Por otro lado, la energía solar pasó de ser una anécdota a ser infraestructura de escala: en mayo de 2026 se inauguró el parque solar El Quemado, que pertenece a YPF Luz, con 360 MW y una inversión de US$ 220 millones —el primer proyecto renovable ejecutado bajo el régimen RIGI—, que llevó la potencia solar instalada de la provincia a superar los 700 MW, más del 11% de toda la capacidad solar del país. La potencia total instalada en Mendoza pasó de 1.730 MW en 2015 a 2.500 MW en 2026, con una proyección oficial de 3.700 MW para 2030, de los cuales un 40% será de origen solar.
No se trata de elegir entre petróleo y sol: ambas cadenas hoy compiten y se complementan por la misma infraestructura de transporte eléctrico, el mismo capital internacional y, cada vez más, por la misma demanda, ya que empresas mineras e hidrocarburíferas piensan en la energía renovable para compensar sus propias emisiones.
La cadena emergente: minería
Es la que menos tradición tiene en Mendoza y se está moviendo a alta velocidad. La creación del Distrito Minero Occidental en Malargüe habilitó ya más de 65 proyectos de exploración, fundamentalmente de cobre, con una tercera etapa que podría sumar 71 emprendimientos adicionales y llevar el total a 136 hacia fines de 2026.
El proyecto más avanzado, PSJ Cobre Mendocino, proyecta una inversión cercana a los US$ 630 millones, y el Gobierno provincial promociona además la reactivación de Potasio Río Colorado, con infraestructura ya construida. No es un dato menor: el cobre y el potasio son insumos estratégicos de la transición energética global (redes eléctricas, electromovilidad, fertilizantes), lo que significa que Mendoza está intentando entrar —tarde en términos de tradición minera propia, pero en el momento justo del ciclo global— a una cadena de valor mundial que recién se está reconfigurando, y que hoy se discute tanto en Londres y Toronto como en Buenos Aires.
Y este desafío debe asumirse en el marco de la sostenibilidad, no como un capítulo aparte de la responsabilidad social empresaria (RSE), sino como parte de la productividad misma, en el sentido de lo que formulaba el economista Michael Porter: sin capital natural intacto no hay condiciones de vida que mejorar.
La cadena transversal: la economía del conocimiento
Si las tres cadenas anteriores dependen de la tierra, el subsuelo o el agua, esta depende casi exclusivamente del talento, y por eso mismo es la que más rápido puede escalar sin los cuellos de botella de infraestructura física que enfrentan el vino, la energía o la minería.
A nivel nacional, la industria del software y los servicios informáticos facturó US$ 22.221 millones en 2024, con un empleo sectorial que creció 64% en la última década, muy por encima del resto de la economía privada, y exportaciones que se proyectan en torno a los US$ 9.300 millones para el ciclo 2025-2026. La economía del conocimiento en su conjunto —software, biotecnología, nanotecnología, producción audiovisual, inteligencia artificial, servicios satelitales— ya superó los US$ 10.000 millones exportados y se perfila como el tercer complejo exportador del país, detrás del agro y la energía.
Mendoza no mira esto desde afuera: se ubica hoy entre el tercer y el cuarto conglomerado tecnológico del país, con más de 120 empresas locales, una red de universidades que aporta egresados y compañías internacionales con operaciones y sedes locales. El sector ya exporta más de US$ 130 millones anuales en servicios basados en el conocimiento y explica una cuarta parte de la creación de empleo tecnológico provincial.
Lo más interesante, sin embargo, no es que la economía del conocimiento crezca en paralelo a las otras cuatro cadenas, sino que ya empezó a filtrarse dentro de ellas. Iniciativas locales de divulgación tecnológica, como el ciclo Pilares IA, organizan directamente sus mesas de trabajo en torno a "Energía y Minería Tech", "Agrifood Tech" y "Logística e Industria 4.0", es decir, alrededor de las cadenas tradicionales de la provincia.
El software, la biotecnología y la nanotecnología dejan de ser, así, una quinta cadena aislada para convertirse en la tecnología habilitante que puede hacer subir de categoría a las otras cuatro: sensores y modelos predictivos para el riego de precisión en la vid, biotecnología aplicada a levaduras y portainjertos, monitoreo satelital y de IA para el control ambiental de la minería, gemelos digitales para la gestión de parques solares, plataformas de gestión para el turismo. Ninguna otra cadena mendocina tiene ese mismo potencial de derrame horizontal.
La cadena que construye valor y marca: el turismo
El turismo es la vidriera que conecta a Mendoza con el mundo y construye la reputación que las otras cadenas necesitan para negociar mejor. Mendoza es una de las provincias argentinas en las que más creció el turismo en el siglo XXI y es reconocida por su oferta de alta calidad, con productos diferenciados. Ya no apuesta solo al prestigio internacional del enoturismo y a las bellezas naturales que aporta la montaña, sino a una diversificación de la oferta turística. A modo de ejemplo, en junio de 2026 fue sede de la White Hat Conference, una cumbre global de ciberseguridad organizada junto a la Universidad de Boston, una señal de que la provincia es cada vez más protagonista del turismo de eventos.
La pieza articuladora que falta: la triple hélice
Ninguna de las cadenas anteriores se sostiene solo con empresas invirtiendo y un Estado promocionando. Para trabajar como verdaderos clústeres es necesario sumar un tercer vértice: la academia y el sistema científico-tecnológico, que son quienes producen el conocimiento que determina si una cadena de valor sube de categoría y tiene espacio en la economía global.
El reto de la región, además, es que esos vínculos —que hoy suelen activarse cadena por cadena: un convenio para la vid, otro para la energía, otro para el turismo— no operen por separado, sino que funcionen como una infraestructura de conocimiento común.
Una triple hélice bien diseñada no es un conjunto de convenios bilaterales, sino un ecosistema donde el mismo laboratorio que analiza la composición de suelos para la vitivinicultura puede certificar el impacto ambiental de un proyecto minero, donde la misma plataforma de inteligencia artificial que optimiza un viñedo sirve para monitorear un parque solar, y donde la misma formación de posgrado en gestión hídrica sirve al enólogo, al ingeniero de minas y al gestor de energía renovable.
Sin esa complementación —empresa que arriesga capital, gobierno que ordena las reglas de juego, universidades que producen conocimiento y forman capital humano— cada cadena de valor termina resolviendo sola problemas que ya fueron resueltos, con costo y tiempo, en otro sector de la misma provincia.
La verdadera innovación: pensar como ecosistema
El error más común en el debate sobre desarrollo regional es tratar cada una de estas cadenas como una política sectorial aislada. La oportunidad real de una región, y de Mendoza en particular, no está en elegir qué sector priorizar, sino en diseñar la infraestructura, el capital humano y las instituciones que sirvan a todas a la vez para crear oportunidades de mercado en forma transversal: la misma energía renovable que necesita la minería para exportar con bajo perfil de carbono es la que necesita el enoturismo para vender una marca sustentable; el mismo sistema de trazabilidad digital que certifica el origen de un Malbec puede certificar el origen "verde" de un cátodo de cobre; la misma economía del conocimiento que hoy exporta software puede ser la que optimice el riego de un viñedo o el monitoreo ambiental de una mina; y la misma triple hélice que hoy vincula ciencia, empresa y Estado sector por sector es la que debería sostener a todas ellas a la vez.
Según estimaciones recientes de la Organización Mundial del Comercio, las cadenas globales de valor explican hoy el 46,3% del comercio mundial, cerca del máximo histórico del 48% de 2022; la UNCTAD calcula que casi dos tercios del comercio internacional ocurre dentro de este tipo de redes, y las exportaciones de servicios ya representan el 27% del comercio mundial, con un crecimiento del 9% en 2025.
El mundo compite en redes, no en productos aislados. Una región que sigue pensando su vino, su energía, su agricultura, su cobre, su economía del conocimiento o su turismo como conversaciones separadas corre el riesgo de exportar materias primas con poco valor agregado, mientras otras economías del entorno global, que sí entendieron que se compite como ecosistema, capturan la parte más rentable de esas mismas cadenas.
Ese, y no otro, es el desafío de fondo: transformar nuestras cadenas de valor, a distinta velocidad, pero en una sola estrategia de desarrollo e inserción en la economía global.
* El autor es profesor universitario y consultor en asuntos económicos.