VERSO, SANATA, BIRIBIRI, HUMO, PARRAFADA, CHÁCHARA, PALABRERÍO, LABIA, PARLOTEO, HABLADURÍA, ZARAZA, CANTINELA, COTORREO, MACANA, FRUTA, VERDURA, PURO CUENTO: CHAMUYO.
Debería llegar el momento de recuperar una vieja virtud argentina: desconfiar un poco. No de todo. Pero sí del que chamuya demasiado, del que promete demasiado, del que explica demasiado, del que tiene respuesta para todo, del que nunca duda.
VERSO, SANATA, BIRIBIRI, HUMO, PARRAFADA, CHÁCHARA, PALABRERÍO, LABIA, PARLOTEO, HABLADURÍA, ZARAZA, CANTINELA, COTORREO, MACANA, FRUTA, VERDURA, PURO CUENTO: CHAMUYO.
Y seguramente podríamos seguir; porque si algo tenemos los argentos es esa extraordinaria capacidad para inventar palabras para aquello que hacemos extraordinariamente bien: chamuyar.
La palabra, además, tiene una historia simpática. Viene del lunfardo y se la vincula con el caló, la lengua de los gitanos españoles, donde chamullar significaba hablar. Con el tiempo, en estas orillas, chamuyar empezó a ser algo más que hablar: conversar con habilidad, persuadir, seducir. Hoy el Diccionario de Americanismos define chamuyo como “palabrería que tiene el propósito de impresionar o convencer”.
Hasta ahí, nuestro patrimonio argentino. Pero parece que el chamuyo se nos fue de las manos.
Porque ya no es solamente una especialidad de la casa, ni una destreza masculina para cortejar, ni aquello que nos decía un vendedor para empernarnos con un auto usado. El chamuyo se globalizó. Hoy chamuya todo el mundo.
Chamuya Trump. Chamuya Lula. Chamuya Máxima. Chamuya Georgieva la del FMI. Chamuya el genocida de Netanyahu. Chamuya el loco que gobierna. Chamuya el político que promete, chamuya el que explica por qué no cumplió y chamuya el que anuncia que ahora sí va a cumplir. Chamuya el periodista que parece que se las sabe todas y se hace el gracioso, el consultor que se cree que la tiene clara y chamuyan Coelho y Osho. Chamuyan los artistas en el escenario que en cada show dicen que ese público es el más maravillo. Chamuya el que te chamuya con el horóscopo chino y el que cuenta que todo está mejor, aunque con el chamuyo de la macro y de la micro solo unos pocos lleguen a fin de mes.
Chamuya la publicidad, chamuya el marketing. Chamuya el influencer y el pibe, o no tan pibe, del streaming. Chamuya el algoritmo, chamuya el gurú que promete éxito en cinco pasos y el experto que indica que con diez minutos al día en una silla bajás la zapan. Etc etc etc.
Y nosotros, mientras tanto, nos deglutimos el verso, nos manducamos el biribiri, nos tragamos la sanata y nos comemos el chamuyo.
Distinguir entre una verdad, una exageración, una interpretación, una mentira y un buen chamuyo se ha convertido en una tarea dificilísima.
Hace unos días escuché un reportaje a Jaime Durán Barba decir algo con lo que coincido bastante, aunque debo admitir que no me cae nada simpático el ecuatoriano. En una entrevista con Infobae sostuvo: “Tenemos la mente dañada todos. No hay ninguna excepción”. Y agregó otra expresión formidable: “Tenemos la cabeza scrolleada”.
La explicación es sencilla: Antes buscábamos información y ahora la información nos busca a nosotros. Antes había un libro, un diario, una conversación. Había un principio y un final. Ahora nos despertamos, agarramos el teléfono y empezamos a deslizar nuestro dedo más hábil.
Unanoticiaunvideoungatounatragediaunaofertaunpolíticounaguerraunculounarecetaundiscursounapublicidadotraguerraotrogatootroculo, todo seguido, mezclado y al mismo nivel compitiendo por unos segundos de nuestra atención.
Este hombre, de prolija cabellera oscura, dice que el desafío actual es precisamente conquistar la atención. Y pone un ejemplo brutal: quizá a nadie le interese un programa de gobierno, pero sí puede detenerse a ver un recital de Javo con cuatro camperas.
Ahí aparece el chamuyo contemporáneo.
Porque para chamuyarnos primero tienen que conseguir que miremos.
Después pueden decirnos casi cualquier cosa.
El tema ya no es solamente que haya demasiado chamuyo, el problema es que tenemos cada vez menos defensas contra él.
Vivimos scrolleando la realidad. Y en un bocho scrolleado, donde todo dura unos segundos y todo compite con todo, la verdad tiene una desventaja enorme: no siempre es tan entretenida como el chamuyo.
Debería llegar el momento de recuperar una vieja virtud argentina: desconfiar un poco.
No de todo. Pero sí del que chamuya demasiado, del que promete demasiado, del que explica demasiado, del que tiene respuesta para todo, del que nunca duda.
Porque el chamuyo más peligroso no es el que reconocemos como chamuyo. Es aquel que después de escucharlo, lo compramos, lo difundimos y lo hacemos propio convencidos que es nuestro propio chamuyo.
Por último, y vale la autocrítica: el que esté libre de chamuyo que tire la primera piedra (o el primer chamuyo).
* El autor es presidente de FilmAndes.