A veces, hechos que parecen inofensivos terminan no siéndolo. Por caso, aquella bandera pintada de apuro por unos hinchas en sábanas de un hotel, con aerosol comprado en alguna tienda y entrada “de contrabando” a las tribunas de un estadio de los Estados Unidos.
“Las Malvinas son argentinas” decía y terminó en el campo de juego, en manos de jugadores de la selección argentina de fútbol que la desplegaron apenas terminado ese increíble partido con Inglaterra por la semifinal del último Mundial. El hecho desató miles de reacciones, que fueron desde lo futbolístico a lo rotundamente patrioteril.
Un inesperado fervor malvinero saltó del campo de juego a las redes sociales, donde se multiplicaron las menciones y crecieron exponencialmente las consultas globales. De ahí a la política hubo un paso.
¿Qué tiene que ver el deporte con la guerra? ¿Cuándo fue que la selección de fútbol se transformó en una suerte de ejército? ¿En dónde se cruzan los soldados de mi generación que fueron enviados a aquella absurda guerra en las islas con estos chicos que juegan al fútbol por millones de dólares en las mejores ligas del mundo? ¿Es lo mismo la bandera de un país que la camiseta de una selección?
Lo que vino después es difícil de entender. Debo confesar que me parecieron exageradas esas voces que compararon al presidente Javier Milei con el general de facto Leopoldo Galtieri que desató aquella locura en 1982. Me sigue pareciendo exagerado, pero...
Preocupa ese coqueteo con una violencia soterrada. De pronto empezamos a hablar de la construcción de una súper base naval –que estaba pausada como toda la obra pública en nuestro país-; a destinar millones de pesos de vaya uno a saber qué cuentas del presupuesto para esa obra y para los servicios de inteligencia; de la compra de aviones, helicópteros, submarinos y fragatas militares.
De pronto el primer ministro del Reino Unido, Andy Burnham, advirtió que su gobierno será “implacable” en la defensa de los habitantes de las Malvinas. De pronto, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, volvió a hablar del conflicto y dijo estar seguro de que lo llamarán “para intervenir en ese potencial desastre”.
¿A qué potencial desastre se refiere Trump? ¿Quiénes lo llamarían? “Ahora mismo hay dos países que no están contentos con la situación en las Malvinas”, remarcó con ese estilo desordenado que tiene cuando contesta. Antes, se había referido a la posibilidad de que su administración revise la posición de "neutralidad" en la disputa por la soberanía y había recordado la guerra. “Es un viaje muy largo” lanzó al insinuar una eventual reacción militar británica para defender la posición en el Atlántico Sur.
¿De qué estamos hablando? ¿Desde cuándo ese lenguaje belicista campea por nuestro país? El ministro de Defensa de la Argentina, general Carlos Piastri, tuvo que aclarar que la nueva política respecto de Malvinas es “a favor de una solución pacífica” pero también remarcó que la “alianza estratégica” con los Estados Unidos podría permitir “equiparnos y posicionarnos a nivel hemisférico”.
El tono de estos discursos impactó en Chile. Desde distintos sectores salieron a denunciar confusas declaraciones de militares y funcionarios argentinos respecto del estrecho de Magallanes y el paso de Drake. Allí también reaparecieron palabras que hacía bastante no se escuchaban: soberanía, rearme, disuasión.
Parece imposible que algo así ocurra. Ahora, ¿es necesario sumarse a los vientos que surcan el mundo? Además del siempre inestable Oriente Medio, la prolongación de la guerra en Ucrania ha colocado a Europa en alerta. Se habla de una “zona gris” entre la guerra y la paz con informes que advierten sobre un posible ataque de Rusia en la región antes de que termine el 2030.
Por eso, varios países están en vías de reforzar sus Fuerzas Armadas. Mientras una decena de naciones mantiene el servicio militar obligatorio, Alemania quiere contar con 260.000 soldados y 200.000 reservistas para 2035. Francia reimpulsa su servicio militar voluntario. Croacia volvió a implementar un entrenamiento militar obligatorio para los varones entre los 19 y los 30 años.
La denominada “cuestión Malvinas” es una causa central para los argentinos. Tan central que quizás sea la única capaz de cerrar la grieta que divide a la política. De hecho, la reforma constitucional de 1994 la incluyó como primera cláusula transitoria. Ratifica que las islas Malvinas, Sandwich y Georgias del Sur y los espacios marítimos circundantes son parte del territorio argentino y declara como objetivo irrenunciable la recuperación y el ejercicio de la soberanía sobre los mismos.
Entonces, que Milei haya pasado de su confesa admiración por Margaret Thatcher (primera ministra británica durante la guerra del ’82) y un aparente respaldo al derecho de los isleños a decidir si quieren pertenecer al Reino Unido o la Argentina, a reivindicar la soberanía nacional sobre el archipiélago y disponer sanciones a las empresas que participan de una explotación petrolera en la cuenca norte de las islas, podría interpretarse como esa defensa de los intereses que obliga nuestra Constitución. Sólo que huele a oportunismo para retomar la centralidad política y evitar los verdaderos temas que preocupan a la sociedad.
A propósito de aquella bandera del principio: la pasión futbolera, además del amor a una camiseta, incluye incitaciones a la violencia, al abuso, a la discriminación. Varias de las canciones del aguante a los equipos hablan de matar, violar, consumir drogas y alcohol, cuando no son literalmente racistas y homofóbicas. La diplomacia, hasta ahora, requiere (¿requería?) de atributos sustancialmente distintos.
Hay palabras que más vale no pronunciar.
* El autor es periodista. [email protected]