Algunos datos
Antes que nada, para ubicarnos en el tiempo en que transcurre la historia que narra esta nota, recordemos algunos fechas, datos y hechos significativos.
Durante todo el Mundial, Scaloni y Messi presidieron "culturalmente" a la Argentina con su comportamiento público ejemplar. Fueron nuestros días felices, porque nos tomamos un descanso en lo que se refiere a la grieta eterna, al grito desaforado, al insulto destemplado, a la desconfianza de todos contra todos, a la soberbia, a la falta de humildad.
Antes que nada, para ubicarnos en el tiempo en que transcurre la historia que narra esta nota, recordemos algunos fechas, datos y hechos significativos.
El affaire Adorni salió a la luz pública el 7 de marzo cuando se descubrió que su mujer se había colado en el avión presidencial. De allí en adelante no pararon de saltar escandaletes sobre su incremento patrimonial hasta el 27 de junio, que es cuando renunció o lo echaron (lo mismo da). La agonía duró 3 meses y 20 días en los que el gobierno se mantuvo semiparalizado.
El 11 de junio comenzó el Mundial de Fútbol y se prolongó hasta el 19 de julio. Durante ese lapso los argentinos se tomaron unas vacaciones de la política. La Argentina jugó su primer partido el 16 de junio.
La consultora Reale Dalla Torre realizó una encuesta nacional entre el 24 y el 28 de julio (casi una semana después que finalizara el Mundial) donde, en uno de sus capítulos, estableció algunas correlaciones entre Scaloni, Mesi, el equipo que ambos lideraron y la política argentina. Sus principales conclusiones fueron las siguientes:
El 81,8% de los argentinos tienen plena confianza en Scaloni y el 81,5% en Messi. En cambio, solo el 16,8% tienen confianza en el Chiqui Tapia.
La pregunta central fue acerca de qué valores de los que representaron Scaloni y Messi en la selección, les gustaría ver en la política argentina. De lejos el más deseado fue el de “unir en vez de dividir”. A esos le siguieron: “Esfuerzo y mérito”, “Trabajo en equipo”, “Orgullo y esperanza, no bronca” y “Humildad y perfil bajo”.
Finalmente se preguntó si creen que Scaloni, en el caso de dedicarse a la política, podría trasladar esos valores de lo deportivo a lo político. Allí las opiniones se dividen: 41,7% piensa que sí, 32% cree que no y 26,3% lo duda.
Desde el primer momento que estalló el caso Adorni, cada vez con mayor intensidad, tanto los que quieren que a Milei le vaya bien como los que quieren que le vaya mal, e incluso los que le da lo mismo, le dijeron (sus espadas políticas más íntimas, también lo pensaban aunque los únicos que se animaron a hablar fueron Patricia Bullrich y Guillermo Francos) que el ex vocero y luego jefe de gabinete era un muerto político al que debía sacar del escenario cuanto antes porque cada día era un costo político más y con intensidad creciente. Interesado en experimentar con su omnipotencia, el presidente lo sostuvo más de 3 meses, con lo que solo probó dos cosas: que él no es omnipotente, y que no se puede hacer renacer un muerto. Finalmente, perdido por perdido, decidió deshacerse del pesado e inútil bulto a los pocos días de iniciado el Mundial de fútbol para que pasara lo más desapercibido posible. Pero lo cierto es que durante esa friolera de días y de meses, el gobierno nacional perdió casi enteramente el manejo de la agenda pública y toda iniciativa política. Un error monumental, para peor advertido por todos desde el primer día del affaire que tuvo como protagonista a un minúsculo corruptillo. Como dijimos en su oportunidad, era ridículo gastar tanta agua para apagar tan poco fuego.
Mientras, en pleno Mundial, el hombrecillo era alejado lo más discretamente posible del gabinete, el gobierno exhausto, aún con su despido, no pudo (y ni siquiera intentó) recuperar ninguna iniciativa política porque la atención casi exclusiva de la inmensa mayoría de los argentinos se concentró en la selección argentina de fútbol, quien, en esta ocasión, fue bastante más que un equipo deportivo. Por 39 días expresó, simbolizó lo mejor de la Argentina en casi todos sus aspectos. Y no principalmente por sus triunfos deportivos, sino por su comportamiento público. Messi fue el capitán ejemplar, cuya genialidad en su arte se dio la mano con la sencillez y humildad en sus actitudes de un modo difícil de ver en un astro de su magnitud. Y Scaloni convirtió, sin buscarlo ni quererlo, a sus conferencias de prensa en sustitutos de las cadenas nacionales presidenciales, porque sus declaraciones le hablaron al pueblo argentino como éste quería que le hablaran, y, además, quiere hablar. Como se dijo un millón de veces, esta selección en sus conductas representó a lo mejor que tenemos, somos y queremos ser los argentinos. Tanto en lo sentimental como en lo racional.
Por eso fueron 39 días felices, en que cada festejo de un gol era una celebración colectiva donde cada argentino intuía, en su alegría, que el resto de sus connacionales estaban en ese momento festejando y sintiendo lo mismo que él, participando de la misma comunión. Además, todo, absolutamente todo lo que dijo Scaloni y prácticamente todo lo que hizo Messi, en lo que se refiere a conductas públicas, fue la antípoda de lo que dice la política argentina en casi todos sus referentes, todos los días de la vida. Por eso fueron nuestros días felices, porque nos tomamos un descanso en lo que se refiere a la grieta eterna, al grito desaforado, al insulto destemplado, a la desconfianza de todos contra todos, a la soberbia, a la falta de humildad.
En suma, por 39 días los argentinos vivieron la Argentina que quieren vivir pero que nadie desde arriba -casta o no casta- se preocupa de que vivan. No de casualidad Messi y Scaloni son los dos líderes más confiables del país (y no sólo en el deporte, sino también en tanto hombres públicos) para más del 80% de los argentinos, algo que ningún político podría alcanzar ni en el mejor de sus sueños. Confían en ambos por lo que dijeron y por lo que hicieron. En un país donde nadie confía en nadie, ellos dos lograron que todos confiaran en ellos.
Terminado el Mundial, el gobierno nacional a través de su presidente, sabedor éste que las últimas secuelas del error gigantesco que cometió sosteniendo a Adorni en su cargo por tan desmesurado e irracional tiempo, ya habían quedado en el olvido en la opinión pública, de inmediato inició lo que podría llamarse el operativo reelección, y para eso ocupó enteramente, y primero que nadie, toda la agenda pública. Al principio, con bastante eficacia y razonabilidad porque convocó a la unidad de todas las fuerzas más o menos afines y porque su primer gran iniciativa post-mundial fue la reforma de la carta orgánica del Banco Central, que apareció como la institucionalización de lo mejor de su gestión: la política macroeconómica.
Pero, lamentablemente, aun estando solo en el escenario, nuevamente lo perdió la boca. Se puso a dar entrevistas a troche y moche a todo periodista que, según Milei, forman parte del 5% que él rescata, mientras que al 95% restante los compara casi casi con criminales de lesa humanidad. Y entonces, como era de prever, habló de más y mal, innecesariamente. Dijo que a los que se endeudan para llegar a fin de mes nadie les pone una pistola en la cabeza (Luis Caputo, peor, los calificó de especuladores que apostaron al dólar y perdieron), lo cual es algo de una insensibilidad monumental. Sostuvo que su DNU contra el odio extranjero estaba dirigido a evitar que entren en el país infiltrados terroristas que envían Lula desde Brasil, la presidenta de México, el Partido Demócrata de Estados Unidos y el presidente Sánchez de España, y que aquí reciben los kirchneristas. Buscó aprovechar el nacionalismo exagerado que dejó como costado negativo el fin del Mundial en casi todos los países para intentar una especie de xenofobia ideológica. En una entrevista sostuvo que esos infiltrados ideológicos generalmente se disfrazan para entrar en la Argentina y hacer terrorismo de cuatro maneras: de estudiantes, de profesores, de investigadores y de periodistas. Coincidiendo los terroristas con la aversión que Milei tiene por el periodismo, la universidad y la ciencia públicas. Lo que no esperaba era que el tiro le saliera por la culata: porque al estimular el nacionalismo xenófobo contra sus enemigos ideológicos, no previó que la gente también fortalecería ese nacionalismo contra los empresarios extranjeros que quieren comprar tierras. Y entonces recibió una paliza en el Senado con su ley de tierras que debió retirar de urgencia. Quien siembra vientos ideológicos de izquierda, cosecha tempestades tanto de izquierda como de derecha.
Pero lo peor de lo peor fue que se la pasó justificando y reiterando los brutales e innecesarios insultos que pronunció contra el presidente de Brasil en Brasil cuando fue a apoyar a Bolsonaro, el candidato de la oposición. Con lo cual generó la peor crisis diplomática de la historia con la nación que tenemos más relaciones comerciales y de todo tipo que con cualquiera otra del mundo.
Así, junto con el fin del Mundial, desapareció nuevamente de la escena pública, todo lo que tuviera que ver con unir en vez de dividir o con la humildad y el perfil bajo, para reinstaurar la bronca, la grieta, el insulto y la división como las principales políticas de Estado. En el justo momento en que el envión del Mundial le ofreció a Milei la posibilidad de continuar con las actitudes públicas de Messi y Scaloni, convocando a la unión de todos los argentinos, como suelen hacer todos los estadistas del mundo, al menos desde Pericles a la fecha. En mi opinión, creo que la mayoría del país (excepto sus enemigos políticos declarados) habrían aceptado el convite. Pero no pudo con su genio.
La pregunta que hace Milei está mal formulada cuando dice: "¿Usted preferiría como presidente a un inútil de buenos modales o a uno que arregle el fondo de las cosas, aunque no tenga las mejores formas?". Por supuesto que todos preferirían a un presidente útil que además tenga buenos modales, pero si hay que elegir, claro que lo menos importante son los malos modales. No va entonces, por allí, la crítica a Milei. No es una crítica a sus formas, sino a una cuestión que es mucho más grave: que lo que está haciendo, particularmente en la cuestión Lula, es transformar a las malas formas en un problema de malos contenidos. Nadie le discute que apoye a Bolsonaro, ni siquiera que lo critique a Lula, sino que el insulto procaz, innecesario, vulgar y desmesurado al presidente de Brasil en su propio país (y más aún cuando lo acusa de ladrón y presidiario mientras defiende denodadamente a su rival que está preso por haber intentado un golpe institucional a la democracia, al cual los mismos jefes militares denunciaron) devino una cuestión de Estado, algo que se podría haber evitado solamente sin insultarlo. Transformó lo que él llama una supuesta nimiedad de "forma" (ser “un poco” mal hablado) en un gravísimo problema de fondo. Por ende, en este caso, y en tantos otros, no le criticamos las formas, sino cuando éstas influyen en el "fondo" de sus políticas, cuando las formas se transforman en fondo. Por querer quedar bien con Donald Trump sobreactúa su adhesión al mismo hasta niveles inadmisibles, que muy probablemente ni su jefe político mundial le haya pedido.
Su personalidad agresiva e histérica tuvo una sola coincidencia con la sociedad en su campaña y en los inicios de su gobierno: cuando con sus insultos y agresiones verbales expresó la bronca de la gente ante el fracaso de los anteriores dirigentes políticos. A una mayoría social exhausta le encantó que alguien que venía de afuera de la política, insultara a la “casta” con la mayor furia posible. Por eso allí el insulto fue un hecho político beneficioso para el insultador. Pero solo en ese caso. El problema es que Milei no insultó en ese entonces porque políticamente era lo que más convenía, sino porque siempre, en todo momento y en todo lugar, insulta, hiere y ofende, por personalidad.
Por lo que vimos en la encuesta de Reale Dalla Torre, hoy la sociedad ya no quiere eso. Por lo que vimos en el Mundial, hoy la sociedad quiere las conductas públicas que expresaron Scaloni, Messi y la selección en general. O sea que, le guste o no, a Milei, para congraciarse con sus potenciales votantes, más le convendrá intentar contener su fogosa personalidad, tragar sapos como siempre es inevitable para todo quien hace política (incluso política “anticasta”) y hasta hacer lo que no le gustaría hacer si es necesario hacerlo. No podrá meramente seguir a sus instintos porque, así como en una oportunidad excepcional ellos lo llevaron al éxito, ahora lo podrían llevar a perder todo lo que cosechó. Lo de Lula es una advertencia. Es hasta ahora el peor error de política exterior de toda su gestión. Y lo más inquietante es que no parece darse cuenta. Como no se dio cuenta de la locura que cometió al defender por más de tres meses al indefendible de Adorni. Son errores que tarde o temprano se pagan, y caro.
Una hipótesis final: en términos políticos, Milei no parece estar en su decadencia pese a tener números bajos en casi todos los índices menos en los macroeconómicos. Incluso lo más probable es que si no aparece ningún cisne negro, sea reelegido. La sociedad no quiere volver atrás sin más. Pero eso no implica reconocer que lo que están hartando cada vez más son sus modos, ya nadie soporta tanta crispación. Y que esos modos están generando cada vez más problemas de fondo.
Esas actitudes, así como antes lo acercaban a la gente común a la que él dice representar, hoy lo están alejando. Nadie le pide que subsidie a quien no llega a fin de mes, pero es una cuestión elemental solidarizarse con ellos, más si uno es el presidente de esa gente. Eso se llama empatía. Algo que ha descripto muy bien la abogada mendocina Carolina Jacky en un reciente libro llamado “Empatía, el experimento argentino”, donde critica a Milei por la carencia absoluta de ese sentimiento. Apoyándose en diversas teorías, la abogada, que es profundamente liberal y admiradora incondicional de Adam Smith, afirma que “la verdadera solvencia de un país no se mide en el balance del Banco Central, sino en la calidad del capital invisible: la confianza entre los ciudadanos”.
Esa confianza, esa empatía, que durante los 39 días en que de hecho Scaloni y Messi presidieron “culturalmente” la Argentina, le brindaron generosamente a los argentinos, más allá, mucho más allá de los resultados deportivos obtenidos. Y que ahora la estamos dilapidando inútilmente sin la menor necesidad.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]