25 de julio de 2026 - 00:15

Argentinos a las cosas. Vamos nosotros.

Hay algo que subleva: que algunos que se precian de intelectuales tilden a los argentinos de xenófobos. Bastaría recorrer el país, para descubrir una sociedad que es un verdadero mosaico de culturas y naciones, desde su inicio a hoy. Habría que conocerla antes de acusarla de xenófoba, una calumnia tan triste como mentirosa. Un poco de respeto vendría bien, por empezar. Y algo de comprensión y tolerancia liberal, por seguir, sobre todo a los que se jactan de tales.

Gregorio Marañón fue un intelectual español. Su obra más notable es “Tiberio. Historia de un resentimiento". No es una biografía convencional del emperador romano, sino un ensayo que estudia el resentimiento como categoría central para entender la historia y la conducta de sus protagonistas, porque transforma frustraciones prolongadas en actitudes y decisiones políticas.

La final del último mundial de fútbol abre interrogantes para los argentinos, especialmente cómo nos ven y califican. Llama la atención la crítica acérrima, de algunos que por su fama (en su sentido etimológico, de lo que se dice de alguien) debieran calibrar los efectos de sus palabras. Especialmente en tiempos de redes, cuando una frase puede multiplicarse hasta convertirse en prejuicio y violencia.

Lo primero que toca es poner las cosas en su lugar: un partido de fútbol no es ni más ni menos que eso; pretender que un jugador cargue con una responsabilidad que excede su condición de deportista es una exageración que esconde algo de mala fe. Son deportistas. Algunos tan extraordinarios que interpretan como pocos las tendencias y fibras de una sociedad; pero no embajadores ni dignatarios, y eso lo debiera respetar y entender quien se precie de intelectual.

Pero más debiera entender otra cosa: la historia. Luego de años de vejaciones, abusos y bellaquerías que entre otras lindezas incluyeron la mita y el yanaconazgo, los criollos, descendientes de españoles, optaron por su independencia. Una de las batallas centrales fue la de Salta; venció Belgrano a su viejo camarada de estudios en España, Pío Tristán; no le aceptó el sable como trofeo: le dio un abrazo y declaró “ni vencedores ni vencidos”.

Más cerca en el tiempo, allá por 1990, ocurrió una ola privatizadora de empresas estatales argentinas. Las famosas “joyas de la abuela”: YPF, Aerolíneas Argentinas y otras quedaron en manos de empresas españolas; muchas no hicieron bien las cosas… Entre servicios deficientes, desinversiones y decisiones que afectaron gravemente el desarrollo de sectores estratégicos, como la exploración petrolera; siguieron expropiaciones (algunas mal hechas, lamentablemente) y juicios millonarios, que todavía estamos padeciendo. Los vencidos, todos los argentinos; los vencedores quiénes se fueron en silencio, dejando detrás una historia que todavía reclama explicaciones.

Pero hay algo que subleva aún más: que algunos que se precian de intelectuales tilden a los argentinos de xenófobos. Bastaría la letra del Preámbulo de nuestra Constitución: “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”; o recorrer el país, para descubrir una sociedad que es un verdadero mosaico de culturas y naciones, desde su inicio a hoy: españoles, italianos, armenios, sirios, libaneses, coreanos, chinos que se sumaron a los pueblos originarios, desde incas a diaguitas y guaraníes.

Porque Argentina no es un café en la Recoleta y el tango solamente. Es más grande, compleja y diversa. Habría que conocerla antes de acusarla de xenófoba, una calumnia tan triste como mentirosa.

Hace años, otro gran intelectual español (tal vez el último), Ortega y Gasset, nos alentó: “Argentinos, a las cosas”. Estamos en ese proceso, a nuestra manera, con lo que tenemos y cómo podemos. Un poco de respeto vendría bien, por empezar. Y algo de comprensión y tolerancia liberal, por seguir, sobre todo a los que se jactan de tales. Y, por fin, algo de cultura, antes de opinar tan livianamente, porque de otro modo más que opinión es resentimiento, detrás de la impostura de quién se proclama artista o intelectual y mezcla todo con todo. Ya lo dijo Marañón.

* El autor es abogado. Fue Procurador del Tesoro de la Nación.

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