13 de agosto de 2026 - 00:25

Perdimos

Lo extraordinario fue descubrir que les habíamos pedido a esa Escaloneta que ganaran todo lo que nosotros venimos perdiendo desde hace tiempo. Perdimos cuando dejamos de creer que una sociedad se construye entre todos y esperamos que la arreglen otros: que la arreglen los políticos, los jueces, los empresarios, los periodistas o finalmente, los jugadores de la Selección.

Presidente de FilmAndes

Sí, perdimos.

Cuesta convencernos tantos días después de que perdimos la final del Mundial. Perdimos la cuarta estrella. Perdimos ante la AFA y ante la FIFA, (toda analogía a esta última sigla corre por cuenta de los lectores) que la levantaron en pala convirtiendo al futbol en un obsceno y descarado negocio.

Hasta ahí, nada sorprendente.

Lo extraordinario fue descubrir que les habíamos pedido a esa Escaloneta que ganaran todo lo que nosotros venimos perdiendo desde hace tiempo.

Perdimos.

Perdimos la conversación y la paciencia. Perdimos el silencio y perdimos la duda. Perdimos el hábito de leer hasta el final y la costumbre de mirar a los ojos un poco más de lo necesario.

Perdimos.

Perdimos la plaza y el café donde se discutía de todo sin cancelar al que pensaba distinto. Perdimos la sobremesa por mirar el teléfono. Perdimos el aburrimiento y también cierto tiempo para pensar.

Perdimos.

Perdimos el pudor por opinar de todo: de las guerras que vemos por la tele, de la economía que no entendemos o de países que ni conocemos.

Perdimos.

Perdimos la capacidad de escandalizarnos cuando una ciudad es bombardeada y tres movimientos después del dedo en el celu aparece un perro bailando, una receta de ñoquis, un influencer enseñando a ser feliz y un aviso para comprar boludeces por TEMU.

Perdimos la sorpresa de ver el horror que dura lo que tarda en cambiar de pantalla.

Perdimos.

Perdimos la idea de comunidad cuando todo se volvió individual. Todo urgente, todo inmediato. Perdimos la capacidad de descubrir lo nuevo (¡o el valor de lo viejo Juan!).

Perdimos la idea de la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria. Perdimos cuando vemos a los que gobiernan más preocupados por el cierre de lista de la próxima elección que por el desarrollo estratégico del lugar donde les toca administrar.

Perdimos allá.

Pero antes perdimos acá.

Perdimos cuando dejamos de creer que una sociedad se construye entre todos y esperamos que la arreglen otros: que la arreglen los políticos, los jueces, los empresarios, los periodistas o finalmente, los jugadores de la Selección.

¡Qué peso insoportable para once millonarios que nos vendieron hamburguesas, cervezas, apuestas online y hasta un cartel pintado con las Malvinas son argentinas!

Queríamos que otra estrella nos devolviera la confianza y que una vuelta olímpica corrigiera estos tiempos de desencanto.

Pero perdimos.

Y las derrotas obligan a revisarlo todo.

Las victorias se enamoran de sí mismas, mientras que los fracasos todavía pueden enseñarnos algo.

“La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”, decía Borges, que no estaba celebrando el fracaso, señalaba que sólo quien acepta una pérdida puede entenderla. Y quien la comprende puede intentar repararla.

Perdimos, y sí, la historia está hecha de fracasos, de pueblos arrasados, de derechos perdidos. De generaciones que tuvieron que reconstruirse desde cero.

Sí, perdimos; pero perder es recuperar la fascinante tarea de volver a empezar.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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