Hay algo que no estamos entendiendo. Y la incomprensión parece ir de lo macro a lo micro, como una suerte de epidemia sin vacuna ni diagnóstico. No comprendemos si Trump acuerda o bombardea, si Irán va por todo o negocia, si los rusos invaden, avanzan, retroceden o si la OTAN resiste, espera o hace otra cosa. No terminamos de entender si China se queda con Taiwán, lo mira de costado o sigue vendiendo autos de alta gama al mundo mientras todos discutimos qué va a pasar.
Tampoco sabemos demasiado bien si los terremotos vienen bajando o subiendo, si El Niño es consecuencia del calentamiento del planeta o si hace miles de años que aparece, desaparece y vuelve a aparecer como la tía mala onda que llega sin invitación en las reuniones familiares.
Todo parece estar sumergido en un océano de incomprensiones.
Y no solamente porque las cosas sean complejas, también porque ya no sabemos demasiado bien quién dice qué, desde dónde lo dice, para quién lo dice y por qué habría que creerle.
La información y la tecnología, que sin dudas vinieron a ayudarnos a comprender el mundo, parecen complicarlo un poco más.
Pero lo interesante del asunto es que la incomprensión no termina en la geopolítica. También vive en la cocina, en el laburo, en la familia y hasta en ese grupo de WhatsApp que alguna vez alguien armó para organizar una juntada y terminó discutiendo sobre política o si sós K anti K.
Una llamada sin atender, un “me clavó el visto”, un mensaje que leímos apurados, un punto y aparte que debería haber estado en el lugar indicado y eso provoco no entender lo que quería decir.
Un encargo al albañil que creímos haber explicado perfectamente y que días después, descubrimos que había entendido exactamente lo contrario.
Un precio que “era” y que, llegado el momento de pagar, misteriosamente “era otro”.
Una consigna que interpretamos de una manera y que el otro había pensado de otra.
Un comentario sin mala intención y que se recibió como una declaración de guerra.
Un silencio interpretado como indiferencia cuando era simplemente cansancio… en fin: cientos de casos que el lector podría completar.
Estamos como atrapados en el loop del teléfono descompuesto permanente.
Como en los westerns de John Ford, donde un cacique Sioux frente al Séptimo de Caballería, después de escuchar alguna explicación incomprensible del comandante de turno, respondía: “ Mi no entender”.
Y ahí está el inconveniente central: no entender un pomo.
No alcanzamos a comprender qué le pasa al otro ni por qué hizo lo que hizo, ni cuáles fueron los motivos que tuvo para decir aquello. No entendemos por qué alguien piensa distinto, por qué alguien cambia de opinión, por qué alguien no responde un mensaje o por qué alguien responde justamente eso que nosotros no esperábamos.
Tampoco terminamos de comprender cómo llegamos hasta acá con quienes nos explicaron que había que arreglar la macro para que funcionara la micro. Ordenar las grandes variables, acomodar los números, corregir los desequilibrios y, después, casi mágicamente, la vida cotidiana encontraría su cauce. ¡Plop!
Mientras intentan arreglar la macro, la micro siguió haciendo de las suyas. El supermercado, el alquiler, el sueldo, la escuela, el trabajo, el tránsito, el humor de la gente, el local del centro que cerró y ese montón de problemas domésticos y no tan domésticos que ninguno termina de explicar y otros no terminamos de comprender.
¿Será que estamos destinados a una Babel eterna, hablando todos al mismo tiempo?
Aunque, pensándolo bien, tampoco estoy completamente seguro.
Será un signo de estos tiempos. O será que siempre fuimos así y recién ahora nos dimos cuenta.
No sé.
NO COMPRENDO.
* El autor es presidente de FilmAndes.