rey Ricardo se fue a las cruzadas y para cuidarle el trono de los que se lo querían usurpar (su malvado hermano Juan sin Tierra, el equivalente de los demócratas norteamericanos para Trump), Robin de los bosques armó un grupo de arqueros que estaban dispuestos a morir para defender la corona del rey enredado en Medio Oriente y Tierra Santa, de donde no podía volver. Robin y sus leales guerreros, desde el bosque de Sherwood (el equivalente a lo que es para Trump América Latina) defendían los intereses del rey Ricardo. Es para algo casi exactamente equivalente que Milei armó un grupo de presidentes libertarios de primera y segunda generación, de ultraderechistas lisos y llanos y hasta de algún pinochetista, que defienden el reino mientras el rey no está.
El problema de Trump es también singularmente parecido al del rey Ricardo. Éste se fue a una cruzada, lo derrotaron, volvió con una mano atrás y otra adelante y encima, cuando volvía lo tomaron prisionero por un par de años. Los europeos hicieron un montón de cruzadas durante dos siglos (1095-1291) con el objetivo central de conquistar el control de Medio Oriente, Tierra Santa y Jerusalén. Pero al final fracasaron por completo cuando los musulmanes reconquistaron el último bastión cristiano en Acre. Las cruzadas fueron un fracaso completo, los europeos no retuvieron por esos lejanos lares ni un metro cuadrado de Tierra Santa ni de ninguna tierra.
Hoy Trump, está repitiendo de modo muy parecido aquella historia. Quiso hacer con Irán lo mismo que hizo con Venezuela, pese a que todos sus especialistas serios le advertían de lo peligroso que era, y ahora está sitiado en Medio Oriente, cerca de Tierra Santa, en una guerra donde por cada cohete de cinco millones de dólares que los yanquis arrojan sobre los iraníes, éstos le responden con un cohetito de cinco mil dólares sobre algún país vecino aliado de EEUU y con eso solo los están volviendo locos. Por lo tanto, Trump no puede ganar esta guerra, pero tampoco puede permitirse reconocer una derrota de tamaña magnitud. En consecuencia, está, como Ricardo Corazón de León, varado en Tierra Santa. Es por eso que "Robin Milei" le cuida sus dominios uniendo a toda la Latinoamérica leal a su favor. A cambio, Trump le propone ayudarlo para quitarle Malvinas a los ingleses y devolverla a sus legítimos soberanos. Un pequeño favor a cambio de los tantos que le viene haciendo el libertario al rey del mundo aprisionado en Tierra Santa.
El mundo según Trump y Milei
Es sobre estas premisas que Milei se acaba de transformar de la noche a la mañana en un nacionalista acérrimo, que ha iniciado el sitio de Malvinas como Ulises inició el de Troya (esperemos que demore menos tiempo que los griegos en su conquista) mientras que desde el actual bosque de Sherwood que es América Latina, la nueva Armada Brancaleone de esperpénticos presidentes conducidos por el libertario argentino, le cuida sus posesiones al emperador inmovilizado en Medio Oriente y en Tierra Santa.
En fin, que estamos asistiendo a un curioso experimento político internacional donde la Argentina es un actor principalísimo, del cual nadie tiene la menor idea de cómo terminará. Si Milei logrará conquistar su Troya como hicieron los griegos. O si Trump fracasará rotundamente en Medio Oriente como ocurrió con las Cruzadas.
La historia es un jardín de senderos que se bifurcan y el momento actual puede bifurcarse para cualquier lado. Lo único cierto es que de triunfar este extraño proyecto manejado por los políticos más excéntricos que sea dable imaginar, los manuales de historia deberán reinscribirse todos. Y hasta quizá debamos resetear el modo usual de razonar de nuestras mentes.
Frente a circunstancias tan extraordinarias, que Milei quiera sacar algún provechito político electoral circunstancial con tamaña transformación ideológica y política, es un tema absolutamente menor. Sobre todo, en el interior de su mente, donde ya debe estar pensando que, si todo sale bien, de ser comparado con Ulises y Robin Hood, podrá pasar a devenir un alter ego de Napoleón o Alejandro Magno, cuando menos.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]