20 de septiembre de 2026 - 00:40

El niño maltratado que se hizo grande maltratando

Cuando el presidente Javier Milei llama mierdas humanas a sus críticos, ha pasado un límite. Esta nota intenta analizar las razones profundas de tamaña sinrazón. Y, aunque sin justificarlas, comprenderlas.

La palabra y el lenguaje simbólico son características únicas del ser humano. Esta es la barrera que ninguna otra especie ha cruzado, los animales se comunican para reaccionar al entorno, mientras que los humanos usamos la palabra para construir realidades, narrar historias y transmitir el pensamiento de una mente a otra.

O sea que, para nosotros, los humanos, las palabras no son solo palabras. Son esenciales a nuestro modo de ser en el mundo. En ese sentido, degradarlas no es un hecho de forma sino profundamente de fondo. Hechos expresados en palabras. Que producen consecuencias reales.

Vale decir, al ser la palabra lo que esencialmente diferencia al ser humano del resto de las especies, si las degradamos a los niveles que las degrada el presidente Javier Milei desde tan alta investidura, imaginemos que, si el efecto imitación se expandiera al extremo, porque el líder suele ser un ejemplo a imitar, todos nos odiaríamos unos a otros. La grieta ya existente se multiplicaría por mil. Si todos nos tratáramos de mierdas humanas como algo normal de la vida, el mundo sería invivible.

Dice Javier Milei:Los periodistas lloran porque perdieron el poder de mentir, calumniar, injuriar, difamar y hasta extorsionar sin costo”. Y se adjudica el supuesto mérito de haberles quitado ese poder.

En realidad, se trata de un grave error de análisis y de percepción por parte del libertario. Porque si el presidente ataca a los periodistas, y particularmente del modo en que los ataca, les incrementa su poder, no se lo disminuye. Que Milei insulte y del peor modo posible al que lo critica, es una medalla al mérito en el pecho del insultado, aunque éste efectivamente se lo merezca o no.

Lo que el primer mandatario parece no entender (o si lo entiende no lo quiere entender porque no le gusta) es que, si deja hacer a cada comunicador su trabajo sin agredirlo, lograría mucho mejor lo que dice proponerse: porque sería la opinión pública quien condene al que miente, calumnie o difame, como le pasó al periodismo oficialista durante la era K que nadie lo consideraba periodismo en serio. Hoy, en cambio, hasta a los operadores de Cristina los valoriza y/o victimiza Milei con sus insultos cloacales y vomitivos generalizados.

Hasta paradójicamente ocurre que los que no son personalmente aludidos, aunque por sus opiniones se deduce que forman parte del 95% de comunicadores a los que el presidente difama todos los días, sienten sana envidia por los que son insultados con su nombre y apellido. Quisieran que los insultara también a ellos, nombrándolos. Porque esos insultos, pese a su brutalidad oral pocas veces vista, no les resta nada, les suma todo. Es publicidad gratuita para con su labor.

Es cierto que la guerra del poder político contra el periodismo desgasta tanto a las instituciones políticas como a las periodístas, como toda guerra desgasta siempre tanto a los ganadores como a los perdedores. O sea, todos pierden algo de credibilidad. Pero el periodista que se enfrenta al poder de turno sigue siendo infinitamente más creíble que ese 5% del que habla Milei que son los obsecuentes o los verdaderos ensobrados (porque que los hay los hay) o los militantes suyos que se disfrazan de comunicadores.

Insultos de Javier Milei en X

Insultos de Javier Milei en X

Ahora bien, debemos reconocer también que sería mucho peor si además de utilizar analmente su boca para agredir, Milei lo concretara en hechos como lo hizo tantas veces el kirchnerismo intentando prohibir o perseguir o encarcelar a los críticos del poder. Pero para eso, además de creerse autoritario, hay que animarse a serlo. Y pagar las consecuencias. Cosa que ignoro si Milei se anima porque es más un deslenguado que un autoritario. Más un populista que un déspota. Más un charleta amenazador que un censor real. Al menos hasta ahora.

Sin embargo, aunque su verbalidad difamatoria tenga el límite de que no pasa mucho más allá de las palabras, hay sí una consecuencia muy negativa de ese analidad oral: el descenso de la cultura política del país e incluso de la cultura en general. Lo suyo es pura mala educación, y ese mal hablar en boca de un presidente se traslada inevitablemente hacia abajo. Con sus insultos soeces Milei contribuye a embrutecer (por la enorme influencia que posee todo quien está a tal altura institucional) al mismo soberano que dice representar y al que por ende debería inculcarle valores culturales sanos.

No obstante, tratemos de enfocar la cuestión desde todas las perspectivas. Así, aunque un presidente no debería abusar de ello ya que supuestamente está institucionalmente por encima de todos, sin embargo, sigue teniendo el derecho de pelear, combatir, disentir, enojarse, enfrentar a los que lo critican o piensan de otro modo. Pero nunca a través del insulto procaz, vulgar, de la difamación lisa y llana. Y, en este caso, con algo notablemente peor: que salvo a sus lamebotas, entre ese 95% (o ahora casi 97%, según sus últimas declaraciones supuestamente irónicas) de periodistas que agravia, la agresión es proporcionalmente inversa al talento y al mérito del agredido: mientras mejor, más serio y más honesto periodista es, peor lo ofende, y va bajando los decibeles del agravio hasta disminuirlos notablemente contra los periodistas militantes K quiénes en general son los que le responden con igual alevosía a sus procacidades. Es como que a los K los tolerara mejor, porque al ser tanto él como ellos militantes, entonces los ataca menos por supuestamente pertenecer a una misma hermandad. En cambio, a los que intentan interpretar y opinar sobre los hechos desde la mayor verdad y objetividad posibles que se pueda y que por lo tanto son creíbles para la opinión pública, a esos sí los odia lo suficiente o más. Porque a esos periodistas, Milei más que disputarles su credibilidad, se la quiere sacar.

No lo ha logrado hasta ahora con ninguno, pero no se puede negar que la institución periodística está viviendo su crisis, sobre todo la que se dedica al análisis político. Y las razones son varias y conocidas: por el ataque repulsivo de las palabras de Milei que se suman al ataque mucho más material de los K que propinaron sin escrúpulos durante casi una veintena de años. También se debe a la competencia de las redes sociales y a muchos otros avances tecnológicos a los que el periodismo convencional todavía no se adaptó del todo. Por ende, en general su credibilidad (siempre hablamos de los honestos, porque corruptos hubo y habrá siempre en todas las profesiones) aun siendo mayor que la de la política, es menor que décadas atrás, aunque sigue sin tener reemplazo que pueda cumplir sus funciones, y difícilmente lo tendrá.

En general lo que le pasa a la política y a la comunicación, le está pasando a casi la totalidad de las instituciones. Ya casi nadie cree en casi ninguna.

Sin embargo, paradójicamente, cada vez que el poder político ataca al periodista creíble, si por un lado algo de mella hace en su credibilidad, por el otro lado lo fortalece. Porque una de las condiciones sine qua non (ayer, hoy, mañana y siempre) del periodismo serio y de calidad es que se enojen con él los que manejan arbitrariamente el poder. O sea que, en realidad, quejarse porque Milei les diga mierdas humanas o basuras inmundas a Bonelli, Pagni, Nelson Castro, Longobardi, Tenembaum, Fernández Díaz o Morales Solá entre muchos otros de nivel similar es casi innecesario, por lo cual hacen muy bien la mayoría de ellos que jamás le contestan. Ya que esos insultos no sólo los enaltecen, sino que personalmente los hace crecer. Es que, cuando Milei habla así de ellos, en realidad está hablando de sí mismo.

Es, sí, sería tonto negarlo, también una estrategia política pero más fallida que exitosa: el presidente busca un chivo expiatorio al que endilgarle sus propios errores y además combate a su modo (quizá el único que sepa y pueda) contra los que le disputan el relato que él pretende sea único, copiando en eso literalmente a los Kirchner. Los "econochantas" o los "empresaurios" podrán criticarlo en medidas concretas o en concepciones generales, pero no le disputan el relato, no es esa su función. La del periodista sí. Por eso los ataca con tanta intensidad, frecuencia y tamaña alevosía. Sin excluir que le atrae en forma casi enfermiza el pensamiento único (en su práctica quizá no sea significativamente un autoritario, pero en su pensamiento sí lo es). Además, y esto quizá sea mucho más profundo y de mayor significado: su forma de expresarse y de odiar al que considera su enemigo (que en general coincide casi exactamente con todo el que no piense exactamente como él) está basada en el rencor y el resentimiento, dos defectos gravísimos suyos que casi con toda certeza tienen su origen en aquel momento del ser humano en que se forja lo esencial de toda personalidad: la niñez y la juventud. Que en su caso fue un niño maltratado. Y ahora no hace más que traducir ese maltrato que le produjeron, tratando de producirlo en otros como una forma de resarcirse de tanto dolor que le ocasionaron aquellos que debían cuidarlo y amarlo.

Para él las personas o son números, o son mierdas. Carece de todo tipo de empatía (quizá sea una cicatriz permanente que le quedó de los maltratos juveniles) para sentir amor o cariño excepto hacia su hermana con la cual no está unido principalmente por el interés o el poder sino por el sentimiento amoroso, expresado en él básicamente vía la gratitud eterna, y en ella vía la protección hacia él a niveles totales. Consecuencias ambas, también del maltrato infantil.

Estamos intentando definir una personalidad para tratar de explicar ese odio enfermizo que expresa tantas veces un hombre al que la vida le ha dado mucho más de lo que le dio a la mayoría y posiblemente muchísimo más de lo que se merece, porque si en alguna medida se lo puede haber ganado políticamente hablando, en mucha mayor medida fue producto de las circunstancias que hicieron coincidir el odio que él tuvo siempre en su alma por razones personales, con el odio que el pueblo tuvo en un momento circunstancial de su vida contra los malos gobernantes.

Milei no es un estadista, no tiene temperamento ni formación ni ganas para ello. Aunque, precisamente por no serlo, se considera mucho más grande que un estadista. Su destino estuvo más cerca de ser un panelista agresivo de tevé sensacionalista, a la cual su estilo personal se adaptaba de maravillas y trabajar de asesor (nunca más que eso) en temas relacionados con teoría económica tanto para empresas privadas como para el Estado, lo que hizo por muchos años, tanto para Scioli como para Eurnekian. Todo indica que en algunos aspectos teóricos de la economía tiene un coeficiente intelectual un poco más elevado que el promedio general de las personas, pero también que en la cuestión psicológica su comportamiento está un tanto (sino bastante) por debajo del promedio general. Pero es el presidente que tenemos porque lo elegimos y con sus sumas y sus restas, no parece estar incapacitado para conducir un país. Y hasta todo le puede salir bien. Pero para eso debería minimizar notablemente muchas de las taras sobre las que opinamos en esta nota. Por supuesto, con nuestras debidas e inevitables incertezas y falencias en cuestiones tan delicadas como éstas, pero que son inevitables hablarlas frente a una personalidad pública tan importante como lo es un presidente de la Nación que califica a quienes piensan distinto, de basuras y mierdas humanas. Hay algo allí que no es normal.

Sabemos quién, de niño, le creó el rencor, pero ahora debemos preguntarnos: ¿Dónde adquirió esa capacidad para el insulto a niveles siderales? Muy probablemente en su afición a las redes sociales en su parte más negativa, la que tienen de cloacas comunicacionales. Allí los aprendió, desarrolló, expandió y hoy los usa políticamente. Milei coincidió en un determinado tiempo histórico en su personalidad odiadora con la indignación de una sociedad sublevada contra sus dirigentes y su corrupción, pero no es producto de esa bronca razonable de la sociedad. Él es producto de las redes en sus acequias más cloacales. Lo fue antes de la presidencia, lo fue cuando ganó y lo sigue siendo ahora. Eso es lo que lo motiva. El insulto es consustancial a su personalidad dogmática que le impide de modo estructural y absoluto entender que en el mundo puedan existir puntos de vista distintos al suyo que sean tan válidos o más. Su mentalidad en ese sentido es religiosa en el peor sentido: existe el bien y el mal, nada en el medio. Y si él representa al bien, todos los demás representan al mal. Por lo que se trata de vencerlos, aunque al principio a algunos haya que cooptarlos, pero el fin de todos es sucumbir ante la verdad única que solamente él expresa. Si él se rectifica de una verdad anterior y la sustituye por una nueva allí está permitido aceptar el error (como le pasó con el Papa Francisco). Pero nunca acepta el error en los demás. Por eso sus problemas con la república liberal, porque no puede aceptar la diversidad, vale decir, el respeto y la creencia en la posibilidad de que todas las ideas contengan parte de la verdad.

Él insulta por formación y odia por dogma. Ha llevado la religión al terreno laico.

Pero, aún hoy, muchas personas lo bancan porque la bronca sigue siendo intensa porque les va mal, y él la sigue expresando, incluso para con los que le sigue yendo mal, ahora por culpa de él. Creo que es aún mayoría la gente que quiere menos a la casta en general que a Milei con todos sus defectos personales. Y una alternativa que no sea ni una cosa ni la otra algunos la están intentando, pero sigue estando muy inmadura. Hoy, en la foto, la opción es elegir entre un presidente actual con todos sus defectos versus el pasado en estado puro que hasta ahora no ha demostrado ni la menor capacidad ni voluntad de renovarse un centímetro ni alejarse un milésimo de los personajes monstruosos que llevaron al país a la debacle en 2023.

Debido a esos monstruos que sufrimos, es innegable que Milei llegó a la presidencia por coyunturalmente expresar la bronca de la gente. En ese sentido, más allá de sus malas formas, tuvo legitimidad de fondo. Pero a la vez Milei, es un representante cabal (lo fue siempre, aunque con la gran diferencia que ahora lo es desde la presidencia) de las redes en sus versiones más cloacales, algo nuevo en la política argentina. Él no solo tuitea, si no que retuitea todo lo escatológico que hegemoniza en las redes. No es que las redes sean basuras en sí, sino que son un elemento donde caben toneladas de basura digital y son más los que la usan para eso que los menos que las usan para fines más nobles. Milei es un representante de lo peor de las redes.

Por eso la degradación de la palabra es un hecho político fundamental. Sobre todo, porque hoy el insulto presidencial ya no representa tanto la bronca de la gente con la política sino el odio penetrado en las redes por los marginales sociales o por la parte más marginal de la personalidad de mucha gente. Está generando un daño cultural muy grande ese atentado contra la palabra, contra ese atributo que distingue al ser humano de las otras especies y en tal sentido lo hace superior.

Ahora bien, aun así, nada de lo que hemos dicho indica que no pueda terminar haciendo un buen gobierno. Hasta ahora, desde 1983, todos los gobiernos terminaron mal, y casi todos los presidentes dejaron el país peor de cómo lo recibieron. Milei tiene la oportunidad de romper con ese estigma y dejar el país mejor de cómo lo recibió. Al menos todavía hay bastante gente que sigue creyendo que eso es posible (su reelección hoy es la alternativa más factible). Y él no tiene la menor duda por su forma de ser, aunque ese siempre creerse un ser superior, una especie de Moisés al que Dios le entregó personalmente una versión capitalista de los diez mandamientos, puede jugarle tanto a favor como en contra. Porque si bien tanta autoestima le produce convicción y voluntad férreas que se traduce en autoridad política, también puede cegarlo y aislarlo totalmente de la realidad y de la verdad.

En fin, que todo lo que hemos dicho de la personalidad del presidente (personalidad que es importante analizar no por Milei en sí, que no parece ser una persona valiosa en demasía sino porque es presidente y tiene en sus manos el destino de millones de personas) no indica que lo que vendrá está escrito. Porque junto a lo malo que hemos detallado de su personalidad, también son varias las posibilidades que aún tiene para que la jugada le pueda salir bien. Y si ello ocurre será recordado por sus éxitos materiales y no por sus vanidades y pequeñeces de chico maltratado que ahora, de grandulón, se está vengando maltratando a los demás.

Sinceramente, para el bien del país, ojalá le vaya bien. Sería una pena que esta nueva oportunidad de revertir de una vez y para siempre la decadencia nacional que el azar o quizá Dios en lo que sigue teniendo de argentino (que tiene que ser bastante menos de lo que tenía antes) nos ofrece, se frustre no solamente por errores políticos, sino también porque su principal conductor no supo estar a la altura de las circunstancias al querer vengarse de su pasado personal en vez de renunciar a ello en nombre del futuro de todos los argentinos, que para eso lo votaron.

Hasta el más pequeño de los hombres puede alcanzar la grandeza si se anima a sacar lo mejor de sí mismo para ello. El que tenemos actualmente en la presidencia no es personalmente un hombre al que le sobre grandeza ni muchísimo menos, es más bien tendiendo a pequeño como se empecina en demostrarlo con lo que él llama malos modales pero que son infinitamente mucho más que eso. Sin embargo…. no solo que no todo está perdido, sino que los hados del destino le han ofrecido al presidente Javier Milei una oportunidad única, que si la desperdicia será pura y exclusivamente responsabilidad propia. Porque su pequeñez (que es considerable) se terminó imponiendo a la grandeza que, aunque no coincida demasiado con su personalidad de resentido, sigue estando al alcance de su mano si decide tomarla.

Epílogo ficcional, pero no tanto

En la exitosísima película argentina llamada "Relatos salvajes", el primer fragmento cuenta la historia de Gabriel Pasternak, un hombre que decide alquilar un avión y realizar un vuelo en el cual, con distintas estratagemas, hace subir a todas las personas que lo maltrataron a lo largo de su vida, en particular durante su niñez, y que lo llevaron a transformarse en un hombre resentido, frustrado y finalmente vengativo. El relato termina con Pasternak conduciendo el avión y haciéndolo estallar con todos adentro (incluyéndose) en la casa de sus padres, cuando éstos se encuentran descansando en la pileta del patio. Cualquier parecido con la historia que hemos narrado en esta nota, quizá no sea mera coincidencia.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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