Al escribir una crónica para este diario, el domingo pasado apenas terminado el partido con España, dije que se había tratado del Mundial de las maravillas, quizá el más lindo deportivamente hablando desde que yo recuerde (y recuerdo desde 1978 en adelante, 13 mundiales). Como que se podría filmar la película del mundial 2026 al modo de la Odisea (haciendo alusión a la película hoy en cartelera del héroe volviendo interminablemente a casa superando mil obstáculos de extraordinaria magnitud) en la cual la Argentina sería tal vez una de las o hasta la protagonista principal.
Sin embargo, apenas pasada una semana podría decir que acabo de vivir el peor post mundial del que tenga memoria, donde en vez de intentar una síntesis de todo lo bello que ocurrió en el evento deportivo, el racismo, el desprecio, el resentimiento, la burda politización, la estupidización colectiva y el irracionalismo se transformaron en el debate central, principalmente en redes, pero no solamente en redes. Hasta gente inteligente se volvió loca o estúpida. No tengo explicaciones de tamaña contradicción, o tengo tantas que, al menos en esta nota, prefiero prescindir de ellas. Aunque supongo que todas tienen que ver con el estado general del mundo, este momento de contra ilustración donde todo el primitivismo e irracionalidad del ser humano domina la escena como no ocurría, quizá, desde el periodo de entreguerras. En ese sentido, el desarrollo del Mundial fue un páramo de alegría en medio de un desierto de plena barbarie. Digo, quizá, lo intuyo apenas. Pero es que me sorprendió tanta sinrazón vertida en apenas 7 días. Y casi todas las barbaridades, (al menos las principales o más significativas) paradojales, metafóricas, muy contradictorias con las trayectorias previas de quiénes las expresaban.
Como ese Samuel L. Jackson, gran actor norteamericano, al que una vez le tocó actuar bajo la dirección de Quentin Tarantino en “Django sin cadenas” protagonizando a un mayordomo esclavo que se pone al servicio de sus amos para delatar a cualquier esclavo rebelde. Una basura de tipo, una víctima convertida en victimario. Pues bien, en este Mundial, y ya no en la ficción sino en la realidad hizo algo parecido al acusar a la Argentina de ser uno de los (sino el más) países más racistas del mundo. Se transfiguró en su malvado personaje ficcional tarantinesco, justo quien vive en los Estados Unidos donde el racismo contra la gente de color fue quizá el más grande y largo del mundo occidental. Un seguramente descendiente de esclavos al servicio de los esclavizadores denunciando a otros esclavos. Una víctima convertida en victimario. Nunca me hubiera imaginado algo así de un tipo que me caía muy simpático.
Pero, salvando las diferencias porque su grado de ignominia es nada comparado con el de Jackson, mucho más me sorprendieron las declaraciones de Arturo Pérez Reverte, el Alejandro Dumas, el Víctor Hugo, el Julio Verne del presente. Un gigante de la literatura de aventuras extraordinarias y un pensador de la p…. madre. Al que le debo miles de horas de placer literario, como le debe ocurrir a millones de lectores en todos los países del orbe. Por eso, precisamente por eso, todavía me cuesta comprender la tremenda e injusta estupidez que dijo después del Mundial, como que se hubiera contagiado del delirio de irracionalidad colectiva, un delirio que tuvo su centro en la crítica a la Argentina pero que fue mucho más allá que eso, fue la irracionalidad por la irracionalidad misma.
Dijo Pérez Reverte: “No seamos injustos, no nos equivoquemos. Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”.
El brillante escritor se está refiriendo al mal comportamiento de un par de jugadores argentinos luego de la derrota al agredir a algunos de sus rivales en la cancha con un par de empujones. Es cierto, además de absolutamente incorrecto e indefendible lo que hicieron, lo hicieron en el peor momento y en el peor lugar, cuando los pudo ver el mundo entero. Pero Pérez Reverte traslada ese evento anecdótico a la selección argentina entera, diciendo que no representó a la Argentina sino a la parte más violenta e irracional de la sociedad argentina. Cuando lo que ocurrió fue exactamente lo contrario a lo largo del torneo porque casi con toda seguridad fue la selección más representativa de lo mejor de la sociedad argentina. Pérez Reverte generalizó una anécdota reprochabilísima pero en nada transferible al resto del comportamiento de la selección a lo largo del mundial y hasta ahora no se retractó de haber dicho tamaña cretinada. Comprensible en un tonto fanfarrón como Jackson, pero injustificable en un genio de las letras (y que además es una muy buena persona) como Pérez Reverte. Por eso dije que al Mundial de las Maravillas le sucedió la semana de la irracionalidad y la locura que contagió incluso a personas equilibradas y sensatas que se dejaron llevar por sus peores instintos, esos que, aún ocultos, hasta los mejores suelen tener.
Si multiplicamos por mil estas dos sandeces tendremos un cuadro claro de lo que fue esta semana post mundial, olvidable, desechable, si queremos que nos quede en el recuerdo la belleza de un espectáculo deportivo de altísima calidad y bellísimo desarrollo.
Para contrarrestar tantas vulgaridades me quedo con lo que para mí fue una de las mejores crónicas socio-filosóficas de la selección argentina en este Mundial, la que hizo Oscar Muiño en su nota llamada “La Scaloneta, una esperanza que va más allá del fútbol”, donde nuestro compatriota afirma: “Plantel forjado por la cruza de criollos y migrantes. Rubios, morochos y castaños. Sangre santafesina, cordobesa, norteña, litoral, patagónica, cuyana, porteña. Y mucho conurbano bonaerense. Igualito a la Argentina. Naides más que naides. Ese igualitarismo que brota de la historia reunido en un equipo inmortal. Su estilo es el viejo estilo criollo, pelearla hasta el final con técnica y, cuando no alcanza, con corazón. Correr mientras el cuerpo pueda...y después también”.
Que eso es lo que se vio del equipo argentino durante todo el Mundial, e incluso antes cuando el Dibu dijo que no iban a ganar la copa, sino a defenderla. Que es lo que, por razones quizá no imaginadas por el Dibu, efectivamente ocurrió. Un equipo con dos brillantes conductores coordinados y complementarios. Uno fuera y otro dentro de la cancha. El Lionel que se merece estar entre los mejores entrenadores que hoy existen, y el otro Lionel que es el mejor jugador planetario por siempre jamás. Acompañados por un grupo de delanteros extraordinarios que son también de los "más" mejores. Todos formando parte de un equipo esforzado, meritorio, razonable y querible que, sin embargo, no fue el mejor en este Mundial (quizá lo haya sido en el anterior) aunque produjo quizá el mejor momento de fútbol de todo el torneo en su media hora final contra Inglaterra donde todos los hados terrestres y extraterrestres se alinearon para inspirar a la selección en lo que fue su acercamiento más próximo a la eternidad. Pero eso fue la excepción, no la regla. La regla, lo general, fue otra cosa. Lo que yo llamo “la épica de la resistencia”, que tanto tiene que ver con una parte sustancial de la idiosincrasia argentina en determinados momentos de nuestra historia cuando las cosas no vienen fáciles, pero a la vez somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos para torear a la adversidad.
Los 8 equipos que enfrentamos pusieron lo mejor de sí en la cancha para luchar contra el campeón del torneo pasado y todos, en mayor o menor medida, se lucieron jugando en muchos momentos mejor que nosotros. A todos nos costó ganarles más de lo que hubiéramos imaginado y en varias ocasiones agonísticamente lo logramos porque tuvimos más dignidad, empuje y valor que mérito, incluso ante equipos que -cuando menos en teoría y estadísticas- son muy inferiores al nuestro.
En fin, que. a diferencia del Mundial anterior, esta vez combatimos más resistiendo que atacando, o al menos, definiendo lo esencial de nuestra personalidad futbolística y de carácter en este evento 2026, a través de resistir hasta el último instante, aun cuando todo parecía perdido. Pero resistir no significa meramente defenderse, también se resiste atacando. que es lo que más y mejor hicimos cuando no nos quedaba otra. La lucha contra Egipto fue el ejemplo sublime de ello. Y la de Inglaterra conformó el camino hacia el cielo de los resistentes. Con España fuimos, en cambio, derrotados con toda justicia por un equipo mejor que además jugó mejor. Sin embargo, la épica de la resistencia fue tan predominante como en los partidos anteriores, y no sólo en el intento desesperado de los diez minutos finales para producir el casi improbable milagro del empate que, previsiblemente, no se produjo, sino en las 11 atajadas del Dibu, que mantuvieron la épica de la resistencia hasta el final del Mundial. Está claro que, si el arquero de tu equipo salva el arco 11 veces y tu equipo no llega nunca al arco rival, es porque estás jugando mal, nadie discute eso. Pero, aun así, esa cantidad enorme de atajadas, y esa forma superior, casi milagrosa de hacerlas es, como los pases y los goles de Messi, o los ataques de los principales delanteros, una forma de arte, además de otra expresión acabada de la épica de la resistencia. No podría soportar de nuevo ver ese partido fallido, pero quisiera revisionar una por una las atajadas magistrales de tan genial arquero argentino.
En síntesis, esta última semana nos demostró que no estamos en el mejor de los mundos y que el Mundial fue apenas un intervalo de alegría, pero deberíamos tratar de que nadie nos quite lo bailado, o lo jugado.
Y, en particular, a los argentinos que defendieron con enorme dignidad lo que no pudieron retener, pero lo hicieron de un modo noble, mostrando lo mejor que tenemos a través de una selección que nos representó precisamente en eso. La mejor Argentina estuvo en este Mundial. Con sus virtudes, pero incluso también con sus defectos, por lo que no debemos ser complacientes con todo lo que debemos mejorar. Un país no se construye sólo con la épica de la resistencia, pero es un buen espíritu del que partir para sumarle todo lo que aún nos falta o para recuperar lo que alguna vez tuvimos y luego perdimos.
En mi caso, para olvidar esta infausta semana donde el mundo volvió otra vez a ser feo y malo como nos tiene acostumbrados serlo, a fin de mantener en el recuerdo los emotivos momentos vividos durante el Mundial de las Maravillas, me pongo a recordar al Juan Moreira del genial Leonardo Favio, cuando ya rodeado por la patrulla que lo terminaría matando, agarró el facón y se puso a pelear contra todos con bravura infinita arrasando con todos los soldados que pudo hasta el instante final, y mientras agonizaba, con una sonrisa de tristeza y de nostalgia decía: “Morir con tanto sol”.
También recuerdo a Juan Salvo y el resto de los sobrevivientes de la nevada mortal en “El Eternauta ”, sobre todo en su pelea crucial en el estadio de River Plate contra los invasores extraterrestres.
Todos resistentes protagonizando épicas heroicas. Tanto en la ficción como en la realidad. La Argentina por la que vale la pena vivir y luchar, la del espíritu indomable hasta el minuto final. La que no solo sobrevive a la adversidad, sino que se pone a pelear contra ella cuando todo parece perdido.
Un espíritu que, en este Mundial, la selección argentina me hizo sentir mucho más que una sola vez. Un espíritu que deseamos no solo se exprese en las leyendas, las fantasías y los torneos deportivos, sino fundamentalmente en nuestra realidad de todos los días.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]