Mendoza ha sabido construir a lo largo de los años un patrimonio institucional inestimable: reglas claras, cuentas públicas ordenadas y un prestigio consolidado a nivel nacional como una provincia seria, previsible y bien administrada. En el contexto de la Argentina, este no es un dato menor. Pero para una sociedad que aspira a estar siempre del lado del progreso, el orden es una condición necesaria, pero no suficiente. Por eso, la verdadera pregunta que debemos hacernos hoy, con toda la profundidad que el momento exige, es cómo y con quiénes se puede liderar el salto de calidad que sigue.
Definir qué queremos hacia adelante en un mundo y un país que se transforman a ritmo vertiginoso es un desafío necesariamente colectivo. Y aunque resulta indispensable contar con buenos gobiernos, hace falta algo que no se decreta ni se impone por mandato: una élite dirigente -política, empresarial, social e intelectual- capaz de interpretar el presente y conducir el cambio.
El término "élite" no se refiere a privilegios ni a un grupo cerrado sobre sí mismo. Utilizamos el término en su sentido más clásico y noble: ese conjunto de personas que, desde la política, la empresa, la universidad y las entidades intermedias, toma las decisiones que definen el rumbo de una comunidad. Toda sociedad que logra transformarse lo hace porque su dirigencia estuvo a la altura de las circunstancias. Por el contrario, el riesgo de no contar con una élite con visión estratégica es el estancamiento, producto de capas dirigentes que dejaron de renovarse, de formarse, de debatir ideas, de asumir riesgos y de articular un proyecto común.
Ninguna sociedad avanza por generación espontánea. Detrás de cada salto de desarrollo, una región, ciudad, provincia o país que diversifica su economía, que se reinventa, que mejora la calidad de vida de su población y es capaz de pasar a otro nivel, hay siempre un grupo de personas que interpreta las necesidades del conjunto, que comparte un diagnóstico común y una dirección de largo plazo, y que tiene la capacidad de traducir esa visión en decisiones concretas. A eso lo podemos llamar élite dirigente, no en el sentido de privilegio, sino en el sentido de un grupo con capacidad real de impulsar decisiones positivas sobre el rumbo colectivo.
Y conviene decirlo con claridad, Mendoza no tiene un problema de talento. Tiene profesionales capaces, muchos de ellos con trayectoria reconocida más allá de nuestras fronteras, empresarios exitosos, funcionarios idóneos e intelectuales lúcidos y trabajadores comprometidos. Lo que quizás aún no tiene, es la capacidad de unir y coordinar todo ese talento detrás de un proyecto común. Y ahí está el punto que como comunidad nos cuesta asumir: el desafío de una sociedad que decide despegar casi nunca está en la cantidad de gente valiosa disponible, sino en si esa gente decide actuar de forma articulada y sinérgica, o seguir cada uno resolviendo su propia agenda por separado.
Y esto no es solo una intuición y los números así lo confirman. Los resultados de las pruebas PISA 2025, difundidos en los últimos días, muestran que Mendoza superó el promedio nacional en Ciencias, Matemática y Pensamiento Computacional, y que la provincia logró incorporar miles de estudiantes más al secundario en los últimos años, posicionándose como una de las de mayor crecimiento en escolarización del país. Ese es el punto de partida: hay una base real sobre la cual construir. El desafío que sigue es que ese esfuerzo se traduzca, cada vez con más fuerza, en mejores aprendizajes para todos los chicos, en todas las escuelas. Y ese desafío no es solo del sistema educativo, es el reto que enfrentamos como sociedad y la provincia entera. Sumar recursos, cobertura o buena voluntad no alcanza si falta la articulación capaz de convertir ese esfuerzo individual y colectivo en resultado concreto. La educación de nuestros chicos es crucial, es ni más ni menos que el primer escalón del capital humano que nos obliga a asumir la responsabilidad de construir el futuro entre el Estado, las empresas, la academia y las entidades intermedias.
Esa articulación no es un gesto de buena voluntad ni una declaración de principios; exige condiciones concretas. Primero, un diagnóstico compartido, construido entre los sectores que importan y no la ocurrencia iluminada de dirigentes aislados. Segundo, coordinación real y sostenida de triple hélice entre el poder político, el poder económico y el conocimiento académico, porque ninguno de los tres por separado tiene lo que hace falta para producir un cambio estructural, y pretender liderar en soledad es, en el mejor de los casos, ingenuidad. Tercero, una renovación permanente que incorpore nuevas generaciones y nuevas voces, porque toda élite que se cierra sobre sí misma, tarde o temprano, termina defendiendo posiciones de privilegio adquiridas antes que el interés colectivo. El desafío de Mendoza no es entonces "conseguir gente mejor": es tener la madurez y la valentía de organizar a la gente capaz que ya tenemos, y el talento que quiera sumarse que venga de afuera de nuestra provincia, detrás de un proyecto que trascienda a cada uno de nosotros. Ese es el verdadero examen que la provincia tiene pendiente.
El contexto global y el espejo regional
La humanidad atraviesa una profunda reconfiguración. La revolución tecnológica está transformando los modos de aprender, de producir y de gobernar; la geopolítica vuelve al centro de la escena reordenando las cadenas globales de valor y las inversiones y la transición energética redefine los recursos estratégicos y sus actores. Este escenario global tan complejo también impacta de lleno en una Argentina que busca, con enormes costos sociales, el modelo económico que debe adoptar para integrarse al mundo y crecer con equidad, tras décadas de retroceso en el crecimiento y en la distribución de la riqueza.
En este marco, el desafío de Mendoza y de las provincias es ordenar sus recursos, comprender las tendencias globales y ser capaces de construir una visión compartida puertas adentro para hacer frente a las transformaciones globales que van a ocurrir de todos modos, definiendo ganadores y perdedores, con o sin nuestra participación.
Nuestras provincias vecinas como San Juan y Neuquén, por ejemplo, con perfiles productivos más concentrados, avanzan con decisiones de gran escala y apuestas fuertes que son sostenidas en el tiempo. Mendoza cuenta con un activo distinto y sumamente valioso: una matriz productiva diversificada, un sector público ordenado, un ecosistema universitario y científico regional de nivel y entidades intermedias sólidas. Pero ese capital no se traduce de manera automática en resultados. Requiere, además de personas idóneas que conduzcan la cosa pública con idoneidad, un liderazgo colectivo capaz de convertir el potencial en estrategia.
Para liderar este desafío es necesario contar con un liderazgo compartido que, en toda su diversidad y heterogeneidad, se comprometa con una visión de largo plazo y esté enfocado en resolver desafíos concretos.
Tres ejes para el liderazgo del futuro
Para dar ese salto de calidad, la dirigencia mendocina podría articularse sobre tres tareas fundamentales:
En primer lugar, tener la capacidad de leer el mundo sin nuestras anteojeras locales. La competencia de Mendoza no es con las provincias vecinas, sino con regiones, con ecosistemas del mundo que ofrecen condiciones similares para invertir, producir y vivir. Una dirigencia que solo mire hacia adentro, terminaría agotándose en la discusión por el reparto de la misma torta. Una región que mira al mundo como oportunidad, logra lo que busca, crecer mejorando la equidad y la calidad de vida de su comunidad.
En segundo lugar, es indispensable construir políticas de Estado que sean sostenibles. En una provincia como la nuestra, sin reelección gubernamental, el fortalecimiento de la institucionalidad es siempre vital. La capacidad de sostener decisiones estratégicas, en energía, en minería sustentable, en innovación tecnológica, en la agroindustria, en los servicios, en el turismo o en la vitivinicultura junto a la internacionalización de la economía, debe trascender un gobierno. Esto requiere acordar un núcleo firme de objetivos de largo plazo y una “agenda provincia” compartida.
En tercer lugar, animarnos a la diferenciación estratégica. No se trata de competir replicando lo que hacen otros, sino de identificar con precisión dónde Mendoza puede liderar. Nuestro desafío es impulsar la innovación en todos los sectores agregando valor a la producción, aplicada a la agroindustria, la energía o la minería; consolidando el turismo sostenible y de experiencias; aprovechando el prestigio de nuestra vitivinicultura; siendo capaces de proveer servicios de alto valor agregado a las economías de Argentina, América Latina y el mundo; formando capital humano especializado de excelencia. Allí debemos concentrar nuestros esfuerzos sostenidos.
Un proyecto colectivo que no espera
Una élite dirigente, un liderazgo y una visión compartida no se impone por decreto, se construye y se cultiva. Requiere de intelectuales, de universidades e institutos científicos conectados con el entramado productivo; de un sector empresarial que coopere localmente y compita globalmente; de una clase política capaz de priorizar la visión estratégica por encima de las diferencias partidarias y de una sinergia permanente entre el sector público, el privado, la academia y la sociedad civil.
Mendoza ya posee la infraestructura institucional y la base productiva para dar este salto de calidad. Lo que nos resta consolidar es la masa crítica de personas capaces de pensar ese futuro en conjunto, sostenerlo en el tiempo y ejecutarlo con la audacia que exige un contexto internacional dinámico y complejo.
Ese es el verdadero desafío de nuestro tiempo: construir el liderazgo estratégico que Mendoza necesita para proyectarse con fuerza en la Argentina y en la región.
* El autor es profesor universitario y consultor en asuntos económicos.