Estatistas, liberales y anarcocapitalistas

El estadista, el político de verdad es aquel que desde el Estado piensa en hacer grande la Nación. Pero en la Argentina actual no tenemos estadistas, sino estatistas que creen que el Estado es la Nación versus anarquistas que creen que para que exista Nación no tiene que existir Estado.

El presidente Javier Milei se define como anarcocapitalista, que es una teoría económica que nunca se ha aplicado en ninguna parte del mundo, por lo que la Argentina otra vez vuelve -al menos en las palabras- a ser una excepción mundial. Cosa que lo ha sido muchas veces en su historia, pero casi siempre por lo negativo salvo, quizá, en una única oportunidad: cuando en la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX un liberalismo republicano nos hizo soñar con la posibilidad de devenir la gran potencia latinoamericana: los Estados Unidos de América del Sur, el sueño compartido de dos rivales, Alberdi y Sarmiento. Pero esa excepción fue la excepción (perdonando la redundancia), no la regla. La regla es la de un país que lleva décadas de decadencia (ya podríamos hablar de un siglo), donde se aplique la política que se aplique, todas terminan mal, como terminó incluso esa gran ilusión liberal alberdiana, porque no supo o no pudo permanecer en el tiempo. Lo contrario a lo que ocurrió en los Estados Unidos de América del Norte.

Hoy Javier Milei parece estar absolutamente convencido de que su gobierno revertirá ese siglo de decadencia y recuperará, ahora de modo permanente pero actualizado, al viejo país liberal. Puede ser, ojalá que lo sea. Pero hasta ahora lo que se puede observar es que en su gestión conviven dos actitudes contradictorias.

La esperanzadora es la que tiene relación con esas tres metas que desde siempre se fijó Milei, que son eminentemente liberales en el mejor sentido del término: la austeridad, el superávit y la inflación cero. La austeridad implica ser medido, mesurado, moderado con el gasto público siempre y en todo lugar. El superávit indica que no se debe gastar más de lo que se tiene. Y la inflación cero (o casi) es la utopía de todo argentino que no le roben nunca más la plata que tiene en su bolsillo, no mediante el hurto literal de una parte de sus billetes, sino desvalorizándolos todos, haciendo que cada vez pueda adquirir menos bienes con el mismo dinero.

Si el mileismo impone esos tres objetivos y los incorpora definitivamente en la cultura política y económica argentina como Alfonsín lo logró con la democracia republicana, que sobrevivió a su creador hasta la fecha, todos sus deméritos serán secundarios. Pero debe hacerlo no sólo en los logros económicos de su gobierno, sino incorporarlos en la psicología social de los argentinos, para siempre.

Nobleza obliga admitir que Milei se aferró y se aferra como dogmas de fe a estos tres objetivos. Incluso aún más notable fue que pudo lograr que la gente asumiera como un hecho positivo el costo del ajuste. Porque el ajuste fue la gran promesa de campaña del actual presidente, una promesa que, al menos durante el primer tiempo, pedía sufrimiento antes de recibir beneficios. Y la mayoría social, aun así, lo votó. O más, lo votó principalmente por eso. Bien Milei en eso.

Había claro, una razón previa para que la sociedad votara así. Que el kirchnerismo llevó al extremo una cultura económica horrible que lo precedía porque la aplicaron -o no pudieron dejar de aplicar- todos los gobiernos durante infinitas décadas, también basada en tres principios: el subsidio, el déficit y la inflación como los modos centrales de distribución social. Una redistribución que más tarde o más temprano termina haciendo explotar al país porque no se puede dar más de lo que se tiene. A Milei la gente lo votó para que viniera a cambiar de raíz ese falso distribucionismo que, paradójicamente, mientras más nos daba, más pobres nos hacía.

Pero el problema es que el presidente es, ideológicamente, una vertiente muy desviada del liberalismo clásico. Y que puede hacer peligrar, si se empeña en aferrarse a su dogmatismo fundamentalista anarcocapitalista, los logros verificables e indispensables para que la sociedad acepte que realmente hemos entrado en una nueva era económica, esta vez exitosa.

En particular, porque no hay política de shock que dure tres o más años ni cuerpo que lo resista. Porque, así como está mal gastar más de lo que se tiene, también está mal no gastar en lo imprescindible para que el ajuste pueda ser socialmente viable y económicamente razonable. Una cosa (que es aplicable tanto al cuerpo humano individual como al social) es adelgazar sacando la grasa que sobra, pero otra absolutamente opuesta es "dibujar" el ajuste manteniendo el superávit no con métodos genuinos, sino con el dinero de la obra pública que no se hace o desfinanciando brutalmente la educación superior, tanto a la universidad pública como la ciencia estatal, solo para citar dos ejemplos que se podrían multiplicar por muchos más.

El hospital de campaña con motosierra sirve para curar a los heridos de guerra para que no se desangren y salven su vida. Pero si la concepción ideológica es la de hacer del país un hospital de campaña permanente, eso no va a construir nada bueno. Si se ajusta mutilando, lo que se ahorra ahora multiplicará el gasto mañana.

Ser dispendioso hace que el Estado se endeude para gastar por encima de lo que el país produce. Pero hacer mal el ajuste conduce a no gastar en cuestiones imprescindibles que, en el futuro, al no haberlas hecho hoy, traerán más costo político y económicamente hasta pueden salir más caras que haberlas hecho cuando se debió hacerlas.

Insistimos, adelgazar la grasa de un Estado fofo, inútil y prebendario o eliminar los privilegios de las corporaciones es una lógica sana. Pero no hacer obra pública o desfinanciar las universidades y la ciencia, solo logrará (en realidad, ya está logrando) que las rutas rotas atenten contra la producción y la vida de las personas y que en las universidades y en los institutos de ciencia se queden los académicos que no se pueden ir a otro lado, pero se vayan los que sí se pueden ir, o sea los más capacitados, competitivos o requeridos. Una cantidad enorme de especialistas que están dispuestos a perder plata a cambio de fortalecer con su aporte la universidad pública o la ciencia argentina, pero no a que los humillen como los humilla este gobierno, no solo porque le achica hasta lo inverosímil el sueldo sino porque hasta los descalifica ideológicamente.

Y eso nos lleva a una dura conclusión: A la larga, ajustar destruyendo caminos y rutas o empujando al exilio a los mejores científicos y académicos, si se generaliza como concepción a todos los temas, en tan negativo como distribuir lo que no se tiene. O sea, el dispendio garantiza casi inevitablemente el fracaso desde su misma concepción, pero el ajuste, si se lo aplica mal o dogmáticamente, puede llevar al mismo fracaso que su opuesto.

Por otra parte, enorgullecerse y mostrarse exitoso y feliz porque "se hizo el ajuste más grande del mundo en el lapso más corto del mundo" ya de por sí es una actitud no solo fanfarrona sino profundamente equivocada. Ningún gobernante puede alegrarse con el dolor de su pueblo, aunque sea necesario imponerlo por un tiempo. Además, puede conducir, como de hecho está conduciendo en el tercer año de gobierno libertario, a que los ajustadores se enamoren del ajuste. Muy probablemente esa actitud festiva ante el dolor puede ser una de las principales causas de que los supuestos logros económicos cuesten tanto que bajen a la sociedad de a pie. Porque para Milei el ajuste no es un medio, es un fin. No todos en el gobierno piensan igual, pero (casi) todos se callan. Pero eso ya no es economía, es psicología del poder, la que crea una enfermedad muy original: la obsecuencia ante el poderoso y el silencio ante sus errores.

¿Y por qué para Milei el ajuste y el shock permanentes son más un fin que un medio? Porque es más anarcocapitalista que liberal. Para el liberal clásico el Estado es la nación jurídicamente organizada, para el anarquista es un mal, el refugio de la casta, algo que debe desaparecer. En la lógica de Milei, él está adentro del Estado para que mañana no haya más Estado, para socavarlo desde dentro. En todo caso, el Estado, como máximo, debe ordenar las coordenadas macroeconómicas, pero no mucho más. Bajar los beneficios de ese esfuerzo a la sociedad, no es un tema del gobierno, sino de la libre competencia entre privados, de la oferta y la demanda llevada a su extremo absoluto. Del redistribucionismo estatal irracional, pasamos ahora a una sociedad que se pretende sea manejada enteramente por el mercado.

El Estado liberal se creó para evitar que el hombre sea lobo del hombre, que siempre lo es inevitablemente cuando no tiene instituciones que lo controlen y limiten. Está en la naturaleza humana ser controlada en sus excesos. Pero el anarquismo cree que la naturaleza humana liberada de todo control estatal alcanzará la libertad plena que hoy está limitada precisamente por los controles. En eso la contradicción entre liberalismo y anarquismo es total, sea el anarquismo de derecha o de izquierda.

Tanto los conservadores de la década del 30, como el peronismo liberal de Menem, o incluso el estatismo de Duhalde, a los cuales les tocó hacer un ajuste tan o más grande y doloroso que el que debió hacer Milei, a los pocos meses o cuando mucho al año, convocaron a un economista especializado en desarrollo, que eso fueron Pinedo, Cavallo y Lavagna. Y en brevísimo tiempo los beneficios de la austeridad estatal se tradujeron en beneficios para los de abajo. Pero para Milei el desarrollo es una palabra comunista si se practica desde el Estado. Para él, el desarrollo es un tema entre privados. Por eso, ya casi llegando a los tres años de su gobierno, no bajan los buenos números de la macro a la micro. O peor, por más que mejore la macro, la micro empeora. Y si sigue en esta tesitura, llegará el día en que hasta la macro empeorará al no poder traducirse en la micro. Y eso es porque una macro que no arregle la micro, no es una buena macro.

Es que el anarcocapitalismo, tal como estamos viendo en la primera experiencia práctica mundial que es la aplicada hoy en la Argentina, aparte de no querer bajar los beneficios del progreso a la sociedad ya que por su concepción teórica piensa que esa es una cuestión entre privados, tiene un defecto aún peor; que, aunque quisiera bajar los beneficios no sabe cómo hacerlo porque eso no esté en su caja de herramientas teóricas. Por lo cual, de seguir así estamos condenados al ajuste infinito. No al ajuste gradual como proponía Macri (al que ahora condenan por tibio y gradualista) sino al ajuste por shock permanente, que cuando devenga insoportable para la mayoría de la sociedad, se corre el riesgo de que se vuelva otra vez atrás. Porque lo grave no es que Milei gane o pierda su reelección, sino que, en un caso u otro, los grandes principios conceptuales de la austeridad, el superávit y la inflación cero sean acusados como los culpables de lo que, en caso de fracasar, no fue por culpa de esos principios sino de una pésima instrumentación, o de su tergiversación.

El estadista, el político de verdad es aquel que desde el Estado piensa en hacer grande la Nación. Pero en la Argentina actual no tenemos estadistas, sino estatistas que creen que el Estado es la Nación versus anarquistas que creen que para que exista Nación no tiene que existir Estado. El liberalismo integral, en cambio, implica construir una república pletórica de instituciones y de controles para que la sociedad pueda desenvolverse con la mayor libertad posible, pero con reglas claras establecidas legal y culturalmente. Los estatistas son corporativos y subsidiadores. Los anarcocapitalistas creen que cada uno debe salvarse por sí solo porque consideran a la ley de la oferta y la demanda sin traba estatal alguna, como la institución social que siempre conduce al triunfo de los mejores. Lo cual es falso de toda falsedad. Para la democracia más larga y más desarrollada del mundo, la norteamericana, es tan importante que el mercado sea el motor principal de la economía, como que las leyes antimonopolios sean la garantía para que la libre oferta y demanda no conduzca, como conduce inevitablemente sin control estatal y social, a la máxima concentración, al gobierno y a la sociedad al servicio de los más ricos, más poderosos e inescrupulosos. Por eso el anarquismo no funcionó nunca en ninguna parte, porque desprecia el papel positivo del Estado. Y peor que peor es el anarcocapitalismo de derecha que defiende Milei. el cual estimula la formación de monopolios porque no considera que impliquen la eliminación de la competencia sino el triunfo de los más capaces para competir. Una paradoja colosal del anarcocapitalismo: que quien sea capaz, a través de la libre oferta y demanda eximida de toda regulación estatal, de acabar con todos sus competidores es el que mejor supo competir. O sea, el monopolio es la fase superior del liberalismo, para el anarcocapitalista.

El estatismo, donde se lo aplicó, fracasó siempre. El liberalismo bien aplicado, fue la base económica y cultural del triunfo de los países capitalistas desarrollados de Occidente. En la Argentina, en cambio, nos encontramos ante lo opción de volver a lo que siempre funcionó mal, o si no arriesgarnos a experimentar algo que nunca funcionó porque jamás nadie lo aplicó. Si esas son las dos únicas opciones que nos ofrecen nuestros políticos, los argentinos no tenemos destino.

Es por todo esto que estamos argumentando que Milei se enfrenta, y nos enfrenta a los argentinos, a una crucial encrucijada histórica: Si el presidente opta por anteponer los grandes principios del liberalismo a su dogma anarcocapitalista, tiene grandes posibilidades de que la vaya bien. Sino deberemos incluirlo en la larga lista de los fracasados.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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