20 de julio de 2026 - 00:30

Lo que el fútbol unió, la política no pudo dividir

La alegría que produjo el Mundial fue multitudinaria y universal. También -y mucho- fue argentina. Solo nos faltó el tiro del final, pero hicimos todos los demás, siempre desde la mejor de las épicas, atacando o resistiendo, lo mismo da. Y frente a todas esas grandes maravillas que nos tocó en suerte vivir, las miserias de los usos políticos quedaron. al menos por esta vez, profundamente opacados.

Ayer, domingo, culminó un Mundial de fútbol deportivamente muy atractivo, donde a la selección argentina le cupo una participación decisiva, extraordinaria al no haber bajado jamás los brazos ni los espíritus ante las múltiples situaciones adversas que se le presentaron, en particular durante su última y única derrota, donde siguió peleando con la misma garra de siempre hasta el minuto final. Ante este tipo de maravillas que tanto gozó nuestro pueblo, el uso político que intentaron algunos dirigentes del fenómeno mundialista (no sólo en la Argentina, por supuesto) no les aportó rédito positivo alguno a los especuladores de turno. Pero igual recordemos los más significativos de esos usos espurios, que fueron la única parte fea de este tan lindo Mundial.

Trump le hizo besar sus manos (y algo más) a Infantino

La intervención de Donald Trump en este mundial al exigir que se le saque la tarjeta roja al jugador del seleccionado de su país, Folarin Balogun, fue de lejos lo peor de todo políticamente hablando, lo más inadmisible. No fue una opinión más, ni la mera denuncia de una conspiración ridícula, sino que el presidente lo transformó en una orden que la FIFA obedeció a rajatabla, actuando en contra de todo lo que ella misma debería representar si tuviera una mínima objetividad.

Trump elevó al grado máximo que históricamente se recuerde la politización en un mundial de fútbol, al menos de forma tan explícita. Y además se salió con la suya: le retiraron la tarjeta roja al jugador y lo dejaron seguir jugando. No sirvió de nada, pero el hecho es inédito, patético, ridículo, malsano. Un abuso de poder cometido por un presidente emperador que a veces, muchas veces -como con esta actitud- actúa como un loco desquiciado. Aunque lo suyo no es nada comparado con la obsecuencia de Infantino o de los Infantinos que se arrodillaron y acataron sin chistar su burda exigencia. Lo peor de lo peor de la politización de este mundial.

Su actitud tiene un precedente igual de patético: Fue cuando este mismo obsecuente, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, galardonó a Donald Trump, el 5 de diciembre de 2025, con el Premio de la Paz de la FIFA. Una simulación truchísima del premio Nobel de la Paz que Trump le reclamó a la Academia Sueca y que ésta no se lo dio.

El egipcio racista que denunció racismo

El otro personaje que lo siguió en ultrapolitización a Trump no fue un político sino el entrenador técnico egipcio Hossam Hassan que no pudo soportar la derrota de su meritorio equipo en manos del meritorio de Argentina y entonces denunció una conspiración desde el lado ideológicamente opuesto: Acusó que su equipo había sido derrotado por las trampas cometidas en un arbitraje que estuvo manejada por la triple alianza de los Estados Unidos de Trump, la Argentina de Milei y todos los judíos del mundo. Se indignó porque vio una bandera de Israel en las gradas argentinas y denunció a todo el que pudo de racista y de antimusulmán. Un perfecto racista denunciando racismo.

Los seleccionados "africanos"

Los muchachos de la batalla cultural mileista, con los acompañamientos bien por derecha del ex presidente de España Mariano Rajoy y de la vicegobernadora mendocina Hebe Casado, se dedicaron a calificar irresponsablemente de “seleccionados africanos” a los equipos de Francia e Inglaterra, a pesar de que ambos grupos tengan jugadores que en su totalidad (salvo uno en cada país, que se nacionalizaron franceses o ingleses de pequeños) nacieron en las naciones para los que jugaron. Por ende, la información de esta gente, aparte de falsa, fue una forma de discriminar o cuando menos de menospreciar. No dijeron que se trataba de una selección con muchos franceses descendientes de africanos sino directamente que era una selección de africanos, una selección africana. Luego algunos explicaron que se trataba de una metáfora, una alegoría o cualquier otra estupidez por el estilo, pero el daño (sobre todo a ellos mismos ya estaba hecho). Hubo hasta quiénes se arrepintieron o dijeron que era un chiste propio del folklore mundialista (¿?).

Como siempre, los más racistas de todos fueron las huestes mileistas de las fuerzas del cielo dirigidas por Santiago Caputo, como el gordo Dan que habló de peronegrismo y de musulmono para referirse al sujeto principal de sus odios fascistas y racistas, el genial Mbappé.

Por su parte, el funcionario mileista Juan Pablo Carreira, conocido en redes como Juan Doe (a cargo de la Oficina de Respuesta Oficial del gobierno nacional creada para desmentir -en realidad, para difamar- a periodistas y medios) aparte de suscribir que se trató de “africanos que juegan para Francia”, describió como un “clásico musulmán” el partido que disputaron Francia y Marruecos y para que al racismo no le faltara el toque homofóbico definió a Mbappé como “cometravas”. Al final Carreira se arrepintió, aunque con una frase que lo embarró más: “Perdón loco no quisimos decirles africanos, era un chiste”. Admitiendo que los había buscado insultar o discriminar al decirles africanos. Lo que otros discriminadores no se atrevieron a admitir. Porque digan lo que digan, estamos hablando de racismo en su más pura expresión con eso de los “equipos africanos”. Quiénes se expresan en esos términos no están caracterizando sino discriminando, porque para ellos ser africano es inferior a ser europeo. Si no, no harían esa cretina comparación.

Los kirchneristas anticlimáticos

En las semanas previas al mundial, los kirchneristas repitieron hasta el hartazgo que en la Argentina no había clima mundialista. Que a diferencia de hace 4 años atrás (cuando teníamos un gobierno peronista) los argentinos estaban demasiados preocupados por la malaria provocada por Milei y que, por ende, no tenían el menor interés en un Mundial, mucho menos si su mayor parte se desarrollaba dentro de los Estados Unidos de Trump. Trasladaron sus particulares odios políticos e ideológicos al resto del pueblo argentino. Y se equivocaron fiero. El intento de imponer la idea de que “con lo mal que estamos los argentinos con este gobierno, acá nadie quiere festejar” les resultó un fiasco fenomenal porque a la postre el Mundial se festejó como nunca, ni los más entusiastas se lo imaginaban, tanto por el gran espectáculo brindado por casi todas las selecciones como por la grandeza y la belleza del equipo argentino. Hasta la dignísima -y en muchos sentidos heroica- derrota de ayer se festejó como quizá nunca antes se festejó una derrota.

Para los K, Messi no puede superar a Maradona porque, aunque Messi no sea malo jugando, no representa valores buenos, revolucionarios, mientras que Maradona sí. Por eso desde el principio dijeron que no había clima para el mundial.

La periodista K, Julia Mengolini cuestionó duramente a Lionel Messi por su encuentro con Donald Trump. Y el periodista recontra ultra K, Juan Alonso publicó en sus redes la siguiente vulgata: “Sé que es muy pronto para pensar esto, pero alguien lo debe hacer. Soy argentino hasta los huesos y me resulta curioso cómo esta sociedad sale a festejar un triunfo en esta instancia. Un Mundial en EE.UU. mientras Donald Trump saquea la Argentina a través de Javier Gerardo Milei”.

En síntesis, el kirchnerismo en pleno y la mayoría de la izquierda argentina, en sus inicios, se la jugaron en contra de este Mundial por prejuicios ideológicos y políticos. Y así les fue. Demostraron que están alejados un millón de años luz de las masas a las que dicen representar.

Sin embargo, al final cayeron en el más crudo oportunismo de neto corte borocotista porque se dieron vuelta como una media, puesto que, de boicotear a la selección argentina en sus inicios, luego del triunfo ante Inglaterra la transformaron en la expresión de una cruzada antiimperialista. Sin autocriticar su error previo de denunciar complicidad de Messi con Milei y con Trump, giraron ciento ochenta grados para recategorizar a esos muchachos que le ganaron a los ingleses como los nuevos resistentes al modelo Trump-mileista y como los nuevos héroes de Malvinas. Se equivocaron antes y se equivocaron ahora. Como hicieron todos los que intentaron llevar agua para su molino, provocando política de la más baja calaña con el deporte más universal de todos.

El regreso de Galtieri

Un día antes del partido contra Inglaterra, la vicepresidenta Victoria Villarruel lanzó la siguiente proclama bélica: “Jugamos contra los piratas usurpadores. No es un partido más. No voy a ser políticamente correcta ni pecho frío, contra los ingleses siempre es algo más. Es Malvinas, es el Diego, es la última de Leo y es pararle el carro a los invasores. ¡Aguante Argentina! ¡Porque hasta el último suspiro vamos a reclamar lo nuestro!”.

Villarruel actuó como la reencarnación en modo femenino de aquel Galtieri de 1982 que, en plena euforia malvinera, desde el balcón de la Casa Rosada ante una multitud reunida en Plaza de Mayo conminó a los ingleses a “que vengan, les presentaremos batalla”. Puesto que ahora, nuestra vicepresidenta, en plena continuidad ideológica con aquel presidente borracho, comparó a un grupo de muchachos deportistas por el solo hecho de ser de Inglaterra con una invasión de piratas, a la que, si no podíamos repeler con balas, lo hiciéramos con patadas. En cambio, no los repelimos, les ganamos limpiamente, ni con balas ni con patadas, sino con juego y genio.

Desafiando a los que pensaban como Villarruel, el técnico Scaloni afirmó, con gran sensatez en conferencia de prensa: "El mensaje es que es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa. Vamos a jugar contra una gran selección, que tiene un gran entrenador (Thomas Tuchel), que lo aprecio y lo admiro mucho y es un partido de fútbol, punto"-

“Es solo un partido de fútbol” no es lo mismo que decir que "es un partido de fútbol más”. Porque no fue un partido de fútbol más en el sentido de una común, sino uno excepcional, pero no por ello dejó de ser un partido de futbol. Fue arte, fue deporte, fue épica, fue genio y también fue un sentimiento, pero un sentimiento y una pasión argentinas, no una revancha contra los ingleses. Eso sería banalizar, minimizar la gesta heroica de los soldados de Malvinas, creer que lo que no ganamos con nuestros muertos en la guerra real y sangrienta, lo podemos reemplazar o consolar o sustituir o parangonar con lo que ganamos en la cancha con los goles en un partido de fútbol.

Es inevitable reconocer, es cierto, que todo partido contra Inglaterra, en el deporte que fuera (y más en el más mundial de todos) tiene aditamentos, condimentos simbólicos imposibles de separar. Pero fuera de eso, nada tiene que ver una cosa con la otra. No estamos criticando la expresión del sentimiento de un pueblo que a veces inevitablemente aúna las dos cosas, sino el uso político que del mismo quieren hacer los dirigentes con descarada demagogia malvinera. Nada que reprochar a los chicos deportistas que levantaron el cartel que le arrojaron desde la tribuna de que “las Malvinas son argentinas” (lo cual no es una consigna política, como tonta e innecesariamente dijo la ministra nacional de Seguridad). Todo que reprochar, en cambio, a cualquier político o dirigente que quiso convertir el partido en una continuación de la guerra por otros medios. Primero, porque es falso y macabro comparar la muerte de nuestros chicos con el deporte donde nuestros chicos solo juegan, y segundo porque hoy no estamos hablando de guerra, sino de paz para recuperar las Malvinas. Todo mal.

El Mundial de las maravillas

Lo único cierto es que el pueblo, todos los pueblos, miraron para el lado de las cosas lindas, más allá de todos los intereses políticos y económicos que inevitablemente un evento de esta magnitud trae consigo, la mayoría no demasiado sanctos. Porque, a pesar a todo, la alegría que produjo el Mundial fue multitudinaria y universal. También -y mucho- fue argentina. Solo nos faltó el tiro del final, pero hicimos todos los demás, siempre desde la mejor de las épicas, atacando o resistiendo, lo mismo da. Y frente a todas esas grandes maravillas que nos tocó en suerte vivir, las miserias de los usos políticos quedaron. al menos por esta vez, profundamente opacados.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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