La seducción por la barbarie

Desde que comenzó el siglo XXI, la izquierda violenta y la derecha golpista, que -mayoritariamente- se habían democratizado a partir de 1983, volvieron a reivindicar con nuevos modos sus viejas ideas al apoyar a los líderes populistas que aparecieron por izquierda y por derecha. Otra vez se dejaron seducir por la barbarie.

Civilización y barbarie no son dos almas argentinas separadas, son -desde siempre- las dos caras de la única alma de los argentinos. Aún en distintas proporciones, todos tenemos una parte de una y de la otra, a veces de maneras casi indistinguibles. Es uno de nuestros más graves problemas culturales al que difícilmente podamos superar porque ya está muy dentro de nosotros. Deberemos convivir con él y controlarlo. Hasta que quizá con el tiempo….

No obstante, hubo un avance importante durante los primeros años de la democracia, desde 1983 hasta el inicio del siglo XXI.

En la era Alfonsín se democratizó la política. La república democrática pasó a ser el único sistema político existente de allí en más, al cual sus enemigos ya no buscarían reemplazarlo por otro, sino, en todo caso -como veremos más adelante-, corroerlo desde dentro.

En la era Menem se democratizaron todos los políticos. Al caer el muro de Berlín y la URSS, los políticos y economistas de ideología liberal que antes defendían los gobiernos militares (e incluso formaban partes de ellos) fueron dejando de lado la defensa de los autoritarismos y terminaron de democratizarse definitivamente con el macrismo.

Del mismo modo, los que defendían las ideologías totalitarias del otro signo, al quedarse sin la URSS que implosionó y sin la China, que después de Mao se hizo capitalista, se transformaron en “progresistas”, que en los años 90 fue la denominación de los izquierdistas que aceptaban renovar sus ideas adaptándolas a la democracia liberal, renunciando a la violencia revolucionaria para la toma del poder (como los liberales renunciaron a apoyar el golpe militar).

Así, en los años 90 los liberales ex golpistas se incorporaron a la democracia vía el menemismo que los sumó a su gobierno, y los progresistas ex revolucionarios se incorporaron a la democracia denunciando la corrupción del menemismo.

De allí en adelante, salvo minorías insignificantes de fanáticos de ambos lados (Rico, Seineldín, por los militares; Gorriarán Merlo por los guerrilleros), la democracia republicana fue el terreno donde los violentos de antes aceptaron cultivar pacíficamente sus ideas.

Sin embargo, todo cambió con los Kirchner porque los progresistas que durante el menemismo fueron los principales críticos de la corrupción en democracia, con el kirchnerismo dejaron de atacar a la corrupción porque la practicaba un gobierno que defendía sus ideas. Según lo reconoció el mismo Néstor Kirchner, sabedor de que los principales críticos de la corrupción eran de izquierda, se convirtió a sus ideas, se hizo discursivamente como ellos, y de ese modo neutralizó la crítica de los progres a su corrupción, quizá la más grande -cuantitativamente hablando- de la historia argentina.

Después de ser derrotada electoralmente Cristina, cuando ya era evidente lo que había ocurrido con la corrupción durante todo el kirchnerismo, la inmensísima mayoría de los progres siguieron negando los hechos evidentes (y aún hoy lo siguen negando, pese a que su líder Cristina está presa por corrupción mediante procesos judicialmente impecables). Y, paradojalmente, los más honestos o menos ideologizados tuvieron en Hernán Brienza (un intelectual kirchnerista fanático pero que no participó personalmente del festival de la corrupción), al más crudo defensor de lo peor del kirchnerismo. Brienza, a diferencia de todos sus compañeros de ruta (que negaban lo evidente), admitió que los gobiernos K fueron corruptos, pero consideró necesario y hasta positivo que lo fueran, con las siguientes palabras que seguramente quedarán en la historia por los siglos de los siglos, para demostrar la total compenetración entre civilización y barbarie en los “Ilustrados” que defendieron la parte bárbara del kirchnerismo. Dijo Brienza:

"La corrupción –aunque se crea lo contrario- democratiza de forma espeluznante a la política. Sin la corrupción pueden llegar a las funciones públicas aquéllos que cuentan de antemano con recursos para hacer sus campañas políticas. No hay que ser ingenuos. Sólo son decentes los que pueden «darse el lujo» de ser decentes. Sin el financiamiento espurio sólo podrían hacer política los ricos, los poderosos, los mercenarios, los que cuentan con recursos o donaciones de empresas privadas u ONG de Estados Unidos ¿Ustedes se imaginan a las fundaciones de la CIA «bancando» las campañas políticas que defiendan los intereses nacionales?

Obsérvese que para Brienza la corrupción es un instrumento político fundamental para la toma del poder por los sectores que él ideológicamente defiende. O sea, no es un defecto a tolerar, sino una virtud en sí misma si la practican los suyos.

Igual que lo que les pasó a los progres cuando la corrupción se practicó desde gobiernos con ideologías de izquierda, le está pasando ahora a los liberales que se quedan callados cuando el mileismo, porque económicamente sostiene las propuestas que éstos siempre defendieron, adopta en lo político y cultural ideas populistas por derecha o sigue dividiendo a la sociedad entre amigos y enemigos. Para citar solo los dos grandes últimos casos concretos, Milei apoya denodadamente a indefendibles como Adorni (cuyas sospechas de corrupción son bastante más que sospechas) o en nombre de sus intereses exclusivamente partidarios, el presidente libertario produce entre la Argentina y Brasil un conflicto de gravedad inusual al acusar de corrupto al presidente Lula, a la vez que reivindica como héroe nacional a Jair Bolsonaro que está preso por haber intentado un golpe de Estado en la democracia brasilera. Por si fuera poco, el biógrafo del presidente y uno de sus más arduos defensores, Nicolás Márquez, reivindica a los golpistas del 76 con lo cual la democratización del liberalismo sufre un grave retroceso, cuando vuelve a tolerar en sus filas a defensores de los golpistas y genocidas. Para colmo, además de Márquez, los militantes de las redes sociales que apoyan a Milei (la mayoría cuadros políticos del "asesorísimo" Santiago Caputo) defienden ideas antidemocráticas, lindando con el fascismo.

Pero lo peor no son esas actitudes cavernícolas gestadas por dinosaurios políticos, sino que muchos liberales y republicanos auténticos devienen bárbaros ante todo esto. Y así como Brienza defendía la corrupción del kirchnerismo como un hecho “democratizador”, estos republicanos simpatizantes de Milei callan ante lo que saben que no está bien o incluso lo justifican o defienden.

También quedará en la historia (triste) una nota del muy respetado economista liberal Alberto Ades que se metió en lo que menos sabe y preso de un fervor inédito por la barbarie, el civilizado profesional republicano defendió el insulto, el grito y la división con los que habla Milei como algo estratégicamente inevitable e incluso positivo. Así lo dijo el año pasado:

"La convicción fundante del mileísmo es que la Argentina ya no admite reformas graduales; que el reformismo clásico, basado en el consenso, ha fracasado. Las formas deben ser confrontativas. El fondo no camina solo. Necesita formas que lo impulsen, lo defiendan y lo traduzcan en acción política. No se busca persuadir al adversario, sino movilizar a los propios a través de una narrativa identitaria. La confrontación cumple, por lo tanto, una función estratégica. Por eso, el grito no es solo un exabrupto emocional: también es una herramienta de poder… No se polariza solo por rechazo: también se polariza por diseño. S u discurso no busca convencer a los escépticos, sino reforzar la identidad épica de quienes lo siguen. El Congreso se convierte en un escollo a sortear, no un espacio para alcanzar consensos. Y las redes se constituyen en el campo de batalla.

Obsérvese que para Ades, el grito, el insulto, la división, el conflicto no son formas que hay que tolerar o soportar en tanto y en cuanto se cumpla el programa económico liberal, sino que son instrumentos políticos fundamentales para la toma del poder por los sectores que él ideológicamente defiende. O sea, no es un defecto a tolerar, sino una virtud en sí misma si la practican los suyos.

Brienza por el kirchnerismo y Ades por el mileismo son los defensores más explícitos que he leído, de lo peor que tienen los gobiernos que ellos defienden. No callan lo malo ni lo horrible, no son meros cómplices por el silencio, sino que lo transforman en lo bueno y lo mejor siempre y cuando lo practiquen los líderes que comulgan con sus ideas. Eso es barbarie lisa, pura y llana.

Es muy difícil de explicar intelectual y éticamente como gente decente, seria y con claros principios republicanos y democráticos, de un lado y del otro, primero toleran como mal menor, pero de a poco van justificando, luego explicando y finalmente defendiendo a las aberraciones de los gobernantes que ideológicamente piensan como ellos solo porque piensan como ellos, con la excusa de que no avancen los del otro lado. Robar para Brienza está bien si lo hacen los kirchneristas. Insultar, agredir y dividir está bien, para Ades, si lo hacen los mileistas.

Así, para que no regrese el otro (recuérdese que en lo lógica de kirchneristas y mileistas "el otro" nunca es el adversario con el que hay que competir, sino siempre el enemigo al que hay que destruir, siguiendo, tanto por izquierda por derecha las teorías del principal teórico del nazismo, Carl Schmitt) en vez de querer que no vuelva porque los del lado propio hagan mejor las cosas, se acepta y se justifica todo, hasta lo peor de lo peor, mientras lo hagan los “nuestros”.

En síntesis, los progres que en los 90 fueron los abanderados de la lucha contra la corrupción y aceptaron a la democracia como único modo de vida, desde el advenimiento del kirchnerismo sostienen como sus líderes a los más corruptos mientras sigan hablando ideológicamente como ellos. La consecuencia de tan deplorable actitud es que otra vez los de izquierda empiezan a acusar de enemigo "neoliberal" a la república y apoyan como faros a Cuba, al chavismo y hasta a la teocracia iraní porque es enemiga de tu enemigo, vale decir, los EEUU. Mientras que muchos liberales, desde el advenimiento del mileismo han vuelto a ser complacientes con muchas cosas de las viejas dictaduras, reivindican como propios a fascistas netos y claros como el húngaro Orbán o los españoles franquistas de Vox, y toleran como apólogos del presidente a gente que reivindica a las dictaduras militares de modo explicito. Y a un montón de gente que ha copado las redes para defender a Milei desde el fascismo más repugnante.

Los progres kirchneristas y los liberales mileistas no parecen ni quieren entender que la mejor forma de ayudar al que vós defendés ideológicamente porque supuestamente comparte tu modo de pensar, es criticar incluso más duramente que los opositores, todo lo que tu líder dice o hace que no sea coherente con las conductas que vós considerás como las correctas. Es que cuando se impone la seducción por la barbarie, el silencio primero, la justificación después y finalmente la defensa de lo indefendible, terminan ganando.

Mientras esto siga así, la política seguirá siendo una lucha entre dos extremos que, aunque se odien y se consideren uno la antípoda del otro, en los hechos se tocan conceptual y prácticamente en un millón de cosas, mientras que los moderados de un lado y del otro -que no toleran ni la corrupción k ni los insultos ni las desviaciones antirrepublicanas mileistas- o se disgregan o forzados terminan votando a un extremo o al otro como el mal menor. Con lo cual el eterno retorno está asegurado por siempre jamás.

En síntesis, como lo pronosticó Sarmiento, la Argentina y los argentinos jamás podrán salir de su decadencia mientras en vez de superar la barbarie con la civilización, consideren a la civilización y a la barbarie como dos partes complementarias de su alma nacional.

Finalicemos con estas certeras palabras del politólogo Roberto Starke que nos advierte del principal desafío que tenemos hoy: que la democracia se vacíe desde dentro. Tanto por los progresistas kirchneristas que toleran la corrupción de sus líderes como por los liberales mileistas que toleran todas las actitudes antirrepublicanas de sus líderes. Dice Starke:

"Las categorías clásicas de la ciencia política comienzan así a desdibujarse: lo que observamos no es una ruptura clara con la democracia ni un deseo abierto de sustituirla, sino una metamorfosis incierta. Debates públicos convertidos en espacios de insulto, líderes que utilizan las tribunas institucionales para deslegitimar sistemáticamente a sus adversarios, y oposiciones que abandonan la crítica de envergadura para abrazar estrategias de sabotaje y de morbo golpista. En otras palabras, prácticas profundamente antidemocráticas no reemplazan a la democracia, sino que se desarrollan en su interior. Aparentan no querer destruirla, sino buscar su lugar dentro de ellas. La conclusión es incómoda, pero imposible de esquivar…. Durante buena parte del ciclo democrático de fines del siglo XX, la aspiración dominante era integrar, moderar y persuadir. Hoy, en cambio, el sistema recompensa a menudo a quien divide mejor, irrita más y logra convertir frustraciones dispersas en identidades compactas".

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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