Podemos quedarnos con el título. Da orgullo, claro, y puso a la Argentina en la vidriera del mundo deportivo una vez más, casi dos meses después de la final del mundial más famoso, el de fútbol.
Las Leonas son una de esas rarezas que, de tanto en tanto, nos regala nuestro país. No hay casualidades. La cadena de éxitos se construyó a partir de un proyecto vinculado al alto rendimiento. Hay talento natural e inspiración, pero, sobre todo, hay maestros, objetivos, trabajo, búsqueda de talentos, orgullo, pertenencia.
Podemos quedarnos con el título. Da orgullo, claro, y puso a la Argentina en la vidriera del mundo deportivo una vez más, casi dos meses después de la final del mundial más famoso, el de fútbol.
El dato concreto es que Las Leonas, el seleccionado femenino de hockey césped, ganó por tercera vez el campeonato mundial. Para mejor, esta vez lo hicieron en Países Bajos, la mismísima tierra de las mejores del mundo en la disciplina, y ante la selección local, tricampeonas mundiales y bicampeonas olímpicas vigentes.
Podría tratarse de una casualidad: las jugadoras justas, el técnico indicado, en el momento preciso. Una de esas cosas del azar, de que esta vez el destino se puso de nuestro lado. Suele suceder. Pero resulta que no.
Si quisiéramos ponerlo en términos contables, Las Leonas son la marca más ganadora del deporte argentino en lo que va de este siglo: ganaron 29 títulos desde 2000 a la fecha. Entre ellos los tres mundiales (2002, 2010 y 2026), seis medallas olímpicas (mitad de plata, mitad de bronce), siete Champions Trophy (el tercer torneo en importancia de este deporte), una liga mundial y una de su sucesora, la Pro League (juegan sólo las mejores selecciones del mundo y la próxima es en diciembre en nuestro país).
Ahora, si lo ponemos en términos de marketing podríamos decir que la marca Leonas nació, como muchas cosas en nuestro país, de la adversidad. Aunque estaban en la segunda fase de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, habían pasado con saldo negativo y tenían que ganar todo (o casi) lo que les quedaba para alcanzar alguna medalla. Para colmo debían enfrentar a Holanda (todavía no eran Países Bajos).
Justo en ese partido decidieron apelar a la mística, recurrir a aquella camiseta celeste y blanca con el logo de una leona. Y ganaron ese partido y después otro, hasta llegar a la final por la medalla de oro que perdieron con Australia, por entonces, las mejores del mundo. Desde entonces el logo no abandonó más la camiseta. Nacían Las Leonas.
De aquel equipo quedaron los nombres de algunas de las jugadoras más recordadas aún por quienes, como yo, siguen este deporte sólo en sus momentos más relevantes. Entre ellas Mercedes Margalot, Soledad García, Magdalena Aicega, Vanina Oneto, Cecilia Rognoni, Karina Masotta y Luciana Aymar, claro, que llegaría a ser considerada la mejor jugadora del mundo.
Aquella generación dorada del hockey césped de nuestro país abrió un camino que se transformó en una forma de prepararse y de competir, en una suerte de cultura que inspiró a miles que se volcaron a los clubes y lo transformaron en el deporte más jugado en la rama femenina en la Argentina. Se calcula que unas 70.000 chicas están federadas en las distintas categorías.
No hay casualidades. La cadena de éxitos se construyó a partir de un proyecto vinculado al alto rendimiento, con todo lo que eso implica en nuestro país. Podría decirse que se trata de una ética de la resistencia y la resiliencia que ha sobrevivido a vaivenes políticos, barquinazos de la economía y refriegas de la propia dirigencia deportiva. Contra todo eso hay talento natural e inspiración, pero, sobre todo, hay maestros, objetivos, trabajo, búsqueda de talentos, orgullo, pertenencia.
No es un detalle menor. La competencia en la élite requiere de recursos profesionales, económicos y de infraestructura que, en algunos aspectos, nos juegan en contra. El hockey césped en nuestro país es amateur, mientras que en Europa es un deporte profesional desde hace muchos años. De hecho, las mejores jugadoras argentinas han jugado y juegan, en clubes de España, Bélgica, Países Bajos e Italia, entre otros lugares.
Quienes saben de este deporte dicen que el padre de la criatura fue Rodolfo “Chiche” Mendoza, técnico del seleccionado femenino Sub21 que obtuvo el primer campeonato mundial de juveniles en 1993. Se lo considera el origen del plan que significó el salto de calidad del hockey femenino. Después vinieron Cachito Vigil, el Chapa Retegui y otros, hasta llegar a Fernando Ferrara.
Las Leonas son una de esas rarezas que, de tanto en tanto, nos regala nuestro país. Un país que, lamentablemente, lejos de estar condenado al éxito, como aseguró un expresidente obligado a ofrecer esperanza en medio de la peor crisis, parece estar condenado a repetirse como en un loop. A tropezar mil veces con las mismas piedras, a elegir entre el agua y el aceite, a optar por el mal menor, en un Boca-River permanente.
El recorrido de estas Leonas y de las que las precedieron nos obliga, una vez más, a confrontar con algunas de las características culturales sobre las que, fuera de lo deportivo, todavía no existe un consenso mayoritario: la competencia, el mérito, la evaluación, la planificación, el esfuerzo y la capacitación.
A revisar, desde la cúspide misma del poder, cierta sobrevaloración de la viveza criolla, de la rebeldía casi adolescente, de romper las reglas, de despreciar cualquier tipo de autoridad, de lo contestatario. Sería bueno preguntarnos, entonces, que hay más allá del lógico orgullo de que estas chicas y de quienes las acompañan sean parte de nuestra sociedad.
La copa, las medallas, los papelitos, los ocasionales festejos eran parte de un plan original, que requirió de discusión y consensos, de ajustes, de financiación, de infraestructura. La copa, las medallas, los papelitos, las frustraciones y el éxito fueron la consecuencia de tener un rumbo más allá de los líderes, los nombres y de cualquier circunstancia. ¿Se entiende?
* El autor es periodista. [email protected]